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TRIBUNA

De lo que se lee, se cría si no se descree (I)

sábado 30 de mayo de 2020, 20:13h

Crecí considerando los libros objetos tan fundamentales como los discos para una primera ojeada al mundo y para una evasión, responsable o no –en ningún momento el lector es culpable de su curiosidad– , a otras partes. Sin embargo, a edades tempranas, no se es consciente de que la literatura le modela a uno la personalidad de forma sibilina y en mucho mayor grado que la música o el arte. A esas edades, cree uno que al agotar las lecturas, la memoria recuperará su virginidad, igual que cree que al salir de un trance pornográfico, la inocencia seguirá intacta.

Jamás fumé yerba alguna; un par de ducados a los catorce años y ya. A pecho o, simplemente, al paladar del alma, lo único que me eché durante la adolescencia fueron libros y libros, de palabras y de imágenes; música, flamenco, pop y rock; y cuadros… Ver pintar a mi padre me terminó de abrir galerías en el pozo del deseo, y una visita al Museo de Bellas Artes de Sevilla me inoculó las ansias del arte como apoteosis; aunque el arte del futuro, como ha demostrado Pepe Cobo, habría de ser un murmullo bordado en seda. Hice copias a lápiz de Velázquez y Murillo que firmé Gil, mi primer apellido, pues el exótico y morriñoso Gadir me vino al cabo de este periodo.

Aparte del aparador-estantería del salón-comedor familiar, de cuyo contenido literario hablaré, contaba con mi propia pequeña colección literaria en la balda inferior de una repisa en la habitación que compartía con mi hermano; en la balda somera, estaban los madelman, aquellos hombrecitos que lo podían todo y que llegaron a parecerse a Palito Ortega como gotas de agua.

Regalados por familiares y amigos, con motivo de la Comunión, convalecencias, onomásticas... Obsequiados por los generosos Reyes Magos o, simplemente, seleccionados de la librería del salón-comedor siguiendo el propio instinto, los libros combaban el entrepaño al aportarle un buen peso, no solo de aventuras y principios humanos de toda índole. Allí se soportaban unos a otros: Príncipe y mendigo, de Mark Twain; De Profundis, de Oscar Wilde; El viejo y el mar, de Hemingway; el Ingenioso Hidalgo... de don Miguel; Tartarín de Tarascón, de Daudet; Historia de la vida del Buscón, de Quevedo/La vida de lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades; El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino; la Biblia… Nácar- Colunga.

Hablo del periodo entre mis nueve y quince años. El príncipe y el mendigo, de Twain, fue regalo de Comunión. En los inmediatos años venideros, me lo estuve bajando de la balda a la cama recurrentemente. No terminó de convencerme de que la caridad fuese tan fácil de gestionar políticamente, aun cuando el niño rico –el príncipe de la novela es Eduardo, hijo de Enrique VIII– abriese los ojos a la miserable vida que vivían muchísimos otros, ejemplificados en Tom Canty, el mendigo de la novela. Recientemente, la monarquía británica, ante una boda familiar, decidió que príncipes y mendigos siguieran sin “casar” bien, toda vez que la gente de dinero desea juntarse con gente de dinero, parecer que fue confesado hace más de una década por un famoso aristócrata de estirpe británica. Motivos tiene la monarquía mundial para poner sus esperanzas en la inteligencia y sensibilidad de una niña española. Además, podría tratarse de nuestro siglo de las luces.

Mark Twain escribió Príncipe y mendigo casi a la par que Huckleberry Finn, consciente de que su ambición de riqueza y respeto no se colmaría novelando solo los humildes y pícaros cuadros de su infancia en Missouri. Su dispersión en empresas mercantiles le robó un tiempo que lamentó no haber dedicado a la literatura. Pero eso siempre pasa cuando llega el inventario; el suyo familiar glosa muchas tristezas.

