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TRIBUNA

La poeta Blanca Luz Brum dice presente

domingo 02 de agosto de 2020, 19:07h

Que la igualdad entre la mujer y el hombre sea en nuestros días un hecho indiscutible es, sin duda y felizmente, uno de los grandes logros de nuestra sociedad contemporánea. En Hispanoamérica, la presencia de estas precursoras, que también se destacaron en el terreno de las artes y la literatura contó con arquetipos como Frida Kahlo, Gabriela Mistral, Magda Portal, Delia del Carril y Victoria Ocampo. Hubo muchísimas otras, por supuesto, pero mi intención es evocar a una poeta y activista social que brilló por su presencia y aún sigue envuelta en un halo de polémica y misterio. Tanto es así que a varios años de su muerte nos seguimos preguntando, ¿quién fue en verdad Blanca Luz Brum Elizalde? ¿Dónde ubicarla? ¿Fue un adalid, precursora del feminismo y podemos considerarla en ese contexto, o fue una enfática militante social, que ejerció el periodismo, escribió libros y pintó cuadros? Sin duda, es difícil encasillarla; aunque lo cierto es que esta mujer apasionada y de armas tomar no pasó inadvertida por este mundo, y sigue dando que hablar. Intentaremos una aproximación.

Era rioplatense. Nació en Pan de Azúcar, un pequeño pueblo de la República Oriental del Uruguay en 1905, y murió en Santiago de Chile en 1985. No dejó una obra que la represente y se la recuerda menos como artista que como singular protagonista de anécdotas relacionadas con la política y la cultura. Muy activa desde su juventud, Blanca Luz se casó a los 16 años con el poeta peruano Juan Parra del Riego, quien según cuentan la raptó del convento para unirse con ella.​ Viuda a los 20 años y con un hijo, desolada, aceptó la invitación de sus suegros, gente de muy buena posición económica en el Perú, para viajar a Lima y radicarse en esa ciudad. Ya era, por esa época, una militante política y no tardó en relacionarse con la poeta feminista Magda Portal, que la acercó a la tertulia de José Carlos Mariátegui para formar parte de su espacio político y, desde allí, colaborar en la célebre revista Amauta. Pero la intención de Blanca Luz era editar su propio medio e iniciar por su cuenta un movimiento emancipador de la mujer; para tales fines fundó la publicación Guerrilla, en la que fijaba una posición feminista, que también la llevó a encabezar paralelamente un movimiento poético de ruptura.

En 1928, después de un romance con César Miró Quesada, la oveja negra de la familia propietaria del diario El Comercio, regresó a la convulsionada Montevideo, experiencia que le resultó insoportable como lo dejó escrito en su libro Blanca Luz contra la corriente, publicado en la década del ‘30. “He nacido en esta ciudad sudamericana, he salido a cantar por todas las calles del universo, he llorado a gritos, he amado a gritos. He peleado y he regresado a esta ciudad donde todo sigue igual de mediocre, y me indigna”, escribió con vehemencia.

La situación política era complicada en todo el continente y Blanca Luz decidió regresar a Lima, donde fue detenida por activista. Durante esos días de prisión escribió el libro Penitenciaría-Niño Perdido, un compendio de cartas en los que reflejaba todo su drama mientras duró el duro encarcelamiento; texto que, por su valentía, atrajo la admiración de otros escritores. Una vez liberada, de paso por Chile y la Argentina, volvió a su país y empezó a publicar una sección semanal en el diario Justicia bajo el título de El arte por la revolución, que pregonaba el deseo de terminar con “el arte por el arte para ponerlo al servicio de su causa política con inclusión de la mujer”. Fue perseguida y se refugió en la amistad del escritor Eduardo Pombo, a quien consideraba una excepción en medio toda “una intelectualidad mojigata, burguesa y muy lejana a la actitud rupturista”, que ella postulaba. Ese mismo año colaboró en la organización del Congreso Latinoamericano de Sindicalistas, realizado en Montevideo.

Durante este encuentro llegó como invitado especial el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros. El amor fue fulminante y ella abandonó todo para seguirlo. Partieron hacia Nueva York, donde pasarían una larga temporada; llegados a México se casaron de inmediato. Allí, Blanca Luz trabó amistad con dos mujeres de marcada posición feminista: la pintora Frida Kahlo y la fotógrafa italiana Tina Modotti, siendo además celebrada por otros artistas y escritores de ese país, entre los que se contaba Diego Rivera. También frecuentó, durante esos años, a León Trotski, exiliado en México; al tiempo que colaboraba como investigadora y guionista con Sergei Eisenstein, el director de cine ruso, que se encontraba filmando Que Viva México.

Tras el atentado al presidente Pascual Ortiz Rubio, en 1930, Blanca Luz y Siqueiros debieron huir para refugiarse en Nicaragua. Allí, fueron ayudados por Augusto César Sandino, el líder independentista, que los escondió durante quince días en una mina de carbón. Pese al apoyo, ambos cayeron presos y fueron expatriados a México. Transcurridos seis meses de condena, le ofrecieron a Siqueiros cambiar la pena de cárcel por la de ostracismo. Blanca Luz y su hijo lo acompañaron. Se exilaron otra vez en los Estados Unidos; en esta oportunidad en Los Ángeles, donde Siqueiros pintó tres famosos murales. Durante ese tiempo, ella llevaba una agitada vida social y conoció a Charles Chaplin, a Marlene Dietrich y al playboy argentino “Macoco” de Álzaga Unzué, que deslumbrado por su belleza le propuso trabajar en Hollywood.

