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TRIBUNA

La Argentina, un país donde el hambre no es una metáfora

viernes 17 de julio de 2020, 20:26h

Cuando los políticos argentinos hablan de fuga de capitales, deberían hablar de defensa de la pobre gente contra el robo legalizado de los buitres de adentro y de afuera. El ciudadano honesto, que todos los días trabaja y produce, y es ajeno a estas prácticas financieras, está harto e indefenso ante el robo que se le hace en nombre de la solidaridad social (bonita frase que implica: les saco un poquito a cada uno mientras yo con mis arcas repletas no colaboro con un centavo). De manera que, además, con este tipo de robo legalizado hasta se pueden estimular artificialmente ciertas formas de consumo en el corto plazo. Pero como se roba a mansalva y en complicidad, los alcances pueden ser por inseguro. Cuando se acabe el botín de lo robado para consumir sin producir, habrá que salir a buscar otro botín. Y cabe la pregunta: ¿cuál si ya medio país está esquilmado?

La pura verdad es que la Argentina está agotada, fundida y al borde del colapso. La deuda externa es impagable y no hay acuerdo que la arregle; y, ni qué decir, hastiada de estos robos legalizados donde cada vez quedan menos botines para robar. Pero todavía los hay y los caranchos merodean sobre sus presas. “A río revuelto ganancia de pescadores”, dice el consabido refrán. Y los piratas del mercado financiero especulativo, siempre al acecho del cardumen, tienen bien tiradas sus redes. En lo inmediato emitir moneda es el único programa económico que exhibe un gobierno abúlico, parapetado en la cuarentena; procedimiento que, como un manotón de ahogado, sólo financia un reducido consumo artificial.

La moneda hoy no cae en su demanda porque la gente, al estar encerradas en sus casas, casi no puede salir a comprar. En otro río de pescadores tramposos hay un aumento de la demanda forzada de moneda para sostener esta ecuación, que sumada al corralito bancario y a la captura de dólares es otra excusa para las restricciones burocráticas establecidas para retirar dinero por la ventanilla de los bancos; pero, en cuanto se levante la restricción, si se sigue emitiendo al ritmo en que se lo hace: con un 75 por ciento de aumento de la base monetaria, la demanda de moneda se va a desplomar y los precios se van a disparar por las nubes, porque a no dudarlo la reacción de la demanda de la oferta de bienes será inmediata y su cobertura insuficiente.

Esto hace que apoyar a un Gobierno cuyo único logro es la tan odiada como mal llamada cuarentena, se vuelva casi imposible. Sin embargo, la ineficiencia parece ser siempre un preámbulo para exhibir una volátil soberbia. Por otro lado, el juego de birlibirloque con la oposición es una mediocre coartada que no sirve ni a los unos ni a los otros; en especial si tenemos en cuenta que el único logro fue el retorno de los derrotados, que ahora son críticos y exhiben sus flaquezas auspiciando una grieta que no beneficia a nadie. Los vencedores parecían haber aprendido, pero todo ha terminado siendo solo una simulación de mal gusto. Estos opositores de pacotilla son a su vez inmodificables y en la mayoría de ellos ni siquiera sirvió de escarmiento la derrota en las últimas elecciones. Parecen mirar para otro lado sin tener en cuenta que los cuatro años de gobierno fueron un desastre desde todo punto de vista.

A todo esto los empresarios se niegan a hablar de la concentración económica, como si existiera algún remedio para la injusticia social, sin abordar este tema (me refiero, por supuesto, a los poderosos empresarios monopólicos; no a las maltrechas Pymes que deben cerrar o endeudarse hasta la coronilla para sobrevivir). Ninguno de estos grandes capitalistas especuladores se animan a asumir que si los ricos son pocos y desmesuradamente ávidos, los pobres son muchos más con una economía en negro, que los multiplica sumidos ahora en la miseria. De manera que negar la relación entre concentración de la riqueza y multiplicación de la pobreza es una canallada de personajes cuya única ideología es la codicia devenida en perversión. Una mirada a los barrios marginales puede ser tan atroz como mirar cara a cara al doctor Frankenstein. Demasiados años de decadencia se cargan el haber de la democracia.

Que el capitalismo es necesario es un hecho. No hay otro sistema; sobre todo después del fracaso del marxismo. Pero, tampoco nadie duda que hoy su enfermedad es inherente a su mismo desarrollo, basado en la concentración de la riqueza y, en especial, a la preponderancia del comercio especulativo sobre la industria; o sea del intermediario financiero por encima del productor. Sumando a esto la multiplicación del dinero por el dinero mismo; esto es del avance indiscriminado de los impúdicos mercaderes, entre los que se encuentran los grupos agroexportadores, que gozan de todo tipo de privilegios para el manejo de los dólares que obtienen en el exterior. Mientras tanto, como un globo de ensayo, el Gobierno juega a la expropiación de una empresa fundida, que opera mínimamente en el mercado. No descubrimos nada nuevo, por supuesto, solo que casi todas estas enojosas cuestiones las sufrimos en carne propia. Marchas y contramarchas que atrasan más de lo se está. Demasiados años de concentración y extranjerización de las economías regionales siguen avanzando por otro camino; vale decir, el idéntico tiempo que nos ha llevado a dejar de ser patria para sumirnos en el odioso, pero siempre presente anacrónico sistema colonia.

