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TRIBUNA

Para colmo ahora la peste

domingo 26 de julio de 2020, 20:53h

“Cosas vederes, amigo Sancho, que non crederes”, es una frase harto conocida que falsamente se atribuye a don Quijote y que casi se ha popularizado de manera irreverente. Negada por supuesto por serios investigadores y rigurosos cervantistas que no se cansan de difundir su origen. Tales palabras se remonta al Cantar de Mío Cid, cuando Rodrigo Díaz de Vivar le dice a Alfonso VI: “Muchos males han venido por los reyes que se ausentan”. Y el monarca contesta: “Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”. La expresión original era “cosas tenedes”, pero con el tiempo, como tantas cosas de esta vida, se distorsionó tanto la forma como su origen, llegando al actual “cosas veredes”; aunque más grave ha sido la difusión de su falsa procedencia. Pero, ¿qué significa realmente la expresión? ¿Qué se quiere transmitir con estas palabras que se siguen repitiendo? Sin duda la perplejidad o el desconcierto ante cosas que ocurren a nuestro alrededor, y por tanto, sería una expresión equivalente a lo que es necesario ver y nos cuesta trabajo creer. Aplicable a la insólita situación que vivimos.

Palabras más, palabras menos, suelen suceder estas cosas en el riquísimo -y a veces fabuloso y hasta confuso- mundo del arte de la literatura. Sobre todo en estas horas cuando la sanativa cultura se potencia como herramienta efectiva para fortalecer los espíritus debilitados por las obligatorias cuarentenas que nos imponen ciertos gobernantes y especialistas para conjurar la peste que ha invadido el planeta. ¿Qué sería de nosotros durante estos confinamientos domiciliarios sin libros ni cine por televisión, sin agobiantes informativos y, más aún, sin WhatsApp ni Facebook ni las tantísimas aplicaciones de nuestros celulares y computadoras, que hasta nos permiten ver en vivo y en directo algunos gratificantes espectáculos; es decir, sin toda la asistencia digital y visual que nos ofrecen las diversas formas de comunicaciones On-line a través de pantallas que incluso nos permiten vernos y sonreírnos tête à tête?

Si bien es cierto que este mundo cibernético que nos toca vivir (ahora con pandemia incluida) parece cada vez más un sitio donde ya no se gana ni para sustos; los otros pasados tiempos quizá tampoco fueron tan benignos, pero al menos no contagiaban pestes como la de ahora. Por suerte el arte, en todas sus manifestaciones, sigue siendo la forma esencial de la cultura y, felizmente, con modernos medios de comunicación, lo tenemos a nuestro alcance. Cosa que no pasaba cuando la peste negra asoló Europa en el siglo XIV y algunos escritores supieron transmutar creativamente el horror de su tiempo en obras que eran para muy pocos elegidos; aunque sin duda benignas. Sin embargo, sirvieron como fuente de inspiración a los artífices de cada época. Giovanni Boccaccio, por ejemplo, aprovechó la peste devastadora para incorporarla a su célebre Decamerón e imaginar una escena divertida en la que el protagonista y un amigo se refugian en una residencia de la montaña para estar alejados de tanto contagioso horror. Otro flagelo epidémico movió al inglés Daniel Defoe para escribir su Diario del año de la peste y, ya más cercanos a nuestro tiempo, en siglo XX a Albert Camus, para concebir su novela La peste. Tampoco la pintura dejó pasar por alto esta situación deleznable. Un creador como Alexandre Jean-Baptiste Hesse en el cuadro “Homenaje fúnebre a Tiziano”, tradujo en una célebre tela la muerte del pintor veneciano durante la peste de 1576. Don Francisco de Goya, por su parte, fijó conmovedoramente “El corral de los apestados”, donde muestra a los enfermos de un hospital durante una epidemia.

