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TRIBUNA

De lo que se lee, se cría si no se descree (IV)

sábado 13 de junio de 2020, 20:07h

Fue pura casualidad, pero pasé de la lectura de Tartarín de Tarascón a la Historia de la vida del Buscón (1626) de corrido aunque no sin tribulación. Lo contaré, esperando les resulte interesante. Leí la obra renegada de Quevedo junto a La vida de Lazarillo de Tormes (1554), en bella edición compartida de canto dorado, de 1971.

El Lazarillo es un pastel de ternura y humor con guindas agrias sobre una vida de la que Carlos Ayala dijo “se desarrolla mientras se lee y no mientras iba siendo escrita”. Ciertamente, habiendo sido creado, el Lázaro, por alguien que no conocemos, es tal su congruente mismidad que parece haberse escrito a sí mismo. Y resulta paradójico que el tal desconocido escribiese en el prólogo que “la honra cría las artes”, pues de esta obra poca honra obtuvo creador alguno, siendo más lógico haber jurado que la otorga, a los millones de lectores que han sido honrados con su lectura.

Del Buscón se desentendía –en balde– su autor, Francisco de Quevedo, para salvar el pellejo, pues ya por abuso de sarcasmo había cumplido condena en el pasado. Experimentando un salto literario mortal en complejidad formal y malicia, del Buscón no siempre podía entenderlo todo, de ahí mi tribulación. A su lado, Tartarín de Tarascón me había resultado un paseo por la playa, si acaso pudiese irse de la Riviera Francesa a las playas argelinas de un tirón. Con la imaginación, pueden los escritores eso y cualquier cosa y llevarse a los lectores en volandas.

La primera parte del Lázaro de Tormes, sin ser un paseo por la playa, tampoco llega a doblar los tobillos y lacerar las pantorrillas como hace el Buscón con el lector adolescente que, por interés mutado en cabezonería, pretende llegar a comprender todo cuanto se narra. Con sinceridad, la ardua lectura del Buscón se me dilató mucho, aunque no la arrumbé, releyéndola también mucho, por abarcarla. Me gustó su dificultad, por afán de superación innato, y por conocer al detalle ese mundo de trápalas ruines y caldos de
estopa y sabandijas, miseria que costaba creer hubiese existido.

Siendo tan dispares en época y cultural exposición de la existencia –Tartarín, y Lázaro y el Buscón–, en sendas novelas estaba la idiosincracia de los hombres y sus fullerías y aquello, por edad, me atrapaba. Más motivos encontré para entroncar el mundo narrado en el Buscón con lo que pude leer, por entonces, en el libreto del álbum discográfico Persecución (1976), de Félix Grande para Juan Peña El Lebrijano, uno de los cantaores favoritos de mi padre y mío y que sonaba asiduamente en casa.

Félix Grande cita en Persecución las investigaciones de un tal Wenceslao. Este resultó ser el pseudónimo con que firmaba sus crónicas periodísticas D. Luis Suárez Ávila, investigador del Romancero de tradición oral, los corridos y las deciduras gitanas que están en el origen del cante flamenco contemporáneo a través del llamado jaleo, aquellas jaranas de palmas y guitarreo que entusiasmaron a Jan Potocki, entre tantos románticos que viajaron por el sur de España. Recuerda Suárez que ya en La Gitanilla –primera ejemplar–, Cervantes habla de cantes romances en tono correntío. Mi paisano Javier Osuna hizo una memorable entrevista radiofónica a D. Luis Suárez sobre estos asuntos que aparece, transcrita, en Los fardos de Pericón. Entren a leerla.

Nada más leer los amargos entresijos del texto de Félix Grande hice saber a mi padre mi descubrimiento, un domingo mientras él pintaba a la témpera en la gran mesa del salón: “Papa, aquí en el disco, también se habla de los mendigos que iban antiguamente por los caminos buscándose la vida y todas las penas que les hacían pasar”. El conocía mejor que yo la historia germinal de Persecución, pero yo quise atar cabos con la picaresca y en especial con el Quijote. Tracé el vínculo entre los gitanos condenados a remar en las galeras reales –Persecución– y aquellos galeotes a quienes Sancho da limosna: ¿Papá, te acuerdas de aquellos que iban encandenados y a quienes el Quijote se empeña en liberar?”.

Don Quijote combate la “razón” que esclaviza al mundo, y la mentira; Tartarín vive la mentira quijotescamente, apoteósicamente; el Buscón quisiera creerse sus propias fábulas, pero lo más útil para él es que las crean los demás y seguir él adelante, vivo un día más. Advertía yo que Tartarín es un cuento cándido lleno de sarcasmo que entroncaba con el tragicómico determinismo idealista del Quijote y del Lazarillo. La crudeza del Buscón don Pablos, en clave de simple apreciación, a mi edad, se me reveló a través de una mucho más farragosa técnica de escritura y por una aspereza vital que ponía los vellos de punta.

Ambos botarates –Tartarín y don Pablos– eran diestros en el embuste, que en el caso de la novela española delataba el peculiar cariz picaresco –spanish wiliness del Collins–, siendo el caso del francés de pelaje fanfarrón, como es el de Cyrano de Bergerac, ya instalados en las secuelas del Romanticismo y muy influidos, a su vez, por una lectura, ya frívola, ya misericordiosa, del Quijote, pero muy estereotipada.

A partir del siglo XVII, la obra arrasa en toda Europa, antes que en España, primero como libro humorístico y luego como ejemplo de delirante irracionalidad propia de un autor a quien se consideraba un utópico de la España imperial declinante, antítesis del racionalismo positivista que transformaría Europa en una arcadia de progreso. El Quijote fue catalogado como antihéroe digno de compasión y muchos quisieron ver bajo su piel todos los vicios y virtudes de su autor. Pero nadie duda de la grandiosa creación que es esta novela, la mayor de la historia de la literatura universal.

Quiero reconocer, someramente, mi deuda con un libro que leí a los doce o trece añitos, El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino. El best seller, de 1968, atrapó mi interés y me motivó lo justo para echarme a vender mis primeros dibujos puerta por puerta, espoleado, además, por mis padres que me habían visto enfrascado en el manual para buenas ventas. De hecho, el libro pertenecía a mi padre, agente de seguros, y la genética había estado primero en la forja de mi espíritu.

¡¿Quién dijo miedo?! Debí covencerme… O, tal vez, yo tuviese enajenada la amígdala y con ello el freno del temor. Sería cosa de voluntad, pero el caso es que conseguí vender algunos dibujos por las casas del vecindario. Mandino me enseñó también la importancia de la generosidad en el negocio y máxime para el que vende lo que no es práctico; el valor de la generosidad antes y después. No sé si lo que me enseñó aquel libro, crió, pero sí dejó en mí un estímulo perdurable.

Y concluyo con la Biblia, de la cual leía, por entonces, solo el Nuevo Testamento y también recreaba las ilustraciones. ¡Divinos años!


(Continuará)

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