Sí, somos colonia, qué duda cabe, ya que los dólares que se generan aquí, son llevados afuera para acrecentar las arcas de los banqueros y especuladores nativos y foráneos. El dinero fuerte que se produce aquí y que se gana aquí se lo llevan afuera, y aquí dejan los vueltos, o los centavos; los míseros bocados para distribuirnos. La experiencia es añeja. La mayoría de los Gobiernos, con planes económicos a gusto de los grandes capitales, convierten sus ganancias de pesos a dólares. Siempre el mismo juego macabro: vendemos patrimonio y debemos más que antes a los inescrupulosos buitres internacionales.

En el puntual caso de la espantosa pandemia que nos toca vivir. El argumento es que como hay capacidad ociosa que las empresas no utilizan, la emisión monetaria no causará inflación porque, ante la mayor demanda las empresas no subirán los precios sino que responderán con un incremento de la oferta. Supuesto demasiado fuerte, sin considerar, claro, qué puede pasar con la demanda de moneda, en particular en un país como la Argentina que carece de una moneda en el estricto y cabal sentido de la palabra.

Por otro lado, los impresentables políticos, asociados con los codiciosos empresarios, amontonan empleados en el Estado (una reciente investigación ha descubierto que la Biblioteca del Congreso de la Nación tiene más empleados que la de España y la de Washington juntas) y también ineficiencia en las empresas públicas, no sea que se agoten las razones para aparezca otra propuesta de privatizarlas. Y una parte de la izquierda, para no quedar afuera del error, para no asumir la realidad, se la agarra con el sector agropecuario, lo poco nacional y productivo que nos queda que, comparado con las privatizadas -o mejor dicho regaladas a manos extrañas- son lo más respetable. Sin duda que el Estado debería prohibir por diez años todo nuevo nombramiento, asignando a los distintos funcionarios un cupo de colaboradores que ingresen y se retiren con su gestión. Una sociedad sin dónde invertir ni dónde financiarse forma parte de un camino del infierno, que aunque empedrado de diamantes, conduce a la inapelable destrucción.

Y los que se quedaron con todo insisten todavía en pedir una baja de impuestos y eliminar las leyes laborales. Por cierto, hay que bajar los impuestos, pero los financieros, los que llevan a los bancos a cobrar desmesurados intereses a los que están usando en estos momentos patéticos sus tarjetas de crédito para financiar alimentos o pagar deuda. Demás está decir que estos sectores nunca invirtieron en nada, sobran la mitad de los deudores y a los picaros parece que todavía no les alcanza para seguirlos esquilmando.

La política, ya se sabe, es un horror en la Argentina y el actual Gobierno no logra despegarse de la dirigencia existente y, lo más grave, es que forma parte de ella; de una mediocridad donde se impuso el imperio del lugar común, del funcionario enriquecido, de aquellos a los que no les molesta que los denuncien. El reciente crimen de un funcionario de segunda clase ha desnudado la acumulación de riquezas que se acrecientan mediante la corrupción. Este caso conviene dejarlo allí porque hasta la corporación judicial lo esquiva. El robo de los que están más arriba es mejor no descubrirlo porque toda la estantería política se vendría abajo. Sobrevivimos como pueblo y nos parasitan explotando esencialmente lo que construyeron nuestros mayores y lo que la naturaleza nos brindó generosamente.

A partir de este capitalismo usurpado, de esta riqueza que nos escamotean, hasta salen a buscar las migajas de lo que nos puede dar alguna ganancia para repartir, y se lo agencian en pocas manos. La pandemia sigue desnudando lo que al parecer es irreversible, masacrando a pequeños comerciantes, cadenas de farmacias, de bares y restaurantes, de teatros y centros culturales, destruyendo a modestos asalariados y profesionales.

Por desgracia, allá lejos y hace tiempo, en la Argentina fuimos patria. El gobierno anterior fue ideológicamente colonial; el actual, hasta el momento, no muestra un cambio de rumbo demasiado eficaz, sigue el camino de los Kirchner, sinuoso, con algunos aportes y bastantes entregas. Complicado de entender por todos los contados. En otro contexto de sensibilidad social son mejores que Macri, pero eso no significa demasiado. Convocan a una ciudadanía para generar una imagen que lejos está de su verdadero contenido. Los derechos humanos no pueden ocupar el lugar de suplentes del sentimiento patriótico, menos aun cuando se asienta en sectores de clase alta y no en los auténticos necesitados.

El país, mientras tanto, sigue dividido en corporaciones que tramitan para ellas mismas y en complicidad con las afines. Llámense políticas, gremiales, judiciales o empresariales. En el contexto no se salva nadie, o muy pocos, quizá contados en los dedos de una mano. Es más, en el suburbio cerrado de la complicidad, el prestigio se mide solo en millones de dólares, el resto son detalles en el olvido de la tiempos modernos. Lo cierto es que la Argentina cada día se derrumba más. La caída parece ser libre. Nadie la detiene. Y aún lo más terrible es que el hambre ha dejado de ser una metáfora y con la peste avanza a pasos agigantados.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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