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TRIBUNA

No es bueno que el hombre esté solo

jueves 16 de abril de 2020, 20:06h

Según Génesis 2, dijo Yahveh Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”, y fue así como se formó Adam (la humanidad) a partir de la relación binaria de Adán varón y de Eva varona. Parece, sin embargo, que a la Organización Mundial de la Salud semejante planteamiento relacional le parece demasiado atrevido, de modo que para evitar la propagación del virus la ha perimetrado situándola a metro y medio. A metro y medio Adán y Eva se cubren la boca y ni quiera se hablan por miedo al contagio, ni siquiera se atreven a compartir el Arca de Noé con los animales dentro. Puesta tierra por medio, el Jardín del Edén hete aquí que la tierra se desertiza y que su faz feraz deviene tierra de nadie, no mans land. De este modo aquella paradisiaca relación diádica primigenia se vuelve un infierno gobernado por la serpiente: “Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Sin habérselo propuesto, por imperativos profilácticos, parece que la OMS se empeña en rectificar el relato genesiaco, y donde había buena y fecunda relación se teme el infierno.

En los días de cárcel hacinada donde no tienes ni un metro de distancia respecto de los otros reclusos te das cuenta de la imperiosa necesidad de aire libre, pues te hieren los barrotes con que dan las alas de tu alma en su enloquecido intento de evasión. También durante las épocas de encierro obligatorio y prolongado tu roce con tus cercanos a veces te enerva, vale decir, te pone los nervios de punta; incluso una simple convivencia durante unas malas vacaciones compartidas, y hasta un simple fin de semana conflictuado, termina deteriorando aquellas relaciones tan importantes, hasta el punto de concluir como el rosario de la aurora con separaciones traumáticas, a la desbandada, como ratas huyendo del barco apestado.

Entonces los litigantes se sorprenden, no entienden por qué, si ayer suspiraban tanto por un abrazo o unos besos robados, hoy desean dar el portazo, ¿cómo es posible que ayer buscaran la fusión, y hoy chapoteen en la confusión? Está aquí, hubiera dicho Cervantes para estas ocasiones, mi puerta de la tuya más distante que Valladolid de Gante. Lo más frecuente es que las personas que no practican la reflexión tengan una falsa idea de sí mismas y de sus circundantes, así que -yo inocente y el otro o la otra culpable- mi abogado me defenderá de las acusaciones foráneas y el suyo hará lo propio de las mías contra él. Se abre la veda del tiro al plato, sin que nadie recoja los platos rotos, que a veces son los propios hijos cuando son usados como balas de esa refriega.

Conocerse a sí mismo y al tú que le es sodalicio resulta difícil, por eso buscamos lo fácil, lo cual lisa y llanamente consiste en echar la culpa al otro de cuantos roces, malos modos y palabras hirientes a cualquiera que pase por allí, la culpa siempre la tiene el otro. Y, por lo que se ve, los cementerios cotidianos de amores desguazados llenos están de muertos bien repletos por culpa de fobias y de odios. Así finalizan, adiós mundo cruel, las relaciones, pasando del yo-y-tú al yo-sin-ti o al yo-contra-ti, ¡al fin solos! ¿Es eso recuperar la libertad, o el regreso al egoísmo?

Hoy traigo a colación un texto sobre la idolización del yo y la demonización del otro, por si nos conviniera tenerlo en cuenta. A mí al menos, con demasiada tendencia a la iconoclastia ajena para laurear mi banal cabeza idolatrada, este texto debería ayudarme. Va el texto, y que haya suerte:

“El ícono no nos refleja a nosotros mismos, nos remite a otro; en cambio, el ídolo es un espejo que nos devuelve la mirada y nos hace vernos sólo a nosotros mismos, de manera narcisista. Este carácter especular del ídolo desvía la intencionalidad del mismo, que es hacia lo otro, para que se vuelva hacia uno mismo. Así se echa a perder. Uno atrae la mirada hacia sí mismo, y la detiene indebidamente, en tanto que el otro se disminuye y se oculta, para dejar ver aquello hacia lo que remite. Así, mientras que el ídolo resulta de la mirada que lo ve, el ícono convoca la vista para dejar intacto lo visible.

El ícono se mide a partir de la profundidad infinita de la mirada; la intención que así mira no depende de ella misma, sino que se sustituye por un apocalipsis: lo invisible no se aprehende en lo visible por intención, sino por la pura gracia de una llegada (un adviento); los cielos no pueden rasgarse más que por ellos mismos, para que descienda la mirada (Isaías, 63, 19). El ícono no reconoce otra medida que su propia e infinita desmesura; mientras que el ídolo mide a lo divino. El ídolo promete una comprensión por medio del poder del sortilegio, del conjuro, de la posesión o dominio del dios; y sólo da en realidad un alejamiento irreductible de lo que ofrece; en cambio, el ícono no miente, más bien desmiente, desengaña, y con ello nos reenvía a la verdad. El ícono posibilita la libertad y el amor frente al absoluto, frente al misterio.

