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TRIBUNA

Más confinamiento… ¿Y después, qué?

miércoles 01 de julio de 2020, 20:22h
Muy malos tiempos vivimos en el mundo. El filósofo Immanuel Kant esperaba la llegada de un Isaac Newton de la historia que descubriera las leyes del accionar social como el otro había descubierto las que rigen el movimiento de los cuerpos celestes en el espacio. Tristemente ese Newton de la política no ha nacido y es probable que no aparezca en la tierra; mientras tanto, en los dominios de la física y la astronomía otros descubrimientos y otros sistemas han limitado la validez de los que develara Newton. Pero las decepciones de la política son más cruentas que las de la ciencia y ante tanto fracaso que acumulan, la mayoría de la gente se refugia en el escepticismo.

Aunque la Argentina de las últimas décadas ha sido teatro de muchas convulsiones, ninguna ha modificado realmente las estructuras económicas y sociales que pesan desde antaño y están llegando a su máximo nivel de tensión por el dramático momento que provoca esta ecuménica pandemia. Convergen aquí elementos contradictorios provocados por la necesidad de detener el avance de los contagios a través de un confinamiento más riguroso, que acaso acarrea males mayores, pues los estragos para la economía provocados por la detención del aparato productivo y del libre comercio, sumado al cansancio y el hastío de la población que lleva cien días de limitaciones, cumplidos con mayor o menor rigor, en ciudades sin comercios ni diversiones empieza a hartar a la mayoría.

Todo empezó cuando el mundo entero se detuvo de pronto, componiendo una dramática escena de la que formamos parte. En países como el nuestro, donde la actividad económica viene castigada por pésimos gobiernos que la dejaron endeuda, con alta inflación, caídas del consumo, creciente desocupación, desmantelamiento industrial, etcétera, con el avance del Covit-19, todo quedó expuesto a su máxima expresión. Se cerraron las fronteras, las escuelas quedaron desiertas y los hospitales, con carencia de insumos y limitación de camas para la internación en actitud alerta por la gente infectada; en fin, un panorama con similitudes fantásticas cercanas al Decamerón de Boccaccio, a La peste de Camus o a los relato de ciencia-ficción de Asimov o Bradbury.

No obstante las drásticas medidas precautorias de la cuarentena, aún con su contundente impulsividad, lograron en la primera etapa un significativo consenso de la gente, y eso alentó a nuestros gobernantes para seguir adelante o, mejor dicho, para volver atrás a la llamada “fase 1”, como se denomina en esta jerga al extremo cuidado sanitario. En torno a la expresión “aplanar la curva”, que se viene extendiendo desde marzo mes a mes, se ordenaron las conductas privadas y públicas. El Gobierno, como pudo, reforzó la infraestructura descuidada por años y la población, en buena parte asustada, acató a sus políticos, y hasta los distinguió con su reconocimiento.

Todo muy bien hasta entonces, pero las decisiones encerraban una contradicción insalvable y los remedios pueden peores que la enfermedad. Si bien limitar las salidas a la calle protegía a las personas, simultáneamente la vida de encierro provocaba malestares psicológicos tan delicados como la claustrofobia de los niños, y detener la producción y la venta en demasiados rubros, causaba estragos insostenibles en los comercios; sobre todo en un país que ya venía en caída libre y altísimos impuestos. A esto se sumó el promocionado antagonismo entre salud y economía que sacó a la luz de entrada la naturaleza del problema; hasta que estos términos se convirtieron en rótulos de posiciones políticas. Fue así que unos sostuvieron que la pretensión de los gobiernos de prolongar el confinamiento en nombre de la salud constituye una muestra de despotismo inaceptable para cualquier democracia. Otros replicaron que salvar vidas lo justifica todo. De allí, a discutir sobre libertad o dictadura hubo un pequeño límite. La política y la ciencia, el oportunismo y el rigor, el autoritarismo y la pluralidad se enfrentaron como los dioses imperantes de nuestro tiempo. Los sondeos de opinión, a pesar de esto, no alcanzan a reflejar el hartazgo general, que sí trasmiten las conversaciones y los reclamos, más o menos enfáticos de la gente.

