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TRIBUNA

Las cuarentenas son ya centenas

domingo 21 de junio de 2020, 20:07h

Los eufemismos son términos odiosos que admite nuestra lengua para reemplazar a otros que queremos expresar, pero que pueden resultar un tanto duros o malsonantes a los oídos de nuestros interlocutores. Se suelen utilizar para suavizar o matizar la carga negativa, despectiva u ofensiva que pueden tener ciertas palabras. Lo hacemos, por lo general, al referirnos a cuestiones sexuales, fisiológicas o escatológicas; aunque también los eufemismos se hacen extensivos a toda realidad desagradable o vulgar que, por delicadeza, se evita nombrar de un modo concluyente. Los eufemismos rayan a veces con los temas tabú y encajan justo en lo llamado “políticamente correcto”. El hablar cotidiano ha instalado los eufemismos para referir las cuestiones raciales o étnicas, las sociales o etarias y, también, para que señalar los defectos físicos. No es raro, por consiguiente, que para endulcorar la palabra muerte se use “pasar a mejor vida”, o para referir la vejez se hable de “tercera edad” o de “adultos mayores”, o para ir al baño “pasar al toilette”. A Borges lo indignaba que alguien usara la expresión “no vidente”. Solía recriminar a veces irritado: “No diga no vidente si se va a referir a mí; yo soy ciego a secas. Homero y Milton también lo fueron. No es ninguna ofensa”.

En estos días observamos que la mayoría evita usar la palabra “peste” para referirse al virus del Covit-19. Sucede, además, con otros términos que no sabemos muy bien si calificarlos de eufemismos o de una inexacta denominación; concretamente quiero aludir a la vapuleada “cuarentena”, que, a fuer de ser sinceros, vemos que ya pisa la “centena” (en la Argentina empezó el 21de marzo y sigue, sigue… y seguirá nadie sabe hasta cuándo); tampoco nadie tiene idea de cómo nombrarla ahora. Por comodidad, quizá siga siendo “cuarentena” hasta que pase y vaya a saber uno cuándo nos dejará tranquilos.

En tales situaciones de encierro todos nos adaptamos a cualquier inexacta denominación y ni se nos ocurre discutirla. Por otro lado, en el encierro el tiempo vuela para algunos o se detiene para otros. Y todo da más o menos igual. La “peste”, sin eufemismos, nos hace vivir en un “mundo inconcebible”, para no llamarlo “loco” o “de mierda” y, para no entrar en un debate semántico, todos hacemos “oídos sordos”, o “nos vamos al cuerno, para no decir callarnos la boca, silenciarnos o hacernos los imbéciles.

Pero vamos al real asunto que nos preocupa y tengamos en cuenta que los idiomas son versátiles y están vivos, como todos sabemos; por lo tanto, admiten disparatados neologismos, eufemismos y hasta cursilerías inventadas por políticos o burócratas. El área metropolitana de Buenos Aires, por ejemplo, se designa ahora con la sigla AMBA, y este lugar, conjuntamente con las provincias de Córdoba y del Chaco, donde se encuentran los focos más inquietantes del coronavirus. Desde el ya remoto anuncio de mediados de marzo hasta el del viernes último, la cantidad de casos se triplicó y ahora parece incontenible. No es novedad. Era de esperarse. La Argentina, en todo su territorio cuenta con más de 4000 “villas miserias” donde la gente vive apiñada. Por consiguiente, lo que ocurre es previsible sin vuelta de hoja.

De tal manera, también se ahondó la controversia acerca de la duración y dimensión de este encarcelamiento o “prisión domiciliaria aceptada”. Esto último es producto de la falta de planificación de una política que en ciertos recovecos del camino no sabe para dónde agarrar. Y esto resulta comprensible, pues debe enfrentar las consecuencias psico-socioeconómicas que está dejando a diestra y siniestra esta peste de los mil demonios; donde políticos y periodistas siguen sumando eufemismos, y llaman “barrios populares” a las “villas miserias”, sin observar que todos los barrios lo son. Desde el más encumbrado hasta el más modesto. Básicamente porque en ellos vive la gente que es del pueblo, sea de clase baja, media o alta. Las villas son otra cosa. Son, quiérase o no, “sitios marginales”, que los zafarranchos políticos nos han legado.

