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TRIBUNA

Delia del Carril, artista entrañable

miércoles 08 de julio de 2020, 20:36h

Durante los años que viví en Chile, en épocas del gobierno socialista de la Unidad Popular, tuve la felicidad de conocer y tratar a Delia del Carril, esa aristocrática y ya legendaria artista que reinó en el corazón de Pablo Neruda en las décadas del 30, 40 y buena parte del 50. Fue su segunda esposa y se la conocía con el cariñoso apodo de “Hormiguita”, por ser pequeña y laboriosa. Algunos afirmaban que ella refinó al poeta, le dio mundo y contribuyó en mucho a que Pablo Neruda fuera el aedo que fue; o, mejor dicho, que sigue siendo. En especial para quienes lo admiramos, somos devotos de su inmortal poesía, y lo continuamos leyendo y añorando.

Delia del Carril era argentina de pura cepa. Nació en 1884, en la estancia familiar ubicada en Polvareda, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Su padre Víctor, era hijo de don Salvador María del Carril, ferviente unitario, enemigo del dictador Juan Manuel de Rosas, con una vasta y heroica carrera política; en tanto que su madre Julia Iraeta Iturriaga, era hija de un próspero comerciante vasco. De los trece hijos del matrimonio, Delia era la más talentosa, y también la más rebelde e independiente. Su infancia la pasó en esa estancia, ubicada en plena pampa, donde fue educada por institutrices inglesas, francesas y alemanas, de las que gustaba evocar anécdotas divertidas. Al ser elegido su padre como diputado, la familia debió mudarse a Buenos Aires, y Delia fue matriculada en un colegio de monjas italianas, muy abiertas a la discusión filosófica y a la curiosidad intelectual. “Eran increíbles las hermanitas, estaban fuera de todo código de rigidez católico -recordaba con una sonrisa-. Podíamos leer desde el Decamerón de Boccaccio hasta los poemas de Baudelaire”.

A partir de allí, empezaron los viajes a Europa de su aristocrática familia, que fueron cultivando a la inquieta Delia. Pero París fue el sitio apropiado para sus rebeldías. En contra de la voluntad de la familia, que pretendía que se graduara en la Sorbona, empezó a estudiar pintura y dibujo con el artista cubista Fernand Léger, “El primer maestro que me abrió los ojos”, recordaba; después con el pintor André Lhote, “un genio del color y la forma, que me ayudó, además, a integrarme al mundo intelectual francés”. No tardó demasiado, en conocer y estrechar las manos de Lenin y de León Trotsky, exiliados en la Ciudad Luz; tampoco en militar en el Partido Comunista parisino, al cual sus maestros de pintura pertenecían y cuyas ideologías eran cercanas a la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios de la que Delia del Carril empezó a formar parte.

Por aquellos días conoció al intelectual y empresario Adán Diehl, con el que se casó secretamente. Ambos viajaron a la región de Formentor, en Mallorca, con el propósito de fundar una comunidad de artistas, pero su esposo, una vez concluida las obras de construcción, se decidió por un casino, lo que provocó la ruptura del matrimonio. Tras la separación de Diehl, Delia se radicó en Madrid y empezó a estudiar en la Academia de San Fernando, donde formó parte de los grupos de artistas e intelectuales que ya frecuentaba su hermana mayor Adelina y su cuñado, el escritor Ricardo Güiraldes, autor de la famosa novela Don Segundo Sombra. Fue el afán de ayudar a sus amigos artistas, la mayoría pobres, lo que llevó al pintor Isaías Cabezón, a apodarla “Hormiguita”; esto, repetía “debido a la apasionada energía que empleaba para lograr sus propósitos”.

