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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

El Sultán Qabús: Último Déspota ilustrado

Juan Manuel Uruburu
jueves 16 de julio de 2020, 20:24h

Tradicionalmente, se enseñaba en los colegios y facultades que el devenir político de los países modernos sufrió a finales del siglo XVIII una profunda transformación tras las revoluciones francesa y norteamericana. Estos acontecimientos instauraron nuevas formas de gobernar, basadas en las ideas de la democracia representativa y en la división de poderes en la mayoría de los Estados desarrollados. El choque político que produjeron estos procesos llevó a la creación de una literatura revolucionaria en la que autores como Tocqueville empezaron a hablar de un “Antiguo Régimen”, para definir todo sistema de gobierno prerrevolucionario y un “Nuevo Régimen”. Realmente esta terminología, como tantas otras, no supone más que una simplificación de complejos procesos de transformación en las formas de gobierno de los Estados contemporáneos.

Como toda simplificación, puede resultar válida para sintetizar ideas y transmitirlas a un público amplio en breves palabras, pero conlleva el peligro de dejar muchos cabos sueltos, y es que la historia política y social, al final, no es más que una compleja dialéctica entre ruptura y continuidad. Realmente, no podemos decir que de un día para otro, el mundo pasó de ser gobernado por monarquías medievales a organizarse en torno a sistemas democráticos consolidados. El proceso fue lento y hubo fases intermedias. Una de estas fases fue la representada por el llamado “despotismo ilustrado”, una forma modernizada del viejo absolutismo, en la que monarcas como Federico II de Prusia, Luís XIV de Francia o Carlos III de España trataron de gobernar sus países conforme a las ideas de la Ilustración. De este modo adoptaron una postura paternalista en sus mandatos, contribuyendo notablemente al enriquecimiento de la cultura y de las artes. Ya han pasado dos siglos de aquello y, sin embargo, parece que estas formas de gobierno están aún presentes en otras regiones del planeta, como el Mundo Árabe, donde la evolución política ha seguido ritmos y caminos diferentes a los de Occidente. Por ello, creo que podríamos considerar, quizá de modo un tanto literario, al recientemente fallecido Sultán del lejano Omán, Qabús bin Sa´id, como el último déspota ilustrado.

Puede que, así de primeras, no les diga mucho este nombre pero créanme si les digo que se trataba de uno de los mandatarios más peculiares que ha conocido el Mundo Árabe contemporáneo. No era guapo ni carismático, como Nasser. Tampoco era extravagante y mediático como Gaddafi, ni omnipresente como el anterior Rey de Marruecos, Hassan II. Realmente el Sultán de Omán respondía a un arquetipo totalmente opuesto al de estos grandes “dinosaurios” de la política árabe. Se trataba de un señor más bien bajito, de carácter tímido, modales dulces y que solía hablar con voz de susurro. Sin embargo, se puede decir que, a lo largo de los casi cincuenta años en los que desempeñó la Jefatura del sultanato omaní, supo ganarse el corazón de la mayoría de sus súbditos, así como el respeto de sus poderosos vecinos del Golfo Pérsico y de las grandes potencias mundiales.

Realmente, entró como un patito feo en la política. Su padre, el Sultán Said bin Taymur, gobernaba el país con mano de hierro desde 1932, con el apoyo británico y la obsesión de la estabilidad financiera. Esto le llevó a paralizar cualquier inversión pública durante casi cuatro décadas, lo que unido a su fuerte rigorismo religioso y su manía persecutoria, llevaría al país, a finales de los sesenta a una situación imposible, casi sin escuelas, carreteras u hospitales, y donde casi todo estaba prohibido, desde fumar hasta llevar gafas de sol o jugar al futbol.

Mientras tanto, su hijo Qabús, que en 1964 había vuelto de estudiar en una academia militar en Gran Bretaña, vagaba sin pena ni gloria por el Palacio Real. Confinado intramuros por orden real, apenas mantenía relación con su severo padre. Una vez que algunas tribus se alzaron en armas contra el poder real, Gran Bretaña, preocupada de que la situación pusiera en peligro su influencia en el país decidió apoyar un Golpe de Estado encabezado por el joven Qabús.

