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TRIBUNA

De lo que se lee, se cría si no se descree (V)

martes 16 de junio de 2020, 20:05h

De niño, lo leía todo: un ejemplar de National Geographic que mi padre usaba para dibujar, recreando sus magníficas fotos de perros; relatos eróticos de revistas porno que tenían un poder de sugestión mil veces mayor que las elocuentes imágenes, contradiciendo el refrán y ratificando lo que Vargas Llosa defiende en Los cuadernos de don Rigoberto; semblanzas, sinopsis y libretos en fundas de elepés de flamenco, como la Misa flamenca o Persecución, que siempre sonaban en casa los domingos.

Entre los nueve y los trece años no sabía escoger mis lecturas; el azar y la voluntad de mis padres las seleccionaba por y para mí, como es norma. En los años siguientes, mi voluntad se iría pronunciando. En el mueble librería de nuestro piso en Sevilla había buenísimas novelas, en rústica y en cartoné, estilosas las últimas, forradas casi siempre en cuerolín –algo en cuero–, con lomos grabados y cantos dorados. Libros bonitos para pintar como fondo de un buen retrato. El del Dr. Hugo Koller, realizado por Egon Schiele, incluye buenos ejemplares de libro, algunos de lomo abullonado. Me influyó mucho, tanto por la grande y temprana devoción que despertó en mí el pintor austriaco como por la pasión que yo sentía por las bellas ediciones librescas.

Muy pronto, empecé a disfrutar de los libros, tanto por dentro como por fuera, incluso de los vulgares y prácticos. Leía casi todo lo que tenía a mano aunque muchos libros no lograba acabarlos. Si creía tener suficiente, pasaba a otra cosa sin el menor reparo. Mi pasión lectora no se limitaba a los libros; leía folletos, revistas, fascículos… Todo cuanto había por casa, aunque mi gran pasión por el dibujo me acaparaba mucho de mi escaso tiempo libre. Llegué a leer incluso –tendría yo trece años– el Ideario de la Comunión Tradicionalista, que acababa de ser legalizada como partido político, formado por partidarios de Sixto de Borbón. El ideario estaba situado en la librería del salón entre Solo se mueren los tontos (1972), del falangista Álvaro de Laiglesia y La muchacha de las bragas de oro (1978), de Juan Marsé, sobre la vida de un escritor falangista de laxos principios, el “resiliente” Luys Forest. El ideario había sido facilitado a mi padre por un directivo de la empresa para la que trabajaba, quien era descendiente directo de un secretario general del Partido Carlista.

Las mil noches de Hortensia Romero (1979) vademecum universal del doliente desparpajo erótico-ingenioso andaluz–, del añoradísimo Fernando Quiñones, y Yo soy fulana de tal (1963), del referido Álvaro de Laiglesia, sonrojaban entre sus jocosos “lomos” y por sus sinsabores carnales a ¡Viva Franco! Con perdón (1980), de Fernando Vizcaíno Casas, que era capaz de hallar la gracia en el esperpento. Al cabo de un par de años, se incorporó, más a la izquierda del anaquel –lo estoy viendo–, Nos han dejado solos. Libro de los andaluces (1980), también de Quiñones, a quien debo muchísimo. Más a la derecha, solía estar… Emm… Eso ya es mucho recordar.

Algunos libros cayeron aun siendo un absoluto tostón y otros, que de entrada tenían mal aliento, aun cuando no conseguía acabarlos, los probaba aguantando la respiración. Había publicaciones exageradamente derechosas, pero eso lo supe con los años. En aquel momento, quería conocerlo todo… Todo lo que aquella librería podía ofrecerme y por allí no había rastro de Rosa Luxemburgo; lo más parecido era Antonio Machado.

Aquellos relatos de De Laiglesia me arrebataron buenas risas, despreocupado yo de todo trasfondo, aunque tomando nota de las peculiariedades de clase; busquen De Laiglesia/Pere Montaner. Ciertamente, con aquella edad, su sarcasmo se me entroncaba con el de los Hermanos Marx –visibilísimos en la tele–, que instrumentaban el mismo ocurrente recurso de one-line joke, esa micro filosofía destellante de la greguería o simplificación máxima de los aperçu –fogonazo racional– que lograba bordar George Santayana, para quien nada era más cómico que nuestra vulgar existencia. Si bien los Marx no pagarían olvido sino por el ingrato paso del tiempo, Groucho, y bien lo sabía T. S. Eliot, pagaría un peaje como escritor de seriedades a causa de su estereotipo cómico audiovisual. Pagar, pagar, pagar por todo… Parece ser el sino de los hombres.

Para la edad y época que atravesaba, algunos de los libros que abordaba resultaban tan crípticos como el Código de Hammurabi. Sin cultura política referencial, y no sabiendo qué era un subsecretario o qué, autarquía, entre un centenar de términos desconocidos, me veía obligado a invertir un elevado tiempo de consulta en la enciclopedia Danae, lo que me ahuyentaba de acabar muchas lecturas. Fernando Quiñones me encapilló a su noray con un buen As de guía; los marineros saben de lo que hablo. Al amarrarme a la vida, me liberó de complicadas cábalas sociales o sociopolíticas, que eran las que yo más temía por entonces, por mis pocos años y por tratarse casi de un interdicto en aquel tiempo, cuando era mejor parecer tonto que hacerse el listo. De hecho, algunos listillos del barrio –doce añitos–, gustaban de paliquear de política tras los partidos de fútbol mientras sorbían, deleitosamente, aquellos flagolosinas gigantescos que tenían la propiedad de abrir dolorosas boqueras.

Aquellos petarditos sabían cosas que me sonaban a chino; vamos, que aquel idioma no estaba contenido en mi enciclopedia Danae. Empleaban una nomenclatura y sigladuría –siglas– sindical de la que no sabía ni jota –pronto encontraría los interviús de mi padre– limitándome a asentir a la par que chupeteaba con interés el hielo de fresa ácida –mi preferido–, de un color fosforescente muy “natural”. Yo solía endilgar algún disparate ocurrente de De Laiglesia, que me supiese de memoria y sin revelar la autoría. Con las agudas gracias que citaba, ganaba algún prestigio y aun más cuando no las entendían. Lo peor fue el día que vacilé de cultura política con el Dios, patria y rey carlista. “Pero vamos, solo como información” –dije al ver las caras que ponían aquellos cenetistas infantiles, y empecé a largarme, concluyendo : “¡Menudos fachas, esta gente… ! ¿No os parece?” Era una época para aprender a hacerse el tonto, pues el riesgo de morirse por serlo, como jurase De Laiglesia, había pasado. Los fines de semana, los jóvenes esbirros de Blas Piñar iban repartiendo leña con los luchakos. En el barrio, “solo” nos pateaban las canicas…

(Continuará)

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