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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Palomas y palomeros en Irak

Juan Manuel Uruburu
jueves 23 de julio de 2020, 19:45h

Hoy día, no se puede decir que las palomas gocen de especial popularidad entre la mayoría de las personas con las que conviven. Aquí, en nuestras ciudades patrias, a pesar de su omnipresencia, estas pacíficas aves despiertan, de modo general, un abanico de sentimientos populares que oscila entre la indiferencia y la ligera hostilidad, aunque siempre hay excepciones, claro. Pero tampoco somos el ombligo del mundo. De hecho, las relaciones con los animales, sean salvajes o domesticados, varían notablemente en cada región del planeta. Así, en España las aves suelen pasar desapercibidas para los humanos y cuando reparamos en ellas suele ser con intenciones poco recomendables para el animalito de turno. Sin embargo, en todo Oriente Medio existe una verdadera pasión por la cría y exhibición de diversas aves, entre las que se encuentran las palomas. Esta afición por tan anónimo animalito se encuentra extendida por diferentes países de la región pero sin duda tiene su epicentro en Irak, y especialmente, en el sur del país. Allí se encuentra la región de Basora, dotada de un extenso pantanal que, antes de la extracción del petróleo, del crecimiento humano descontrolado y de las guerras absurdas, debía ser un paraíso para las palomas.

Por ello, no es de extrañar que fuera en aquellas marismas donde las primeras civilizaciones mesopotámicas, como la de los sumerios, comenzaran una relación especial entre hombre y paloma, que se ha mantenido durante los últimos siete mil años. Y es que la paloma, dejando cuestiones estéticas aparte, tiene una virtud especial, como es la de saber volver a su nido desde cualquier punto, por lejos que esté. Esta cualidad hizo de aquella ave un animal idóneo, no solo para transmitir mensajes, sino también para exhibiciones públicas en las que el público podía deleitarse con la belleza y rapidez de su vuelo, con la certeza de que siempre volvería a su dueño. Los árabes iraquíes heredaron esta afición y llegaron a convertir las exhibiciones de palomas en verdaderos acontecimientos sociales, como aquí sucede con los toros o, en otras latitudes, con las peleas de gallos.

De hecho, en torno a las palomas se fue estableciendo una verdadera casta social dedicada a su cría y entrenamiento, la de los palomeros o matiaryi, en dialecto iraquí. La traducción literal de este término es compleja, y que significa algo así como el “apajarado” pero con cierta connotación despectiva. ¿Y porqué incluye esta carga despectiva? Pues bien, tal y como sucede en muchas de las artes del espectáculo, como el circo o el flamenco, las relaciones con el público cambian e incluso se pueden complicar fuera de los escenarios. Los matiaryi de Irak establecieron tradicionalmente sus talleres de cría y entrenamiento de palomas en un espacio muy particular de la ciudad árabe, como son las azoteas. Allí, en medio de las urbes, pero lejos de las miradas callejeras, pudieron instalar sus torretas de madera y rejilla en las que crían a sus retoños alados hasta la actualidad. Y claro, aquí es donde empiezan los problemas. Si para los palomeros, la azotea es el lugar perfecto para ejercer tan peculiar actividad lo más cerca posible de su casa, para los vecinos el panorama no resulta en absoluto interesante.

Es fácil imaginar la preocupación e indignación en muchos bloques de viviendas cuando ven que el vecino del ático construye una rudimentaria jaula en la que cría decenas y decenas de lindas palomitas. Animales inocentes pero que tienen curiosas costumbre como es la de arrullar al unísono a ciertas horas del día, amén de realizar sus inevitables necesidades fisiológicas a pocos metros de las ventanas vecinas, en ciudades donde los cuarenta grados están a la orden del día. A esto se le unen otros factores como es el de la costumbre de entrenar el vuelo de las palomas lanzándolas pequeñas piedrecitas que suelen acabar cayendo en la calle. Si a esto añadimos que los palomeros iraquíes suelen resolver a bofetada limpia las disputas por la propiedad de aquellas palomas que, confundidas, acaban aterrizando en una jaula ajena, pues entenderemos que la mayoría de la población vea a esos matiaryi, con una mezcla de sentimientos entre la desconfianza y la hostilidad.

Tanto es así que, durante generaciones, los palomeros han constituido una verdadera casta social aparte. Tradicionalmente se casaban entre miembros de sus familias. Dicen los más viejos del lugar que durante los años cincuenta y sesenta ni siquiera era admitido el testimonio de un palomero ante los tribunales de justicia, por no ser considerados sujetos de confianza, a pesar de que esto no estuviera previsto en ninguna norma. El conflicto está servido. Los palomeros son ciertamente molestos pero los espectáculos de palomas son tan bonitos …..

Así pues, las autoridades nunca han sabido muy bien que decisión tomar a este respecto. Parece que apenas en los años ochenta, el gobierno de Saddam Hussein, tan adepto de la mano dura, se decidió a erradicar esta molesta actividad de los palomares urbanos. Quizá influyera el hecho de que el país se encontraba sumido en una larga y absurda guerra con el vecino Irán, unido a la ancestral capacidad de las palomas para portar mensajes atados a la patita. Esta política no pareció tener mucho éxito. Sin palomeros no hay palomas y sin ellas no hay espectáculo. Lo que sí tuvo éxito fue la destrucción del país y el brutal embargo internacional decretado tras la Guerra del Golfo de 1991. La imposibilidad de importar la mayoría de los productos veterinarios para la cría de palomas así como de exportar los mejores ejemplares a los adinerados aficionados del Golfo Pérsico supusieron un duro golpe para esta práctica ancestral durante los últimos años del siglo XX y principios del XXI. Años después, la cría de palomas también tuvo que padecer la brutalidad y los absurdos de la guerra con la implantación en buena parte del país del Daesh o Estado Islámico. Así, en 2015, el grupo fundamentalista, preocupado con que las palomitas pudieran desviar a la población de sus deberes religiosos, emitió una fetua en la que se prohibía terminantemente su cría bajo pena de flagelación pública. Ya se sabe, esta gente no se andaba con bromas a la hora de reprimir.

Afortunadamente terminó el embargo y el Daesh volvió a sus madrigueras. Paradójicamente, en los últimos años, la cría de palomas se ha convertido en una improvisada salida profesional para muchos iraquíes, entre ellos muchos veterinarios desempleados, que han llevado este noble oficio a un notable resurgimiento en el seno de una sociedad que lo que más necesita en este momento es divertirse y olvidar, aunque sea durante un ratito, los problemas cotidianos. Así la cría de palomas se ha profesionalizado y normalizado, abandonando el gueto social en la que se desarrollaba. Las exhibiciones proliferan por doquier y en el mercado de venta de palomas empiezan a verse cifras astronómicas por los mejores ejemplares.

¿Y las autoridades? Pues no solamente se olvidaron de las antiguas políticas represivas contra los palomeros sino que, en algunos casos, pasaron a unirse a la causa. Recientemente la prensa iraquí, con abundante dosis de sorna revelaba como en la segunda planta del Ministerio de Sanidad, en Bagdad, algunos funcionarios habían instalado un gran criadero de palomas, ante el estupor de las autoridades. Y es que la sociedad iraquí ya está cansada de represión y de tragedias. Al igual que sus palomas, también quiere volver a levantar el vuelo, lejos de los viejos caudillos, califas y salvapatrias munidos de kalashnikov y chequera indecente. ¿Será si lo consigue? Como dicen los árabes: In sha allah (ojalá).

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