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AL PASO

Años oscuros (Urte ilunak)

Juan José Solozábal
martes 21 de julio de 2020, 20:15h

No había estado tanto tiempo lejos del País Vasco como forzosamente ha ocurrido esta vez por razones que están en la mente de todos. Había pensado sustituir la presencia física por la lectura: y tenía dispuestos unos libros a tal efecto: la guía de Patxo Unzueta sobre Bilbao, que es una confesión explícita de lealtad unamuniana del autor; y tres obras sobre San Sebastian, otra vez la guía respectiva de Fernando Savater, una evocación de tiempos y tipos donostiarras de Dunixi ( Dionisio de Azkue Mi pueblo ayer, primera edición de 1932) y un libro que trata de seguir los lugares donostiarras preferidos por los que transcurre la vida de Martín Santos (Javier Mina, De paseo por el San Sebastián de Luis Martin Santos, 2015). Creo que no se puede pensar en una introducción mejor al País, a la que pueden añadir si quieren el volumen del País Vasco de Pio Baroja (Guías Destino, cuarta edición 1972), que es un libro con un album fotográfico espléndido que debí comprar, supongo, en una de mis escapadas a la librería de viejo Manterola, donde me aprovisionaba durante años de los libros de José de Arteche, cada vez que visitaba San Sebastián.

Sin embargo no voy a seguir el plan previsto y dedicaré la columna a comentar una película que he visto casi por casualidad en el programa de la 2 de TVE de cine español, de la que carecía de noticia alguna y que me ha seducido como pocas veces me había sucedido. Me refiero a Años oscuros (Urte ilunak) una cinta de Arantxa Lazkano de 1992, directora guipuzcoana que solo ha dirigido un corto anterior y que ha construido un relato de una sensibilidad, hondura e inteligencia admirables. La película cuenta la infancia de una niña (Iciar, de la que hace una gran interpretación Eider Amilibia) que vive en un pueblo de la costa guipuzcoana algunos años después de la guerra civil, a través de episodios bien convencionales: los juegos con compañeras, más que compañeros, la llegada de un nuevo hermanito a la familia, el colegio religioso al que asiste, el choque con el padre autoritario y lejano, el cine que proyectan en la sala, seguramente, parroquial, el primer muerto que ve y cuya imagen queda indeleble en la retina, después el abandono del pueblo para proseguir los estudios en Castilla; finalmente la vuelta a casa: el reencuentro con un muchacho recuperado de la niñez, el baile de enamoramiento en la plaza que el espectador, por poco que conozca Guipúzcoa identifica inmediatamente, el primer beso.

Creo que el mejor mérito de la película es la capacidad de la directora para reconstruir la esfera intimista de la niña protagonista: un criatura introvertida y delicada, que guarda en su cabeza el mundo, a la vez próximo y ajeno, unas veces acogedor y otras hostil, con que se encuentra. Como sabe quien haya visto el film, pocas películas españolas (el Espíritu de la colmena, de Victor Erice, también Tasio de Montxo Armendariz, acuden a nuestra mente inmediatamente…) han evocado con tanto acierto la, por definición, infancia indescifrable.

Sin embargo es claro que el interés de la película reside en otros dos planos, que se superponen o, mejor, se solapan con su dimensión intimista. El marco ambiental de la película ilustra sobre un mundo cultural y social que es fascinante. El universo que refleja la película es el propio de una población vasca que no es el de las capitales ni tampoco el rural del interior: vemos como era la Zumaya de los años cincuenta del pasado siglo que va a conocer cierto despegue industrial, con fuertes lazos de solidaridad comunitarista todavía, junto a un importante protagonismo de la Iglesia, y la pervivencia de prácticas sociales inveteradas, por ejemplo en el momento del nacimiento y de la muerte (celebración de bautizos y visita de los vecinos al domicilio mortuorio). Llama la atención el bando municipal que proclama la obligación de los zumaiarras de adornar con crespones negros los balcones tras la muerte del papa Pío XII. Las calles de la villa costera evocan mi recuerdo de las de Pasajes de San Pedro, estrechas y con casas y muros de piedra en bastantes trechos, en este caso. Arantxa Lazkano, por cierto, no puede evitar la fascinación, bien comprensible, por Pasajes: la última escena del baile en la plaza está rodada con toda belleza en Pasajes de San Juan. El contexto social queda reflejado con gran naturalidad y objetividad por Lazkano: se trata de un mundo bilingüe (el euskera y el castellano se utilizan asimismo de consuno en la película) y la incorporación de la emigración en el país se constata también sin problema. Una preciosa niña extremeña se hace hermana de sangre de la protagonista en una ceremonia divertida y enternecedora.

Una observación referente al testimonio que se ofrece sobre la valoración del euskera en el colegio privado religioso y que en modo alguno pongo en cuestión. Solo me limito a ofrecer el mío: jamás en mi colegio de los jesuitas de San Sebastian, en un tiempo paralelo al de la película, oí juicio despectivo sobre el euskera y mucho menos conocí práctica alguna de castigo contra quienes pudieran utilizarlo. Por el contrario, todos sabíamos de la dedicación de uno de los miembros del claustro (el Padre Antonio Zavala) que se dedicaba, creo que de manera exclusiva, a recopilar Kopla zaharrak, versos viejos, del ámbito rural guipuzcoano.

Naturalmente la película es incomprensible sin referirse al mundo político que enmarca la trama personal y social relatadas, que es el propio de la dictadura franquista, que establece un límite cuyo traspaso tiene consecuencias temibles, sea la cárcel personal o el silencio enervante para la identidad colectiva perseguida. “Nos matarán a todos” de seguir el ejemplo de dedicación política que había dado un militante nacionalista muerto en la cárcel, opone la madre de Iciar a su marido que lamenta no tener valor para imitar al patriota. Hay algunas muestras de las dificultades del activismo político en el tiempo oscuro que la película narra. Hablemos de la escena de comienzos de la película sobre la vida del partido en la clandestinidad o la escena ya casi al final de la película, cuando, en el año 1965, el Talgo llega a la estación de San Sebastián y una pareja de la Guardia Civil persigue fusil en mano a un joven que había arrojado sobre el andén unas hojas clandestinas al grito de Gora Eta.

Pero la directora es honesta reflejando la perplejidad de Iciar por lo que se refiere a su actitud política. Y no deja de ser significativa la denuncia del autoritarismo del padre, militante del PNV; y asimismo el silencio de Iciar ante la solicitud de adhesión militante de su enamorado, repitiendo como había hecho ante su padre cuando le conminaba a hablar solo en euskera: Zergatik. ¿Por qué?

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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