Nos hacemos un ícono del otro cuando dejamos que él nos manifieste lo que es, lo que piensa, lo que desea, a lo que aspira. Nos hacemos, en cambio, un ídolo del otro, cuando le imponemos nuestra imagen y semejanza, cuando lo queremos hacer como nosotros queremos, con conocimiento controlador y con amor de posesividad. En el ícono no sólo miramos al otro, sino que también nos dejamos mirar por él. Dejamos que su mirada se encuentre con la nuestra, dejamos que la escucha rompa la imposición y surja el don. En el ídolo miramos al otro, hacemos que nuestra mirada lo constituya impositivamente. De manera posesiva, es narcisista: nos miramos en el otro, como en el reflejo de las aguas, como en cualquier espejo.

El ícono no lo refleja a uno mismo, siempre lo remite a otro; en cambio, el ídolo es un espejo, nos devuelve la mirada, nos hace vernos a nosotros mismos, narcisistamente, en el otro. Lo peor es que el ídolo oculta su función de enajenación. Nos miente, y eso nos duele. El ícono no impone una mirada, un rostro, sino que provoca y convoca la mirada. En eso radica la diferencia entre uno y otro; el ícono ayuda a ver, mientras que el ídolo, como nace de nuestra propia mirada, lo impide. Es decir, el ícono no pretende, como el ídolo, ser unívoco con aquello que representa; tampoco se hunde en la equivocidad, pues no cumpliría con su papel de representación. El ícono, aunque tiene la pretensión de la semejanza, tiene la humildad del predominio de la diferencia, lo propio de la analogía. El ícono es el análogo que, dándose cuenta del predominio de la diferencia, logra un máximo de semejanza. El ídolo es el unívoco que, por su pretensión exagerada, se derrumba en lo equívoco. El ícono, la mirada icónica hacia el otro, nos hace ver su primordial diferencia y su secundaria semejanza. Nos hace respetar. Y en ese respeto se da la condición de posibilidad de amarlo de verdad, sin imposiciones ni posesividades.

El ícono se oculta en cuanto objeto y brilla en cuanto signo, esto es, se apaga para que reluzca lo significado. Está en función de él, lo sirve. Es como Juan el Bautista respecto de Cristo: ‘Conviene que él crezca y yo disminuya’. El ícono se disminuye hasta agotarse en dar, en presentar, en representar al otro.

El ícono representa un misterio, es el reconocimiento de la irreductibilidad del otro. Por eso no puede ser una estética; en todo caso, una analítica y, sobre todo, una dialéctica trascendental del otro en la que uno y otro se constituyen, se crean. El ídolo, en cambio, hace visible y sólo sensible al otro para después hacerlo objeto de análisis y control. El ícono da y se da; el ídolo se cobra. El ícono se revela, el ídolo hace ver, percibir. Por eso el ícono no tiene una estética, tiene una apocalíptica. Y en esa medida introduce la interpretación de la representación del otro, no su sola percepción. Llama la atención sobre lo inadecuada que puede ser nuestra representación de él, nuestro signo. El ícono es una advertencia porque hace advertir algo, nos remite a aquello que significa lo que deseamos ver. Pero también es una advertencia en el sentido de indicar peligro, el de acartonar y esclerotizar al otro para valernos de él, para usarlo y manipularlo. El ícono, consciente de lo desmesurado que es el misterio del otro, que intenta hacer presente, no mide, sino que se deja ser medido; en cambio, el ídolo pretende medir lo inconmensurable. El ícono hace presente con un sentido de la ausencia, por eso no necesita desconstrucción, la lleva ya en sí mismo. Y la supera, reconstruye y reconstituye. Va más allá, hacia lo intencionado por la significación, hacia donde debe dirigirse la mirada, hacia la intención del que se nos revela, del otro.

El otro es un límite, nuestro límite. De alguna manera es sagrado, de alguna manera es un misterio, y de alguna manera nos limita en nuestra libertad. Nos da la sensación de límite tanto en el conocimiento como en la voluntad. En el conocimiento, porque no accedemos cognoscitivamente del todo a su intimidad, aunque queramos; y volitivamente, porque hay cosas de él que no aceptamos, o cosas nuestras que él no acepta. Pero es lo que nos permite captar lo real y trascender nuestro mundo. Brincar la barrera de nuestro microcosmos, de nuestro pequeño mundo, de nuestro ‘mundillo’, para pasar al del otro, y ampliar nuestro espacio.