En algunas sinopsis se aduce a las nada inocentes intenciones de este libro infantil. Príncipe y mendigo es algo más que un cuento. Twain siempre soñó con ser un hombre bendecido por el gran Este americano, el poderoso eje Nueva York-Boston. El escritor plantea –lanzaba, quizá, un órdago al establishment– que el poder solo puede ser caritativo si se digna bajar a las chozas del mundo; y él lo bajó por su cuenta. En su novela infantil, el futuro rey de Inglaterra se da una vuelta por el mundo y sus miserias embutido en los harapos de Tom Canty, a causa de un intercambio accidental de papeles entre el mendigo y el príncipe que, físicamente, son casi gemelos.

El parecer de Twain no entronca, en principio, con el de Maquiavelo, quien cree que para conocer la naturaleza de los pueblos hay que ser príncipe. Algo más adelante, se produce una conexión con las miras de Twain cuando el italiano ruega al poder una miradita hacia abajo. Sucede cuando Maquiavelo asegura a Lorenzo el Magnífico, su famoso Príncipe, que si alguna vez “vuelve la vista hasta este llano, comprenderá cuán inmerecidamente soporta una grande y constante malignidad de la suerte”. Es el mismo reclamo de conmiseración.

Cuando, poco después, uno se enfrenta al parecer de un Oscar Wilde –coetáneo de Twain– las cosas de la caridad y su práctica adquieren mejor planta en un joven cerebro que, presto a embarullarlo todo, ansía claridad. ¿Es la caridad una prestación de justicia o de amor? ¿O es –como concluyó Wilde– solo una enmienda degradante y decepcionante puesta a la incapacidad del sistema para evitar la pobreza?

Tenía yo, en aquellas tempranas edades, con el conocimiento que adquiría en los libros, el problema de dejarme convencer por cualquier idea y su contraria siempre que hallase una justificación ética. No hablo de ideología, pues la oferta hallada entonces en los libros que había en casa era la que era. Hablo de carácter, personalidad y actitud. Siempre me dejé llevar por el justificacionismo condicional psicológico tratando de comprender por qué un hombre llega a sus conclusiones mentales y no a otras, esto es, a pensar como mismamente piensa y ser como mismamente es. Si bien de la mismidad se espera una evolución, como fue arte de los personajes cervantinos.

Ese matiz me resultaba fundamental pues el acto de pensar no es sustancial, como sí pueden llegar a serlo sus consecuencias en acto; dijo Cervantes que –en la soledad del pensamiento – “debajo de mi manto, al rey mato”.

Sabemos que solo podemos justificar el puro pensamiento. Esta baza, en el campo sexual, da mucho juego al adolescente; aunque aquellos eran aún tiempos mortificantes. Y aunque ni con mucho se pueda saber lo que otro piensa, y nadie adivinar lo que pensamos, sí que es reprobable el acto de pensar desde la valoración religiosa, si se es religioso y también lo es moralmente hablando, conforme al derecho natural; y “bien” que funciona esta clase de juicios… Pero ante el derecho positivo, el pensamiento se va de rositas. No hay manera de condenarlo. Es huidiza liebre.

En mi opinión, y aquí saco mi pensamiento de mi manto, atribuir capacidad de conmiseración y de acción caritativa al poder político es un error, y no menos exigírselo. A los gobiernos no toca desarrollar sentimientos sino soluciones; tampoco alumbrar nobles deseos. La caridad es una muestra de afecto y solidaridad propia de estamentos religiosos y colectivos de interés altruista social, que saben gestionarla sin acuse de recibo. Wilde denunciaba que, ejercida a nivel individual –voluntad propia–, la caridad puede incluso dar lugar a muchos pecados. Paco Nieva reclamó nuestra atención sobre la bondad de Wilde, “incapaz de matar una mosca”. En política, la buena condición debe sumar pero la gestión debe ser objetiva; hasta Kropotkin creía en el hoy por ti, mañana por mí.

(Continuará)

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