Por razones menos artísticas que políticas en 1932 la pareja regresó al Uruguay donde no fueron bien recibidos. Cruzaron el Río de la Plata para montar en Buenos Aires una exposición de Siqueiros que prometía ser monumental; a lo que se sumaba también la realización de un mural en la Plaza del Obelisco. Pero el gobierno, que presidía el general Agustín P. Justo, no permitió que se concretaran estos proyectos. La Argentina vivía por esa época la llamada “Década infame”.

Eran años en los que a pesar de ciertas restricciones se podían realizar algunos espectáculos artísticos. En 1933 llegó a Buenos Aires para participar del éxito de su obra “Bodas de sangre”, el poeta Federico García Lorca, con el que Blanca Luz y David coincidieron en diversas reuniones; a la vez que entablaron con él una sólida amistad. La pareja era además recibida por Victoria Ocampo, Oliverio Girondo y la Asociación Amigos del Arte, que presidía la señora Elena Sansinena de Elizalde, emparentada con Blanca Luz. Pero, no obstante el firme apoyo de estos amigos, se frustró la exposición y la pintura del mural. Los recursos económicos empezaron a escasear y el matrimonio necesitaba dinero para seguir viviendo. En estas circunstancias lo conocen a Natalio Botana, el poderoso director del diario Crítica, que invita a Siqueiros a pintar un mural muy bien pagado en el sótano de su residencia, sitio que, al parecer, hacía las veces de disimulado garito, y era utilizado como sala para jugar a los naipes.

Botana era un hombre de criterio amplio y mundano que gustaba apoyarse en artistas de cualquier color político (desde Borges y Petit de Murat, que colaboran en el suplemento cultural de su diario, hasta militantes de izquierda, como los hermanos González Tuñón). Frecuentemente, para celebrar a pintores y escritores, Botana organizaba fiestas memorables en su casa de campo, como la que registra Pablo Neruda en sus memorias. El poeta chileno describe como “aventura erótica cósmica”, una circunstancia que le tocó protagonizar durante una de estas cenas. Allí, en una torre de la residencia, tiene relaciones supuestamente con Blanca Luz, aunque no da su nombre, y ella lo desmiente en forma categórica atribuyéndolo como una loca invención de Neruda. “Pablito era muy propenso a imaginar esos éxitos sexuales y con descaro me tomó a mí como presa de sus cacerías”, me aseguró con cierta amable indignación.

En esta circunstancia, cuenta Neruda que García Lorca es enviado por él para que no deje subir a nadie a la torre y el andaluz, en su premura, sufre una caída por las escaleras que, por suerte, no pasó a mayores. Tal vez con Pablo no ocurrió nada; aunque lo cierto es que Blanca Luz, quizá harta de privaciones, terminó aceptando los cariñosos embates del magnate periodístico y se convirtió en su amante, mientras su marido continuaba con la pintura del mural en el sótano de la residencia. Cuando David Alfaro Siqueiros se enteró del engaño, me contó el pintor Antonio Berni, que colaboró en esa obra, se desesperó y decidió marcharse junto a su mujer; pero su participación en una huelga con la que se solidarizó, hizo que se complicara todo. Fue detenido y deportado, y se embarcó solo hacia Nueva York. Eso sí, con la esperanza de que ella llegara lo antes posible; pero Blanca Luz, que duerme con él la noche previa a su partida, permanecerá cerca de Botana, el hombre que le daba seguridad económica; no por mucho tiempo, claro. Pues como sucede en la mayoría de estos amores fugaces, ella termina rompiendo con el empresario y se traslada a Chile, donde tiene otros romances. Uno con el poeta Vicente Huidobro, que la aloja en su casa y, el más firme, con el político radical Jorge Béeche, que además es ingeniero en minas, con quien se casa en secreto. Ambos fijan su residencia en el norte chileno. De esta relación nace su hija María Eugenia y este alumbramiento, como lo deja escrito, la llena de felicidad.

Pero Blanca Luz era una mujer de acción. Más que nunca el inmovilismo la desesperaba, sobre todo viviendo en el desierto. Crecida su hija, empezó a viajar cada quince días hacia Antofagasta, la ciudad más cercana, para editar una revista de hondo contenido feminista y político. El Frente Popular de izquierda, que gobernó en Chile desde 1937 a 1941, la contó como una de sus principales organizadoras. Asfixiada por el desierto chileno, abandonó a Béeche y se trasladó a Santiago. Obtenida su separación legal, se volvió a casar; esta vez con Carlos Brunson, gerente de la empresa aérea Panagra, con quien tiene a su tercer hijo.