Pero bueno, más allá de estos odiosos discernimientos semánticos nos seguimos preguntado: ¿fue acertada la decisión de instaurar la llamada cuarentena tempranamente? La respuesta es acaso simple y contundente: “sí”. De lo contrario el nivel de contagio por parte de los viajeros que llegaban desde Europa habría alcanzado dimensiones inimaginables con relación a las que hoy exhibe la Argentina. El otro interrogante que se plantea es, ¿resulta una sorpresa que la cuarentena sea tan larga? La respuesta también puede ser simple y taxativa: “no”. Todo lo que está ocurriendo fue pronosticado. En esto no hay demasiadas sorpresas. El aumento del número de casos y su focalización principal en las zonas más vulnerables de los centros densamente poblados formaba parte de las proyecciones que los infectólogos y epidemiólogos hicieron desde el vamos.

Queda otra pregunta, ¿ha habido un uso político de la cuarentena? Otra vez, la respuesta es categórica: “sí, por supuesto y lo sigue habiendo”. El oficialismo, a través de las encuestas sabe muy bien cuál es el humor social. Estos registros, que hasta hace unas tres semanas mostraban elevados niveles de aprobación hacia la gestión del Gobierno, han comenzado a variar por efecto del desgaste, como es lógico. Los guarismos de imagen positiva del Presidente cercanos al 70 o al 80 por ciento han empezado a declinar bastante de golpe; la última encuesta señala que menos de 50 por ciento está a favor. El hartazgo social del “Quedate en casa” y el deterioro económico se juntan en una combinación potencialmente explosiva. A eso hay que agregar las situaciones institucionales inquietantes que forman parte del particular universo del confinamiento domiciliario, mal llamada cuarentena. A la que se suma una grieta que cada día produce nuevos enfrentamientos.

En este sentido las corporaciones políticas están aprovechando para avanzar hacia dos logros: la impunidad y la consolidación de un proyecto para la permanencia en el poder. Un espacio donde se mueven como patos en el charco para el manejo de las estructuras del Estado; siempre afines, por supuesto, a esos objetivos. Fenómeno, por otro lado, que se hace visible en dos áreas: la Justicia y las cajas recaudadoras a cargo del Estado. Durante esta semana se produjeron en la Argentina varios hechos relevantes en el Congreso. El Senado dio el primer paso para quitarle el manejo de las escuchas telefónicas a la Corte Suprema. Lo proyectado ahora es otorgarle esta potestad al Procurador General de la Nación, cargo vacante en el que el oficialismo aspira nombrar su candidato; sin duda, un juez que le responda. El otro paso será el intento del manejo de la Corte Suprema. Esto sin dejar de tener en cuenta los estratégicos lugares de la administración del Estado; en especial donde hay dinero.

Hay un catecismo neoliberal y neocomunista negativo a todo y que a todo lo ve mal. El dogma de esas ideologías aplana el sentido crítico y solidario metiendo los asuntos en el mismo saco roto. Como decía el poeta Ramón de Campoamor:

En este mundo traidor

nada es verdad ni mentira:

todo es según el color

del cristal con que se mira”…

Pero las cosas pesan irremediablemente y la pobreza y la marginalidad se agrandan; más aún en los tiempos de peste. Hace más cuarenta años que la Argentina va de tropezón en caída; vale decir, de crisis en crisis. Sobrevivir dignamente a las muertes de la pandemia y a las de su depredación económica para continuar siendo un país mediocre, sería desperdiciar una oportunidad histórica.

Decía Voltaire que “la política es el camino para que los hombres sin principios se aprovechen de los hombres sin memoria”. Pero a veces los barquinazos de la cotidianeidad hacen que al agotarse las sobreactuaciones, se naufrague en el mar de la frivolidad. El pensamiento clásico de Aristóteles nos hace ver en la política un arte o una ciencia estrechamente ligada al bien común y a la ética; con Maquiavelo, por el contrario, la política se aparta de la moral, siendo esta la herencia de nuestros días. Mal que nos pese y más allá de cualquier eufemismo o neologismo.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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