www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El liderazgo femenino frente al coronavirus

lunes 04 de mayo de 2020, 20:35h

La manera de afrontar la crisis sanitaria del coronavirus ha sido diferente en cada país pero la realidad demuestra que las mujeres gestionan mejor que los hombres esta difícil coyuntura a nivel mundial. Para entenderlo basta echar un rápido vistazo a los resultados que reflejan un índice de éxito muy superior allí donde gobiernan las féminas, concretamente, en siete países muy heterogéneos entre sí. Lo que, a mi juicio, claramente une a todas esas mandatarias, excelentes gestoras de lo público, es una combinación de rasgos propios de un buen liderazgo: capacidad comunicativa y empática, capacidad de anticipación a los problemas junto a una gran capacidad analítica y de resolución de los mismos, en muchos casos, habiendo apostado por los test masivos y la distancia social efectiva entre la población.

Si observamos los datos de la Universidad John Hopkins, los siete países con índice más bajo de fallecimientos por COVID-19 están gobernados por mujeres. En Dinamarca, Mette Frederiksen; en Islandia Katrín Jakobsdóttir; en Finlandia Sanna Marin; en Alemania Angela Merkel; en Nueva Zelanda Jacinda Ardern; en Noruega Erna Solberg; en Taiwán Tsai Ing-wen. Tanto la Cadena CNN como la revista Forbes, que se sirvió para su reportaje de un informe basado en datos del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades, confirmaron que estas mujeres habían conseguido que sus países fueran los primeros en el ranking de éxito frente a la pandemia.

Angela Merkel merece encabezar el ranking de liderazgo femenino a nivel mundial. Como sabemos, se trata de una mujer de formación física que lleva como canciller al frente de Alemania desde 2005. Su gran acierto ha sido recurrir a su gran talento como comunicadora con un lenguaje directo, medido y convincente así como a la adopción inmediata de medidas preventivas tan pronto se detectaron los primeros casos, no ya en Alemania sino en el gigante asiático. Como sabemos, según fue paulatinamente aumentando la expansión del virus, esas medidas de mero distanciamiento social se fueron transformando en estrategias más efectivas como la generalización de los test entre la población y una tarea de concienciación colectiva para que los ciudadanos entendieran la magnitud y gravedad de este virus.

Es ello lo que ha provocado que, a pesar de que no se haya adoptado una estricta cuarentena en Alemania ni haya habido restricciones tan fuertes a la libertad de movimientos si lo comparamos con otros países de su entorno, los ciudadanos alemanes han respondido con una actitud “propiamente kantiana”, ejemplar y cívica respetando el distanciamiento social, haciendo uso de las mascarillas y evitando circular por la vía pública de manera injustificada.

Es cierto que han sido muchas las teorías que han saltado a la palestra en estas semanas, tratando de explicar la razón por la que Alemania encabeza las listas del ránking con una tasa de mortalidad muy baja comparativamente con sus vecinos europeos. Al repasarlas, se observa que la mayoría de esas teorías trataban de justificar el descenso de contagios y fallecimientos en Alemania desde parámetros que restaban importancia a la excelente gestión realizada por Merkel.

Creo que es de justicia reconocer la magnífica labor realizada por la canciller alemana al margen de opiniones apoyadas en la superioridad de la infraestructura hospitalaria del país, en la tasa inferior de longevidad de la población o en el supuesto modo “fraudulento” de cómputo de fallecimientos por coronavirus en Alemania. A mi juicio, uno de los grandes aciertos de su liderazgo ha sido apoyarse en el Instituto Robert Koch de Virología, responsable principal de la estrategia alemana frente al covid-19, construyendo una estrategia de combate no basada en razones políticas sino científicas como baza decisiva para controlar la expansión del virus.

Estamos ya acostumbrados a su gran capacidad de análisis de los problemas, ajustándose siempre en sus decisiones, sin titubeos, a la realidad imperante en cada momento. Recordemos la decisión que adoptó en el ámbito de la política energética alemana, tras el grave episodio del reactor de Fukushima en 2011 o cómo manejó la crisis de refugiados de 2015. En ambos casos tuvo que enfrentarse a su propio partido pero eso sí, contando, lo que no es poco, con un gran respaldo de los ciudadanos, esto es, de legitimación social en Alemania.

