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TRIBUNA

De lo que se lee, se cría si no se descree (II)

martes 02 de junio de 2020, 20:13h

Que no todos los hombres tienen la misma fortuna y las mismas posibilidades lo había aprendido en Príncipe y mendigo, de Mark Twain. Amplié consciencia de este hecho gracias a otro libro alojado en la pequeña repisa de mi dormitorio y que me habían regalado con motivo de alguna gripe, la novela de Ernest Hemingway El viejo y el mar (1952). Se trata de un relato ejemplarizante aunque cerrado en fiasco, casi como la propia vida de su autor, que es cerrada en falso por propia voluntad.

El personaje de Santiago, el famoso “viejo” protagonista de la novela, había sido creado por Hemingway sobre la base biográfica de un marino español emigrado a Cuba en 1920, cuando niño, y su sino se me vino a entroncar dramáticamente con el del mismísimo Miguel de Cervantes, salvando las enormes distancias. Nuestra colección de tomos sobre el hidalgo ingeniosísimo (Ed. Archivo de Arte, Barcelona 1953, ilustrado por Íñigo) pasaba alegremente de la montiña de mi repisa a las cumbres mayores del gran aparador-librería del salón y viceversa, pues cuando no estaba en las manos de mi padre, estaba en las mías.

Por aquellos días no desconocía que la vida de don Miguel había estado tan plagada de “tiburones” y triste abandono como la vivencia novelada del famoso viejo de Hemingway. En cuanto a aventuras, Cervantes fue capitán general. El primer tomo de mi Quijote se abre –aún lo conservo– con sus tristemente famosas vicisitudes; todo lo asimilé de chico menos aquellos “ocho” años de cautiverio –ocho y horribles, dice la semblanza en lugar de los cinco usuales– en Argel, curiosa coincidencia geográfica con las andanzas de Tartarín creadas por Daudet, otro de los libros de mi repisa.

Crucificada en la declinación española, vió Azaña la existencia de Cervantes, si bien, con declinación y todo, llegó a ser funcionario real bien remunerado. Tardé en saber que a Cervantes le habían sido esquivas las glorias del teatro y la poesía, siendo peor lo de Rembrandt que perdió la licencia necesaria para hacer retratos en la República Holandesa. Diez añitos tenía el genio de la pintura cuando murió el de la literatura.

Hay que recordar que escribir es un bellísimo y duro trabajo, no menos duro por ser tan bello. El mismo Felipe III refiere a Cervantes, en cédula pertinente entre pragmáticas y deberes legales para con la edición de sus Novelas ejemplares, tener constancia de cuánto esfuerzo le supuso –al otrora soldado de la armada de su padre contra el turco– escribir sus libros. La optimista voluntad de Cervantes no excluiría el sangrado de su ánimo, conforme llegaba su final, pues estaría muy condicionado por su mala situación económica, hasta no tener ni para comprarse unas gafas nuevas. Y muy al final –teniendo puesto ya el pie en el estribo y con las esperanzas menguadas–, cumplió con el besapiés al conde de Lemos, a quien tantas gracias parecía deber.

A su entierro fueron siete… ¿Para qué más? Considero, si ya todo le era ajeno; la misericordia de entonces no permitió ni conservar sus despojos. Su última carta, durísima aunque digna de su inquebrantable voluntad, es ampliamente conocida y es prólogo del Persiles. Fue musicalizada por Enrique Morente a compás de martinete, enrareciendo la sangre de quien la escucha. Morente –hoguera ronca de la naturaleza– me regaló el disco, con dedicatoria a mi padre. Otra pérdida irreparable la del granadino.

Volviendo al viejo marinero de Hemingway, a este le llegó un repentino golpe de suerte, propiciándole una fabulosa captura, instalado, como estaba, en funesta racha desde hacía mucho. La briega pesquera, uno de los épicos oficios a los que se agarraron desde siempre los hombres desdichados, volvía a darle recompensas. Pero esta vez, el viejo tendría que batirse el cobre solito para capturar el pez marlin y para evitar que los voraces escualos que rodeaban su barco le arrebataran la pieza. Habiéndole fallado las fuerzas y la ayuda de antaño, terminó perdiendo lo ganado y regresó a puerto con las solas raspas de su captura. No sabemos lo que ocurrió después con su vida, salvo que se retiró a soñar… ¿A dormir...? ¿A morir...? Como aquel príncipe de Dinamarca...

Ciertamente, entre el libro escrito por Hemingway y el tácito de la vida de don Miguel, que he querido imaginar, hay un abismo. Con el “viejo”, el escritor americano sentó las bases de su célebre estilo –inadvertida planificación– y alumbró lo que se ha llamado prosa en 3D. Obtuvo el Pulitzer con esta historia, de cuyo protagonista no conocemos su último destino. Del de Cervantes sabemos que fue la insatisfacción, no ante sí mismo, sino ante los hombres que le racanearon justas recompensas. Ciertamente, la vida de Cervantes es un libro sin encuadernar, como en lomo vivo. Y esto, como para que no se creyese demasiado.

¿De qué anomalías psíquicas germinará la genialidad? Algún estudio hay. Resulta curioso que tanto Mark Twain como Cervantes y Hemingway tuvieran sendas hijas con las que vivieron en conflicto. Muchos creadores sufren la bárbara tragedia de vivir en dos mundos inconciliables y parecen acabar sus días descompasados respecto a su ideal, como le ocurrió a Cyrano, al que solo quedó el orgullo. Tal vez, nadie consiga acabar su vida a compás, exceptuando a los que mueren repentinamente en mitad de la apoteois, o a los místicos, que tan alta gloria esperan que mueren por no morir. Estas mismas cartas habría barajado aquel libro que quiso escribir mi querido Alberto Rolla, el inolvidable ligur, el cual no pudo hacer por falta de más vida. Pensaba titularlo La scomparsa di Raffaello Scomparso o, dicho de otro modo, acabar a destiempo. Habré de escribirlo yo en su memoria. Dios me ilumine.

(Continuará)

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