Desde el principio, el Gobierno y sus asesores científicos miraron al exterior para tomar decisiones. Primero fueron España e Italia las sociedades testigo; se veían médicos eligiendo a quiénes salvar o dejar morir, paradigmas que marcaron el pulso de lo que había que hacer aquí para eludir la tragedia. Se mostraron países como los Estados Unidos y Brasil con particular patetismo, como ejemplos de lo que no nos debía suceder. Pero la peste es inmanejable y retrocede por algún tiempo o avanza súbitamente, y al no haber vacuna que la detenga modifica cualquier pronóstico de buena voluntad. Al mirar hacia estos países más desarrollados también vemos a sus dirigencias divididas bajo la presión de lunáticos presidentes; aunque prevalece la intención de dejar atrás las restricciones, desechando el riesgo de saturar los sistemas hospitalarios y dar un respiro a la economía. Así, la principal potencia del mundo mostró sus deficiencias estructurales, y su disenso político condujo a cierta falta de liderazgo donde debió intervenir la represión policial para contener la todavía existente segregación racial. Trump y Bolsonaro, dos personajes que parecen tales para cuales, energúmenos devenidos en presidentes, avergüenzan a propios y ajenos. Y más aún en circunstancias extremas.

Lo cierto es que la Argentina tuvo desde el comienzo uno de los mejores desempeños frente a la pandemia, lo que se constata en las estadísticas al ser reconocida a nivel internacional. Pero esto no alcanza, porque existen, además, factores internos que resultan difíciles de manejar y una desorganización que empieza a emerger en los momentos más álgidos. Que hay una precariedad hospitalaria que viene desde muy atrás, nadie lo desconoce; como tampoco que esto puede desembocar en un colapso si se suman casos como ha sucedido en Chile. El aumento incesante de muertes y contagios, y la desigualdad social y económica crecientes contribuyen a esta situación de manera alarmante. Esto ha hecho que el Presidente y los Gobernadores de ciudades y provincias hayan perdido consenso y piden ahora un esfuerzo agónico a la población, que ya los juzga con recelo.

Agreguemos que esta crucial situación no reducirá para nada la división existente entre los argentinos; sobre todo porque estos cien días han dejado huellas profundas y empiezan a manifestarse con el agobio natural de todo desgaste. El Gobierno de los Fernández tienen ante sí un dilema muy complejo: por un lado el confinamiento domiciliario debe concluir de una buena vez porque ya no resiste más la economía con una caída real del 26,4 por ciento, que nunca se registró en toda su historia y es una verdadera masacre. Cada día cierran más comercios y las pequeñas empresas están asfixiadas, con créditos de altas tasas y sin aliento de consumo para seguir funcionando.

Acaso la plaga se extienda por un tiempo indefinido y lleve al límite de sus responsabilidades a las insensibles corporaciones que manejan el país. Mientras tanto el poder judicial sigue de feria y los políticos discutiendo leyes por internet; eso sí, sin dejar ambos de seguir cobrando sueldos de privilegio de espaldas a una ciudadanía que se hunde en la desesperanza y el desconcierto. No son solidarios para nada y no han hecho como en otros países la donación de un porcentaje de sus ganancias para salvar vidas.

Tal vez se abra una piadosa etapa donde se frene la peste y concluyan las cuarentenas, que ya son centenas de días; pero quizá nunca concluya la incertidumbre y el repudio hacia esa dirigencia indolente. La política argentina, principal responsable de la caída sin fin no se hará cargo y es casi seguro que seguirá manteniendo sus prebendas. Para desencanto de todos, los Newton de la política a los que aspiraba Kant, cada día están más distantes y no dejan de sumarse puntos en su favor.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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