En 1934, en plena época republicana, nace la intensa relación con Pablo Neruda, que todavía estaba casado con la holandesa María Antonieta Hagenaar). Delia tenía en ese momento 50 años, le llevaba unos 20 a Pablo. Eran tiempos difíciles y riesgosos. Algunos aseguran que el encuentro con Neruda fue en un restaurante que frecuentaba el grupo de intelectuales y artistas de izquierda radicados en España de los que formaron parte César Vallejo y Raúl González Tuñón. Con los años, ni Delia ni Pablo le ponían demasiado empeño en recordar el sitio preciso donde se conocieron. “Pudo haber sido en la Cervecería de Correos, de la calle Alcalá”, me dijo vagamente ella. Neruda tampoco fue demasiado preciso. “Creo que aquello sucedió en un café de Gran Vía”, divagó sin dar ninguna precisión; sin embargo, según me contó Rafael Alberti, fue él quien los presentó en su terraza madrileña de la calle Marqués de Urquijo. Otros, como Vicente Aleixandre, los ubicaba viéndose por primera vez en la casa de Carlos Morla Lynch, un diplomático chileno, muy activo por esos años en Madrid, he íntimo de Neruda. Sea como fuere, lo cierto es que hay un año exacto: 1934; una ciudad: Madrid, y un hombre y una mujer que no se separaron desde aquel primer encuentro, hasta que se cruzó en camino del poeta Matilde Urrutia, su otra gran amada y tercera esposa.

En 1939, concluida la Guerra Civil española, el ex embajador republicano en Chile, Rodrigo Soriano, envió una carta al Gobierno preguntando si estaba dispuesto a conceder asilo a refugiados españoles que se encontraban en Francia viviendo en condiciones de hacinamiento y pobreza casi extrema. Ese comunicado fue el primer paso para abrir unas negociaciones que con la ayuda de Delia y Pablo hicieron posible la llegada al puerto de Valparaíso de 2.078 españoles, que viajaron a bordo del crucero Winnipeg. Ambos, se habían comprometido en esa empresa que comprendía el asilo de los españoles en estos países de Sudamérica. Antes de operar en Francia para hacer posible el proyecto, Delia y Pablo habían viajado a Buenos Aires, Rosario y Montevideo, ciudades en las que concitaron también la colaboración de los organismos solidarios argentinos y uruguayos, que participaron en el financiamiento de esta empresa humanitaria.

Cuando arribó el Winnipeg a Chile fue conmovedor. Un pueblo solidario por excelencia, los esperaba con autoridades del Gobierno, dirigentes políticos, sindicalistas, estudiantes, artistas e intelectuales, que entonaban canciones republicanas para recibirlos con los brazos abiertos. “Fue una de los hechos más emocionantes que viví en Hispanoamérica”, confesaba el artista plástico e ilustrador Mauricio Amster, uno de viajeros españoles que arribó en el Winnipeg. De este contingente, un grupo de ellos se quedó en Valparaíso, otro abordó el tren trasandino que cruzaba la cordillera directamente a la Argentina, y el grupo mayoritario viajó a Santiago, para radicarse allí, donde también se les tributó un cariñoso recibimiento incorporándolos a la vida nacional. Entre esos inmigrantes, es digno destacar, al reconocido pintor José Machado, hermano de los poetas Antonio y Manuel.

Poco después Delia y Pablo regresaron a Chile para quedarse ellos e iniciar otra vida. Tareas políticas, fiestas y reuniones, los tuvieron como punto de encuentro con las puertas siempre abiertas para sus amigos. “Si uno llegaba a Santiago podía contar con ‘Michoacán’, la casa de ‘Hormiga’ y Pablito para alojarse”, recordaba emocionado el trovador Atahualpa Yupanqui, que muchas veces había sido huésped de la pareja. Época gloriosa, por otro lado, en la que Neruda publica su formidable Canto General. “Fueron temporadas intensas para Pablo. Se levantaba temprano, escribía, tomaba su almuerzo y dormía su sagrada siesta -recordó Delia ante mí-. Yo le tipeaba los poemas, que releíamos por la tarde y, por la noche, nos visitaban amigos y camaradas. Por aquellos tiempos nuestra vida social y política era conjuntamente muy activa”. Vino luego la candidatura del poeta para el cargo de diputado y, no demasiado después, tras el ascenso a la presidencia de Gabriel González Videla, la traición, la persecución implacable y la obligatoria clandestinidad para salvar el pellejo. Casi en seguida, el exilio de Pablo y el posterior reencuentro de ambos en Italia.