¿Qué dejara está calamidad ecuménica? ¿Pasará impunemente dejando solo rastros negativos en la economía global? ¿O brindará algo positivo al menos en el terreno del arte? Aún no lo sabemos. Al avasallante mundo de las estadísticas no se le ha ocurrido indagar en tales edificantes asuntos que, quizá por oposición, se ofrezcan en este sendero. Porque claro, ha tocado esta contingencia en el avasallante tiempo de la estadística y esto no sabemos si es tan bueno; tampoco si es tan malo. Aunque quizá sí demasiado útil para una amplia variedad de las hoy llamadas ciencias fácticas, que van desde la física hasta las ciencias sociales, desde las ciencias de la salud hasta el control de calidad. Además, el término se usa en áreas de negocios y, en especial, institucionalmente en ámbitos gubernamentales con el objetivo de describir el conjunto de datos obtenidos para la toma de decisiones, o bien para realizar generalizaciones, que casi para sirven, sobre las características observadas.

Hoy lo cierto es que el uso y el abuso de la estadística nos abruma, para qué negarlo, refiriendo el número de muertos y la cantidad de infectado; a la vez que para hacer pronósticos que para nada son efectivos. Sobre todo porque la vida agarra por el lado menos imaginable. La sociedad, a su vez, vive entre dos temores: el del contagio y la muerte o el del robo violento y la muerte. Cuesta aceptarlo, pero la muerte es ahora un vecino demasiado cercano.

Las autoridades de Cultura enfrentan también importantes desafíos en medio de esta pandemia. Los museos, las salas de teatro o el circuito social del arte han desaparecido frente a una imperiosa distancia social. Si la admonición de los epidemiólogos se cumpliera, como señalan las encuestas, no alcanzará esta vez con descubrir una vacuna. Cada tanto tiempo se necesitarán otras, para prevenir infecciones recurrentes cuyas causas no se afrontan. Es como si un túnel sin salida atrapara al mundo. La propuesta de las Naciones Unidas para encarar el problema parece limitada a la cuestión científica, acorde con la impotencia política de una organización que responde a meras encuestas. De lo que se trataría es de adoptar un enfoque integral, haciendo que expertos de diferentes áreas de la salud humana, la salud animal y el medioambiente trabajen juntos. El proyecto se llama “One Health”, que podría traducirse como “Una única salud”; algo muy distante por estas horas cruciales.

Otro reciente informe titulado “Previniendo la próxima pandemia: las zoonosis y cómo romper la cadena de transmisión”, contiene una advertencia: los sistemas sanitarios tratan los síntomas de la enfermedad en los individuos, pero no están atendiéndose las causas del mal, que si no se revirtieran, provocarán nuevas pandemias iguales o peores que el Covid 19. Así, ante un panorama tan desolador, las encuestas ofrecen dos respuestas anímicas habituales: el fatalismo o el voluntarismo. El fatalismo tiene extensa prosapia, que empalma con la idea de la decadencia de la raza humana, firmemente arraigada en la tradición intelectual desde remotos días de Schopenhauer y Nietzsche. Los voluntaristas, en tanto, menos filósofos que políticos, se flagelan, afirmando que jamás las cosas cambiarán y que todo marcha hacia la irreversible destrucción. A la preferencia por la moderación y al consenso implícito de los profesionales se contrapone una funesta anomia social que nos abarca implacable.

Desde cualquier ángulo las cosas no se ven claras; acaso porque tampoco lo está la confusión del poder. Es probable que la suerte esté echada desde el principio. La falta de una dirigencia preclara es lo que falta en el mundo; grandes potencias están a cargo de mediocre energúmenos que hacen a sus pueblos tambalear ante el abismo. Personas y organizaciones usan la estadística para entender datos y tomar decisiones en ciencias naturales y sociales, de medicina y negocios y otras determinadas áreas. Creo que nadie sabe hacia dónde vamos. Y esto es lo triste. El precipicio cada día se agranda más. Las estadistas deprimen y angustian. El único condimento para alentarnos no se ve en un horizonte deprimido y contradictorio. Los falsos gestores de la predicción hoy, terriblemente, nos presentan la muerte. Resulta una lástima que se necesite de una peste para mirarnos al espejo. Si no fuera por los medios digitales que promueven el entretenimiento y la expresión creativa, todo parece perdido.

“Muchos males han venido por los reyes que se ausentan. Cosas tenedes, nuestro mundo que farán fablar las piedras”. Que así no sea, aunque lo profetice el Mío Cid y no el Quijote.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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