A pesar de su educación británica, no se puede decir que el Sultán Qabús fuera un demócrata convencido. En una entrevista concedida poco después de acceder al poder declaraba: “Soy un hombre con un pie en mi país, con sus costumbres tribales y su vida dominada por el Islam, y el otro en el siglo XX, debo ser muy cuidadoso en mantener el equilibrio (…). Sería un error, un gran error. La mayoría de la gente ni siquiera sabe qué es un voto. En estas condiciones, redactar una constitución, establecer un parlamento, sería como construir una gran cúpula sin muros ni cimientos. Quizás pueda dar una buena impresión al mundo exterior, pero no sería más que un gran espectáculo. Mira cómo vota la gente en Egipto. Son conducidos a las urnas en camiones del ejército. Si hubiera un parlamento ahora, tendría que elegir a sus miembros entre los jeques y algunos otros”. Más claro, agua.

Así, a diferencia de otros líderes árabes, no usó su poder absoluto y las rentas del petróleo para blindar con dólares a una élite de secuaces no para enfrascarse en guerras absurdas. En su lugar supo canalizar las inversiones del Estado hacia los sectores estratégicos para construir un país moderno, la vivienda, la sanidad y la educación. Promovió el retorno de los jóvenes exiliados que se habían formado en el exterior y consiguió crear una clase de tecnócratas que habían de conducir al país en un viaje acelerado desde la Edad Media hasta la modernidad. El Sultán Qabús fue consciente de que en el Golfo Pérsico uno no puede mirar solo a su propio ombligo. Así, en el plano regional supo establecer buenas relaciones con agentes antagónicos. Supo entenderse con el poderoso vecino saudí pero sin aceptar sus dictados, como lo muestra su abstención ante la loca aventura yemení. Al mismo tiempo mantuvo relaciones cordiales con el “ogro” iraní, al margen de sus vecinos del Consejo de Cooperación del Golfo. A cambio mantuvo discretas relaciones con Israel, recibiendo incluso a una delegación oficial de aquel país, sin romper el consenso de la Liga Árabe sobre este tema, lo que le facilitó el, siempre necesario, abrazo de Washington en momentos de máxima tensión regional.

Igualmente, a diferencia de otros líderes de la región, el Sultán Qabús fue un dirigente sensible, convencido de la importancia de la educación artística en el desarrollo de eso que conocemos como “identidad nacional”. Al contrario que su padre, Qabús promovió un verdadero renacimiento cultural, con el desarrollo de las artes tradicionales omaníes, y prestando especial interés en la música. Algunos ven en esta faceta una relación directa por la pasión que el Sultán tenía por tocar el laúd árabe y por su extenso conocimiento de la música clásica occidental. Fruto de esta vena artística fue la creación de instituciones culturales importantes en el Omán contemporáneo como el Centro Omaní para la Música Tradicional, la Real Casa de la Ópera o la Real Orquesta Sinfónica de Omán, donde el público omaní puede deleitarse con algunos de los mejores ejemplos del arte musical árabe y occidental. De hecho, el gusto del público omaní por la música se puede ver hoy día en su televisión pública. A diferencia de la mayoría de los canales del Golfo Pérsico, centrados en programas religiosos y en noticias trágicas sobre los conflictos regionales, la televisión de este país incluye una rica programación musical que suele alegrar mis tardes cuando “zapeo” a través de la antena parabólica. A cambio de esta promoción, el Sultán consiguió la mejor de las propagandas. Nunca tuvo que recurrir a mítines ni a discursos, que detestaba. Eran los grandes músicos del país los que en sus letras ensalzaban la figura del Sultán como guía y protector de la patria.

La vida personal de Qabús era reservada, como su carácter. Sabemos que permaneció soltero durante toda su vida. ¿Quién sabe la razón? Quizás quiso evitar la humillación que le infringieron a su padre cuando las demás monarquías del Golfo le negaron el matrimonio con alguna de sus hijas por tener ”sangre negra” en sus venas, según los informes de inteligencia británicos. Lo cierto es que prefirió vivir solo y de manera discreta. Es fácil imaginar en la intimidad de las noches de palacio al último déspota ilustrado iluminando su camino con el dulce sonido del laúd. ¿Acaso no decían que la política es un arte?

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