www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Las colas de la vergüenza

lunes 08 de junio de 2020, 20:26h

Son muchos los que no conocían en primera persona lo que es el hambre hasta el estallido de la pandemia. Sobrecoge observar a los individuos que hacen fila de forma ordenada y en silencio, esperando pacientemente su turno para recibir la comida necesaria que les permita sobrevivir unos días más ya que el gran reto estriba en estirar al máximo los alimentos que reciben con el fin de evitar la vergüenza de tener que pedir de nuevo. No es casual que no pocos se sirvan de la mascarilla para ocultar todavía más su rostro y algunos hasta guarden cola con gafas de sol de cristales oscuros, evitando así ser reconocidos.

Oscuridad y vergüenza es lo que ha traído el hambre a muchos de los que han perdido sus ingresos y se sienten impotentes ante una situación que resulta insostenible día tras día. Con gran agudeza, precisa el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, que el término vergüenza deriva del latín verecundĭa y significa “turbación del ánimo por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”. A mi modo de ver, estas colas del hambre son, en realidad, “de la vergüenza”, de la humillación propia o ajena que se siente cuando uno tiene, sea o no lo primera vez, que tender la mano para saciar el hambre o la sed gracias a la recogida de un simple bocadillo o a una botella de agua.

Como hemos podido comprobar estos días atrás, no guardan pacientemente la cola del hambre únicamente personas sin hogar sino muchos sujetos y familias que hasta ahora no se habían visto en esta situación límite de tener que recurrir a los comedores sociales para cubrir sus necesidades más básicas e indispensables. Como era previsible, de una manera más dura ha afectado este virus microscópico a los que ocupan una situación de mayor vulnerabilidad dentro de la sociedad, los más débiles y desamparados, en buena parte debido a que sus ingresos no son estables y dependen de la demanda ocasional de servicios, bien sean éstos de carácter docente, comercial, servicio doméstico, etc.

Tengamos en cuenta que el número de personas sin trabajo actualmente ronda en España los cuatro millones, habiendo sido también cuatro millones los que se han acogido a la regulación temporal de empleo, habiendo sufrido de forma trágica en la mayoría de casos una reducción del salario hasta un 80%.

A la otra orilla del hambre se sitúan aquellos sujetos que, por concienciación ciudadana y humanidad, trabajan de forma voluntaria en comedores sociales, parroquias, ONGs, etc., y se han visto obligados a tener que aprender a gestionar la impotencia que les produce el sentimiento de no poder ayudar a todos los que de forma apremiante lo necesitan porque los recursos económicos y de alimentos son escasos y, por desgracia, se encuentran limitados. Ellos también merecen nuestro aplauso y nuestro reconocimiento.

Esperas de ocho horas en las colas del hambre, kilómetros y kilómetros andando por no poder asumir el coste del transporte público hasta algún lugar alejado del lugar de residencia –quien lo tiene- para que los vecinos no descubran la situación a la que se ha llegado con la pandemia, son solo algunos ejemplos del daño material pero también moral y psicológico que está provocando el coronavirus.

El Ayuntamiento de Madrid recibió en solo un mes cerca de 35.000 solicitudes de ayuda, aproximadamente, esta cifra es la que tuvo durante todo el año 2019. Esas solicitudes de ayuda se han traducido de forma exponencial en innumerables mensajes de hambre y vergüenza que, a su vez, han generado miedo, frustración e incertidumbre en muchos individuos frente al futuro más próximo y cercano.

Es cierto que, como resaltó el economista y filósofo escocés Adam Smith en el siglo XVIII, no podemos sentir corporalmente el hambre imaginando el hambre que sufren otros sin recursos, de la misma manera que, como apuntase Aristóteles, tampoco podemos provocar la saciedad de alimentos con la oratoria o el discurso político como podemos conseguirlo cuando se trata de fomentar la ira o el temor. Sin embargo, lo que sí podemos es animar a nuestros mandatarios para que pongan freno a la relación existente entre desigualdad, privación y hambre, exigiéndoles medidas efectivas para erradicar el mal de origen.

El célebre economista Amartya Sen en su ensayo Pobreza y hambruna: Un ensayo sobre el derecho y la privación (1981) ya demostraba que el hambre no es consecuencia de la falta de alimentos, sino de las desigualdades en los mecanismos de distribución de alimentos. Dicho de otro modo: el hambre deriva de una privación extrema de derechos de acceso a alimentos que se genera cuando se rompe la cadena de sustentación de las personas. Podemos decir que la cadena se fractura por varios lugares simultáneamente, de tal manera que una de las fuentes de sustentación no puede llegar a cubrir de manera momentánea la carencia de otra.

También desde el pensamiento de la filósofa estadounidense Martha Nussbaum se nos recuerda, con gran acierto, que después de la vida, la dignidad es lo más importante que tiene el ser humano. Cuando la desigualdad y la pobreza se combinan entonces no hay manera de que se garanticen las capacidades de los sujetos, lo que les niega el acceso a los derechos fundamentales y, por tanto, se les impide desarrollar un plan de vida autónomo y digno. Entre las capacidades que han de ser cubiertas, por supuesto, se encuentra, el acceder a los alimentos básicos, esto es, estar alimentado y no pasar hambre, puesto que constituye una de las bases para el desarrollo humano como motor indispensable para avanzar hacia una justicia social globalizadora. A mi modo de ver, uno de los grandes atractivos que tiene la concepción de Nussbaum deriva de que los sujetos se convierten en fines en sí mismos, al modo kantiano, dejando de ser meros instrumentos al servicio de otros.

Creo que podemos llegar a afirmar que la pandemia ha colocado a muchos ciudadanos por debajo del “umbral de la capacidad”. Si la vida es el derecho más importante, entonces resulta obligado que las instituciones sociales y los poderes públicos garanticen que la vida no se vea tan atacada y se sienta tan frágil que, al final, no merezca la pena ser vivida. En suma, tenemos la responsabilidad de advertir a nuestros gobernantes con neveras repletas de alimentos que una sociedad que desatiende los derechos más básicos de los individuos no puede considerarse una sociedad justa.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (10)    No(0)

+

5 comentarios