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TRIBUNA

De lo que se lee, se cría si no se descree (VI)

miércoles 17 de junio de 2020, 20:13h

Prólogos, índices, capítulos, actos, cuadros, escenas, corolarios, epílogos, cronologías, sinopsis… etiquetas incluso; entre los nueve y los quince años, podía leer cualquier cosa, hasta la fórmula del Cointreau cuando en Navidad se traía del economato. Cualquier combinación estructurada de signos hacía mis delicias. No acababa todo cuanto empezaba. Frecuentemente, leía solo mitades y gajos ocasionales, extirpados de la pulpa entera; chuletones y pitracos, según su categoría… También casquería –Álvaro de Laiglesia me lo pareció cuando lo racionalicé mejor–, en ristras de restos brillantes; en tripas azuladas de humor negro, que se retuercen peristálticamente allí cuando la ironía destella. En la estantería de mi salón-comedor, estaban dos de sus libros: Yo soy fulana de tal y Solo se mueren los tontos. Cuando el escritor murió repentinamente, a los cincuenta y nueve, mi padre, que había traído los libros, decía a todo el que venía a casa, mostrándoselos: “Fíjate... Este se ha debido morir por carajote; no lo digo yo, lo ha dicho el”. Debía ser un chiste de la época.

Del escritor, primer director de La Codorniz –revista decana de la prensa humorística, que fundara junto con Mihura–, dice su hija que “supo aprovechar al máximo esa distancia hacia lo cotidiano que impone la buena educación”. Tuve la suerte de conocer a Cándido, el último director de La Codorniz. Fue en la sede de La Razón –la de Anson–, donde uno podía leer las columnas de Francisco Nieva, Amando de Miguel o Antonio García Trevijano, amén de sus finas canelas.

Del andamiaje literario de De Laiglesia se dice que resulta como de encofrado, claveteado para sostener su muestrario de magníficas ocurrencias y grotescas vicisitudes. Hoy, aquellos libros son cuestionados; tienen encima la marca indeleble que nuestro país reserva. Hay muchas marcas lapidarias, pero son la misma; curiosamente, ocurre lo mismo con el Imperativo categórico, regla moral kantiana que se enuncia de diversas maneras para decir lo mismo, aunque bendita sea.

En otras lecturas monolíticas que aquellos estantes me ofrecían, desde la India impúdica de los maharajás (Vitold de Golish, 1974) a Ave César (Joachim Fernau, 1975), se desplegaba una imagen épica y teatral del mundo, ajena a la vida doméstica, a los exámenes que preparábamos, a los mundiales de fútbol -Alemania ‘74/Argentina ‘78-, y al pan con chocolate... Esos libros te hacían sentir pequeño, aunque dichoso por estar viviendo el presente de una larga historia. Dicho ahora suena ingenuamente elemental, pero no para el chaval que yo era, que quería conocer el horizonte más allá de la autopista Sevilla-Cádiz y, sobre todo, el de la literatura.

Viviamos entonces la recién inaugurada “ciudad moral” de la democracia, con el pilar por hacer de su nueva literatura , como la llamó Vázquez Montalbán, que hizo su propia exégesis laica de la ciudad, haciéndome rememorar el acercamiento de mons. Oliver Román a la escasa teología de la ciudad disponible. Existía la firme voluntad, por parte de la intelectualidad democrática, de borrar el franquismo –de ”la ciudad franquista” habla V. Montalbán– del mapa; también su estética y su literatura. Pero esto pasaba totalmente inadvertido a un chaval que se asomaba, a su propio riesgo, al habitat de los libros que tenía a su alcance.

La ciudad democrática, con las décadas, se iría llenando de inútiles obras públicas, extrañamiento humano, soledad, miedo, desigualdad… Resulta curioso que Vázquez Montalbán hablara ya del fracaso inevitable de la ciudad democrática y socialista, un par de décadas después de la caída del franquismo. Abogaba por armarse de futuro hacia la ciudad definitiva –global la llamó– y, mientras tanto, de paciencia. Quién sabe si estaría pensando en Toynbee y su ciudad ecuménica pues habla de casas como madrigueras y, sin embargo, calificaba a esta ciudad por venir como “igualitaria, solidaria y libertaria”.

El cumplimiento de mis obligaciones estudiantiles y mi aprendizaje, autogestionado, del arte de dibujar, con la referencia de mi padre y las directrices del pintor Antonio Olaya, me dejaban muy poco tiempo para la lectura. Aún así, obtenía un buen usufructo de lo que conseguía leer, empeñándome más, cuanto más crecía, en la observación aguda de mecánicas y estilos, llegando a distingutir estructuralmente la enjundia del cocido literario del más enjuto caldo periodístico moderno. El aderezo, ya picante, ya agrio, de un mero relato de revista me daba consciencia clara de los poderes literarios diarios.

En el periodismo más sensacionalista, donde se desperezaban las libertades cívicas, espirituales y carnales –el erotismo se abría paso entre veladuras y gafas psicodélicas– no olvidaba leer los artículos políticos y las crónicas sobre los rincones más o menos oscuros de la condición humana que se exponían en presente continuo, ya en el presente de entonces, ya en uno muy reciente. No eran los anacrónicos avatares de la antigüedad clásica ni los grandilocuentes y atávicos del Antiguo Testamento; tampoco eran los ambientes inhumanos de la rancia picaresca. Se percibía una ebullición de cosas por venir, siendo la “experiencia de las cosas modernas y el incesante estudio de las antiguas” lo que da el conocimiento de las cosas de los hombres, como aseguró maquiavelo en el introito de El Príncipe.

La anacronía social de aquel presente se pondría a la última, haciéndose modernísima y casi no percibiríamos sus contradicciones. Pero, en el fondo, todo presente es anacrónico y termina desengañando. La violencia nos regresaría a la caverna. Santallana –vuelvo a él– nos enseñó que los barbaros fracasan porque quieren materializar su ideal. La picaresca española se reinventaría en los años venideros con la cultura del pelotazo y acabaría llamándose la corrupción de siempre. Y sabríamos que ya desde 1975 la literatura contaba con renuevos de futuro como Eduardo Mendoza y La verdad del caso Savolta. La ilusión por cambiar las cosas daría paso a la dictadura del presente –Sciascia–, que tanto atribuló a Vázquez Montalbán. Y ser creyente y librepensador sería Pánico.

A los estantes de mi salón llegarían nuevos libros y aun careciendo de la prosapia histórica de un Cervantes o un Pérez Galdós, muchos de aquellos, desde Relato de un náufrago, de García Márquez, a Bomarzo, de Mujica Láinez, pasando por futuras adquisiciones como La canción del pirata, de mi paisano Quiñones, alistaban página tras página la mejor literatura.

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