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TRIBUNA

Ruiz Zafón: El abrazo con la palabra

lunes 22 de junio de 2020, 20:03h

Carlos Ruiz Zafón nos ha dicho adiós hace solo unos días en Los Ángeles, una ciudad a la que decidió ir a vivir cuando tanto solo contaba con 29 años, al sentirse fascinado desde temprana edad por esos referentes de la cultura norteamericana que son el jazz, el cine, la literatura y, en particular, la novela negra. Aunque es cierto que le agradaba pasar temporadas en Barcelona, su ciudad natal, siempre terminaba volviendo a lo que consideraba su verdadera casa: California.

Fue un escritor que supo vivir a su manera, de una forma reservada en atención a su carácter tímido y retraído pero siempre desde la autenticidad. Era una rara avis en su medio, con perfil bajo y sin pretensiones de hacer alarde de los importantes éxitos cosechados. Llevaba a gala dar prioridad por encima de todo a sus sueños más profundos, sin querer dejarse atrapar por oportunismos o estrategias que le pudieran ayudar a alcanzar una tan rápida como efímera fama literaria. Bien sabía él que como escritor quizás podía ser más rentable estar residiendo en alguna ciudad del continente europeo pero, sin embargo, decidió permanecer fiel a su deseo de vivir en la ciudad de las estrellas.

Carlos Ruiz Zafón había estudiado en el colegio de los jesuitas San Ignacio de Sarrià, matriculándose después en Ciencias de la Información en Bellaterra. Su gran valía intelectual se hizo notar pronto, concretamente, en su primer año de universidad puesto que es cuando le llega una oferta para trabajar en una agencia de publicidad, donde haría carrera con un salario que estaba a la altura de su capacidad creativa. A pesar de ello, prefirió mantenerse fiel a su vocación de escritor y renunciar a este destacado y bien remunerado puesto, publicando su primera novela para el público juvenil, justo al año siguiente de abandonar el mundo de la publicidad: El príncipe de la niebla (1993) con la que ganaría el premio Edebé. Su talento literario quedó así más que demostrado desde muy temprana edad. Esta obra de 1993 formaría con El Palacio de la Medianoche y Las Luces de Septiembre, la Trilogía de la Niebla.

Marina vendría años más tarde, en 1999, una obra en la que deja su impronta personal y quizás por ello una de sus preferidas, que se convertiría pronto también en un gran éxito literario. Poco después publicaría su novela La sombra del viento (2001), un auténtico bestseller, como acredita el hecho de que llegara a los 20 millones de ejemplares vendidos en 36 idiomas distintos además de ganar con ella numerosos galardones. Una obra que ha terminado siendo recogida en la lista que fue elaborada en 2007 por 81 escritores y críticos latinoamericanos y españoles en la que figuran los 100 mejores libros en lengua española de los últimos cinco lustros. Como varios críticos literarios resaltaron, no tan importante era lo que contaba como la forma en que lo contaba. Sin duda, un verdadero atractivo de la novela derivaba de la fusión de géneros diferentes como son la novela decimonónica, la de misterio y el “thriller”.

La trama del texto gira en torno al hallazgo de un libro olvidado y por ello hay quien ha querido ver cierto paralelismo entre esta obra con uno de los éxitos editoriales en la década de los 80, El nombre de la rosa de Umberto Eco. Sin embargo, analizando el enfoque y el acercamiento a los grandes temas como el amor o el misterio podemos decir que el relato es una obra única y original. La sombra del viento es el primer libro de la saga compuesta por cuatro novelas del Cementerio de los libros olvidados, estrechamente vinculadas y desarrolladas en la ciudad de Barcelona desde la época de la revolución industrial hasta los años que transcurren tras la guerra civil española. Los cuatro relatos, aunque tienen autonomía por sí mismos, comparten algunos personajes y escenarios. De ahí que los textos que acompañan a La Sombra del viento en la saga de El Cementerio de los Libros olvidados, esto es, El juego del ángel (2008), El prisionero del cielo (2011) y El laberinto de los espíritus (2016) sean relatos con identidad propia y verdadera personalidad.

Aun a sabiendas de que, como Ruiz Zafón reconocía, la vanidad y la envidia son los pecados de los escritores, a quienes definía como “criaturas frágiles, a menudo vanidosas y resentidas” que buscan el reconocimiento por la entrega completa al mundo de la ficción literaria, no por ello dejó de escribir, ni siquiera en esta última etapa de dura enfermedad.

No es extraño que millones de lectores y la industria editorial se encuentren en estado de shock. Así, entre otras, la editorial Planeta que trabajó con él durante veinte años ha sido una de las primeras en lamentar su triste desaparición en las redes sociales difundiendo este emotivo mensaje: “Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él”.

Se nos ha ido uno de los autores más reconocidos de la literatura internacional de nuestros días y quién sabe si el escritor español más leído en todo el mundo después de Cervantes, al haber sido traducidas sus obras a más de cincuenta idiomas. De lo que sí hay certeza es que la mejor manera de homenajear a Carlos Ruiz Zafón es regalar sus libros, manteniendo viva la lectura de sus novelas que nos abrazan para llevarnos a un lugar donde los genios son eternos.

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