Allí no fue todo color de rosa. La pareja se resquebrajó. Mi amigo, el escritor Luis María Anson me contó una historia que, quizá, no favorece demasiado a Pablo Neruda. Estando ambos en Roma, y él ya conviviendo a escondidas con Matilde Urrutia, quedaron en encontrarse con Delia en el puerto de Ostia para regresar a Chile. El barco para Barcelona partía a las 10 de la mañana. Pablo la había citado a ella a las 12. La pobre ‘Hormiga’ aguardó en vano la llegada de su marido; el poeta ya no estaba, había partido solo. Sin decir nada, con resignación, ella volvió a Chile. Allí se separaron para siempre en febrero de 1956.

El hecho tuvo cierto dramatismo. El pintor Nemesio Antúnez, que fue testigo, lo relataba así: “Era un día de mucho calor, estábamos en el jardín, Pablo quería que Delia aceptara seguir siendo su mujer y que Matilde Urrutia quedara como su “querida”. Algo que “Hormiguita” no aceptó. Discutieron. Varios amigos estábamos con ellos, tratando de interceder. Ella se fue ese mismo día; tenía en ese momento 70 años. Se sabía que el poeta tenía una amante desde hacía tiempo. Los malabares para ocultarse tuvieron una grieta insuperable. Cuando ella supo del engaño, no quiso verlo más. Pero, tampoco, nunca habló mal de Pablo, ni dio pormenores de su separación, ni permitió que otros lo hicieran. Sobrevivió veintinueve años al poeta. Más que Matilde Urrutia”.

De las mujeres que tuvo Pablo Neruda, sin duda Delia del Carril fue muy importante, lo constituyó bastante como la celebridad que fue, lo convirtió al comunismo y lo presentó a muchísima gente. “Eran años muy buenos para la ‘Hormiga’ -recordaba Volodía Teitelboim, el principal biógrafo de Neruda-. La herencia familiar, que se repartió por esos años, la convirtió en una mujer muy rica. Ella ayudó económicamente al Partido, compró la casa de La Reina, a la vez que financiaba la vida de Pablo, sus viajes y hasta sus excentricidades. La ‘Hormiga’ enamorada del enorme artista que era Neruda, ocupó siempre un humilde segundo plano; fue una mujer con gran sensibilidad y una enorme capacidad intelectual como para poder apreciar a Pablo en toda su dimensión y tolerarle muchas cosas”.

Yo tuve la posibilidad de estar con mucha gente que la conoció y la felicidad de frecuentarla en su casa de “Los Guindos”, en la comuna de La Reina. Todos la respetaban, era una mujer muy querida. Por amigos comunes, supe que terminó en la pobreza, muy longeva, mantenida y ayudada por las amistades que tenían conciencia de lo que había sido y que la respetaban como mujer y artista. La última vez que yo estuve en esa casa fue cuando unos investigadores cavaron en el jardín para buscar un cofre que, según afirmaban, habían enterrado Pablo y sus amigos con mensajes para el futuro. No se encontró nada, quizá era una fábula. El poeta era propenso a crear tales ilusiones. Me entristeció mucho encontrar la residencia de “Michoacán” bastante deteriorada. Su moradora ya no estaba, pero su alma sí.

La entrañable “Hormiguita” murió el 13 de agosto de 1989, en esa casa de Los Guindos. La misma residencia en la que vivieron con Neruda. Tenía 104 años cuando se sumó a los más. No hace mucho pasé por “Michoacán”, que ahora es un museo y sigue soportando el paso del tiempo.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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