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TRIBUNA

De lo que se lee, se cría si no se descree (III)

viernes 05 de junio de 2020, 20:06h

Dije que crecí considerando los libros objetos tan fundamentales como los discos – valgan los socorridos casetes– pues me permitían echar un incipiente “vistazo” al mundo o perpetrar una fuga –más duradera que el vistazo– a cualquier otra parte. Y añadí que, a edades tempranas, uno no puede ser consciente de que la literatura le modela la personalidad de forma disimulada y en mucho mayor grado que la música o el arte. Y podría hallarse uno a punto de desempolvar armas y arrmaduras y no haberse percatado siquiera de tal influencia. La música y el arte son mejores aliados de la belleza pues esta, tal la veía don Paco Nieva, “puede ser cruel y trágica, pero jamás engañosa”. Música y arte –formas de un mismo gen– son gozos más inocentes que la palabra, sobre todo cuando esta se articula, hasta el punto que Enzo Cucchi, pintor de la Transavanguardia de Bonito Oliva, recomendó a los artistas “hablar de una o dos cosas que conocen, pero de nada más”; de la pintura no dijo nada parecido.

En la repisa de mi cuarto se apretaban libros más o menos vistosos, obsequiados en ocasiones de diversa índole y en cuya elección no tomé parte; otros habían sido sacados por mí de la librería del salón, siguiendo mi único instinto y dentro de una oferta obviamente limitada; pocos compré durante la adolescencia temprana. Habría tiempo… Omitiendo algunos cuentos clásicos, la alineación fetén para mí era la que sigue: Príncipe y mendigo, de Mark Twain; De Profundis, de Oscar Wilde; El viejo y el mar, de Hemingway; el Ingenioso Hidalgo... De don Miguel; Tartarín de Tarascón, de Daudet; Historia de la vida del Buscón, de Quevedo/La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades; El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino; la Biblia… Nácar-Colunga…

La firme voluntad de darlo todo hasta el final fue la gran moraleja que obtuve en la novela cubana de Hemingway, El Viejo y el mar (1952). Hay en el libro otras enseñanzas ejemplarizantes, como el valor de la lealtad, muy propia de marineros. Pero el misterioso piélago de las virtudes humanas había sido ya anchamente surcado por los clásicos y los teólogos. Del mismo Quijote se obtienen moralejas esenciales –lealtad misma–, por exceso o por defecto de raciocinio. Y, amén de un excitante trasiego a través de paisajes y paisanajes ibéricos remotos, también aproveché el despliegue gráfico pintoresco de Íñigo en la edición de 1953 de Archivo de Arte para mi adoctrinamiento en el dibujo, atento a cómo recreaba mi padre a la témpera las elocuentes ilustraciones y, luego, intentando yo lo mismo. Si bien las mías se han perdido, las de mi padre las tengo como un tesoro.

Del Quijote nada resta decir. A mis pocos años, me permitió aquilatar no solo el poder de la imaginación, también el peligro que podía conllevar la defensa a ultranza de lo moralmente justo, como había comprobado ya a través del destino de Jesucristo; Dostoievski ahondó en la moral cristiana del Quijote. También tomé conciencia del bello y justo orden que podía llegar a darse a las palabras, dentro de lo que un joven muchacho de inteligencia media es capaz de apreciar, no siendo capaz de valorar, ni de lejos, complicadas cuestiones de estilo y diatribas entre lo que es “fermosura” o no, conceptismo, retórica o claridad de prosa. A mí el Quijote me parecía bellamente escrito, sin más; y todo lo que se pueda decir sobre la obra, como dije, ha sido dicho.

Tartarín de Tarascón, novela enseña de la literatura francesa, me llegó a “cuento” de una convalecencia por varicela, a fin de que me distrajese… Y en una edición bilingüe muy curiosa, un mazo de fotocopias grises encolado en encuadernación rústica, pero hablando de una rusticidad inherente; parecía pergeñado por una escuela de idiomas cuyo sello de tampón era visible y, curiosamente, mantenía el tipo exceptuando las esquinas. Como adosados, al final, venían otras historias e historietas, cuentos y fumetis, en otros idiomas y traducidos, asimismo, al español.

El creador de Tartarín de Tarascón, Alphonse Daudet, había sido columnista de Le Figaro y decidió escribirlo al cabo de los disturbios de la Comuna de 1871, de regreso de Argelia. Mi peculiar edición lucía expresivas ilustraciones de Tartarín en forma de tiras gráficas cuyo colorido solo podía imaginarme. Su lectura se me “encabalgó” a la del Quijote, que se hallaba aligerada por mano de Sebastián Juan Arbó pensando en un público juvenil.

Lo primero que se describe en la novela es el inefable jardín de Tartarín, ese cazador fanfarrón, bajito y rellenito, obsesionado con el exotismo del mundo. Me lleva ahora a recordar la no menos chocante impresión que se llevó De Gaulle del jardín del Palacio del Pardo en su visita a Franco. Y no solo del jardín… Con Tartarín, me mondaba; es propio del adolescente divagar en utopías, o quijotear, en el sentido que apuntó Iván Turguéniev y, por esta razón, el adolescente se hace cómplice perfecto de Tartarín.

Las fatuas ideas de Tartarín y las del adolescente son idénticas: ¡una de tonterías…! Esa creatividad que aún no es dueña de sus riendas lerendas. Por consiguiente, comparten la consecuente decepción sobrevenida cuando revienta el globo de las exageraciones –la culpa será del sol que “todo lo que toca lo exagera”, se dice en Tartarín, y el corro que se te rendía de admiración, ahora se te ríe encima. ¿A quién no le ha pasado? ¡A quién iba a ser… ! ¡A Tartarín!, que sigue siendo aclamado. Daudet sabe caminar entre la ironía y la conmiseración y, si bien, este escritor tuvo el acierto de embutir una crítica al colonialismo entre las páginas del libro, en sus propias páginas biográficas deslizó algún comportamiento poco admirable, de tono intolerante antisemita, que indignó al mismísimo Emile Zola, que era amigo suyo.

De la realidad, como advirtió Hume, no hay constancia sino a través de las percepciones, y el niño percibe desaforadamente. Que la vida vaya a ser toda una aventura no lo certifica el deseo ni las impresiones de un fin de semana de excursión. Pero lo que atesoraremos para siempre serán esas percepciones filtradas y engordadas. Por esta razón, la vivencia infantil o la del idealista terminan teniendo legítima veracidad y triunfan siempre que no se las pretenda entroncar con la realidad material, cosa que sabía muy bien George Santayana.

Tartarín es otro antihéroe; otro antiromántico. En la novela se nombra y se manosea mucho a Don Quijote y a Sancho: idealismo y sustancia; gloria y franela. Tartarín vende la piel del oso antes de cazar un león escuchimizado. Su sed de epopeya se atragantará de sarcástico prosaismo cuando finalmente se lance a conseguir sus sueños; al cazador que lleva dentro le saldrá el tiro de la aventura por la culata. No digo más. ¡Léanla y alcancen la inocencia, que está siempre por llegar!

(Continuará)

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