Es decir, sólo podemos encontrarnos con el otro en el límite, en lo fronterizo, en lo limítrofe, y hacernos mestizos suyos. Sólo en el límite (analógico e icónico) se da el encuentro. Si no he pasado el límite ni siquiera se ha dado la comunicación; si paso el límite estoy avasallando, invadiendo, penetrando. Es un límite que no puede transgredirse mucho, que no tolera demasiada violencia.

Ante el otro como límite (en cierta medida una tragedia) caben tres dimensiones, las de resignación, de regocijo y de construcción. Al sabernos limitados, y al ser el otro uno de nuestros límites, podemos ver esa limitación con resignación, con una tristeza contenida, que no deja de tener cierta pesadumbre. O también podemos tomar una actitud de regocijo, que suena un tanto falso (el límite, la tragedia, no es algo que de por sí pueda causar alegría, felicidad); no deja de tener cinismo, y el cinismo siempre esconde algo, que también es resentimiento. Pero cabe también una actitud de construcción, un optimismo resignado, un pesimismo alegre, en el que el resentimiento se evita por la aceptación tranquila y pacífica del límite mismo.

En nuestro encuentro con el otro, en nuestra adopción del otro, el símbolo une, lo diábolo desune, separa. Pero el símbolo une sin quitar la advertencia de que siempre hay separación, irreductibilidad, diferencia. Y que es sano que la haya. Cuando aceptamos al otro creamos para él, o entre los dos, un espacio de universalidad. Toda ruptura del solipsismo conlleva un acto de universalización: aceptar a otros. Como que aceptar a otro es aceptar a todos, de alguna manera. Casi cuesta lo que aceptar a todos, al género humano. Es un símbolo de nuestra aceptación de todos. En efecto, cuando no se acepta al otro como un gesto de la aceptación de todos, es una aceptación todavía narcisista, incompleta. Al aceptarte acepto a todos. O, porque acepto a todos mis hermanos, te acepto a ti como tal. Es un acto modélico, paradigmático, icónico. Sin querer, pero también sin poder evitarlo, contiene y representa a todos los demás que acepto.

Tengo que hacer del otro un análogo mío, iconizarme en él; no reflejarme no en el espejo del agua como lo hacía Narciso, sino como lo hacía Jesús en el rostro del otro. El otro me iconiza, veo en él mi condición de microcosmos, porque él es otro microcosmos, compendio de todo el universo. ¿No es ésta la fusión de horizontes? No sólo es la fusión de culturas y cosmovisiones, para poder comprenderse; es la fusión de intencionalidades, para poder convivir. Tal vez nunca se dé el equilibrio total y pleno en ese ajustar las intencionalidades.

Buscamos el rostro del otro. ¿Qué es lo que primordialmente buscamos en el rostro? La mirada y la voz. Vemos la mirada y escuchamos la voz. O escuchamos la escucha en la propia voz del otro. Buscamos la mirada de aceptación y escuchamos palabras de acogida. Y lo completamos con las actitudes, gestos y acciones. Buscamos la verdad. El otro es la verdad. La verdad es el otro porque es lo que se nos enfrenta de manera más comprometedora. Nos compromete al bien, el bien que tenemos que lograr para el otro, para nuestro semejante, para nuestro prójimo. Del imaginario del otro podemos sacar dos tipos de imagen. De ícono y de ídolo. Hacemos ícono del otro cuando esa imagen nos permite ir hacia él, como es la condición del ícono: acercar, vincular. El ícono nos representa al otro fielmente, nos quita nuestro narcisismo, que lo moldea, que lo hace ser lo que no es, que lo hace ídolo. Él es el que lo hace ídolo. El ídolo separa, desvincula, no representa fielmente, nos distrae; peor aún: nos desvía. Pervertimos la imagen, haciéndola ídolo y evitando que sea ícono, cuando le imponemos al otro el resultado de nuestro narcisismo. Narcisismo con respecto a nosotros mismos y con respecto a él. Con respecto a nosotros, porque nos hace cultivar una imagen que no es la nuestra verdadera, para que él se deslumbre con ella, para que la adore. Es nuestro ídolo. Narcisismo con respecto a él, porque nos hacemos de él también un ídolo, una imagen postiza, falsa, en la que le imponemos nuestras expectativas y lo cargamos con lo que no le pertenece, con lo que no se le debe cargar, se le comete injusticia.

Cargar al otro con lo que no es suyo, obligarlo a llevar el fardo de lo que no es, sea por minusvaloración, sea por sobrevaloración, es impedimento para fundar o fundamentar la ética, impide realizar el acto fundacional con el que se le da sustento, suelo firme”(. Mauricio Beuchot: Las caras del símbolo).

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