Su formación en ciencias positivas junto con su herencia protestante, sin duda, condicionan su manera de instalarse en el mundo. A su talante cauteloso y seguro, se unen una manera de hacer política de forma realista y transparente, nunca desde la improvisación sino desde el sentido de la responsabilidad equilibrado. Y es que no lo olvidemos un buen liderazgo significa equilibrio. Equilibrio, precisamente, es lo que han demostrado también otras mujeres que, igualmente, están a día de hoy al frente del gobierno de países con un éxito alto en la lucha contra la pandemia, y por ello se han ganado el apoyo de la población que les reconoce haber estado a la altura de las circunstancias, con un alto grado de sensatez y sentido de la realidad.

De hecho, la socialdemócrata danesa y ex ministra de Justicia Mette Frederiksen, quien ocupa el cargo de primera ministra de Dinamarca desde 2019, reaccionó de forma temprana apostando por el cierre de fronteras antes que sus vecinos y entablando un diálogo constructivo con niños y niñas del país, siguiendo el buen ejemplo de Noruega.

La primera ministra más joven del mundo, la finlandesa Sanna Marin, de 34 años, ha sido igualmente muy aplaudida. Una sus claves fue el excelente funcionamiento durante décadas de la Agencia Nacional de Abastecimiento de Emergencia (HVK, por sus siglas en finlandés) para hacer frente a cualquier crisis, lo cual aseguró los suministros médicos y equipos necesarios para afrontar la pandemia.

Por su parte, la primera ministra de Islandia, Katrín Jakobsdóttir, quien además es presidenta del Movimiento de Izquierda-Verde, ofreció pruebas gratuitas de detección del virus a todos los ciudadanos, poniendo en marcha un sistema para localizar y aislar a los contagiados, evitando cerrar escuelas, aunque hay que reconocer que buena parte de su sonado éxito se lo debe a otra mujer, la experta epidemióloga islandesa Kristjana Asbjornsdottir.

Erna Solbert, primera Ministra de Noruega, de formación socióloga y economista, ha brillado también por su excelente gestión, al haber llevado a cabo una política previsora y cautelosa de las medidas que debían tomarse desde la primera fase del brote. Su gran capacidad empática y sensible provocó que en una rueda de prensa se dirigiera a la población infantil haciéndoles coprotagonistas de una situación complicada que exigía la colaboración y comprensión de los más pequeños, lo que consiguió a través de un giro inteligente en el lenguaje y el discurso político.

Nueva Zelanda ha marcado también una pauta en el liderazgo político femenino a través de Jacinda Ardern, la primera ministra, quien adoptó medidas estrictas de detección temprana, al haber impuesto el confinamiento cuando apenas había casos confirmados en el país.

Y, por último, la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, también reaccionó con gran rapidez y decisión, sin tener que recurrir al confinamiento de la población. A su actitud solidaria, decidiendo enviar millones de mascarillas al continente europeo y americano, se suma que cuando apenas se habían detectado las primeras señales de un nuevo coronavirus en el plano internacional, la mandataria introdujera 124 medidas para frenar su avance.

Los datos hablan por sí solos. Esperemos que esta crisis sanitaria gestionada de una forma excepcional por mandatarias invite a plantearnos la importancia que tiene que las mujeres desempeñen un papel al menos tan relevante como los hombres en los cargos de gestión, sean públicos o privados. Como recordó en diciembre de 2018 la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de origen chileno, Michele Bachellet, con motivo de la celebración del 70 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no sólo Eleanor Roosevelt, quien presidió el comité redactor, sino también mujeres de Dinamarca, Pakistán y de los países del bloque comunista y de otras regiones del mundo hicieron aportaciones cruciales en el documento. Terminaré recordando el papel que jugó Hansa Mehta, de la India, quien con un matiz cambió el rumbo de la historia, al conseguir que la frase tomada de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano francesa, que rezaba “todos los hombres nacen libres e iguales” fuera sustituida por la de “todos los seres humanos nacen libres e iguales”.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+

3 comentarios