Son los días de frecuentes cruces de la cordillera para viajar a la Argentina, donde se entusiasma con el movimiento Justicialista. Conoce y traba amistad con Eva Duarte y desempeña un papel activo en la movilización obrera del 17 de octubre de 1945; tiene también fugaces encuentros -algunos afirman que amorosos-, con Juan Domingo Perón, que nunca los desmintió. Vive por esos días entre Buenos Aires, Santiago de Chile y Montevideo. Cuando Perón es derrocado, en 1955, ella debe huir dejando el departamento que tenía en el barrio de Palermo. Muchos de sus cercanos se refugian en Chile, entre ellos Patricio Kelly, considerado el jefe de la fuerza de choque del peronismo, que es encarcelado. Allí, le niegan el asilo y se prepara su deportación. Kelly Huye de la cárcel disfrazado de monja, atuendo que le llevó Blanca Luz a la prisión, y que ella me confirmó.

Voy ahora a mi encuentro con esta singular mujer. Hacia principios de la década del ‘70, durante el gobierno de Salvado Allende, yo trabajaba como corresponsal de un diario argentino y viví la experiencia de los tres arduos años de la Unidad Popular. Por esos días visitaba a menudo a Pablo Neruda en Isla Negra y a su ex esposa, Delia del Carril, la entrañable “Hormiguita”, que vivía en “Los Guindos”, la casa que había compartido con Pablo, cercana a la cordillera. Allí yo llegaba cada tanto para conversar y apreciar su pintura, tarea a la que estaba dedicada en esta altura de su vida.

Una mañana recibí uno de sus habituales llamados telefónicos para pedirme que no faltara a su invariable “five of clock te”. “Hoy sí que no me puedes fallar Roberto -me intimó-. Quiero que conozcas a una mujer muy singular. Que quizá te va a resultar un poco extravagante y autoritaria; pero es una gran persona y una admirable luchadora social. Yo, durante algún tiempo estuve distanciada de ella, pero nos hemos amigado y cada tanto nos vemos para recordar nuestras pasadas épocas.” Sabía muy bien de quién se trataba y fue para mí toda una experiencia conocer a la señora Blanca Luz Brum Elizalde.

Le caí bien a doña Blanca Luz, que ya casi pisaba los setenta años. La reunión fue rica en anécdotas y nos vimos algunas veces más. En una de ellas le hice una larga entrevista que se publicó en el suplemento cultural Buen domingo del diario La tercera, donde yo colaboraba. Era una mujer elocuente que le encantaba recordar su riquísimo pasado, del que no ocultaba nada. Durante esa época alternaba su vida entre Juan Fernández, el archipiélago sureño perdido en medio del Océano Pacífico y la capital chilena. Le gustaba la tranquilidad del lugar, lo apacible de sus pobladores; pero, eso sí, “viajo cada tanto a Santiago para no perder el ritmo citadino”, me aclaró.

Curiosamente, el triunfo de la Unidad Popular en 1970 le había provocado una verdadera crisis de pánico. Se sentía perseguida por el Partido Comunista del que había formado parte y había renunciado de manera violenta; tanto es así que temía por su vida. Le escribió al presidente de la República Oriental del Uruguay pidiéndole una designación en algún cargo diplomático fuera de Chile, con tal de abandonar el país. Pero no lo consiguió. Pasada su paranoica siguió viviendo entre la isla de Juan Fernández y la ciudad de Santiago.

No sé si esas desavenencias con el PC justificaban que haya aplaudido el cruento golpe militar encabezado por el dictador Pinochet, en 1973. Incluso regaló sus joyas para la reconstrucción del país que, según su opinión, “había sido devastado por las políticas socialistas implementadas por Salvador Allende”. Creo que exageraba. Fue tanta la cercanía que tuvo con el gobierno militar, que incluso Pinochet la condecoró y le concedió la ciudadanía chilena. “Yo tampoco me explico cómo pudo apoyar a los militares golpistas una heroína de la izquierda como ha sido Blanca Luz -me dijo asombrado el poeta Enrique Lihn-. Debe ser consecuencia de sus años”.

Intuyendo que su vida pública ya no tenía sentido, decidió por fin recluirse definitivamente en la Isla Robinson Crusoe. En esa lejanía austral, se dedicó a escribir y a pintar en la última etapa de su vida. Desde allí publicó El Último Robinson, un conmovedor volumen dedicado a su hijo Eduardo Parra del Riego, que falleció en un accidente de auto.

En 1974, en Cuernavaca, se sumó a los más el pintor David Alfaro Siqueiros que, según ella me confesó, había sido el gran hombre de su vida. Desde su isla de Robinson Crusoe, Blanca Luz le dedicó un bello poema que tituló Rey David – Canción de pena:

Cubiertas con las húmedas auroras
yacen las cosas muertas y enterradas.
Las de una antigua y dulce primavera
que nunca más serán recuperadas.
Asido de un fulgor o de un relámpago
te alejas hoy en dirección del cielo
y eres un rayo penetrando
en la noche compacta de la muerte…

Yo te canto y te lloro, te lloro y te canto,
con el más antiguo de los coros
en las tragedias de la mitología.

¡Oh, viejo Rey David!
¡Ya regresa Caronte con su barca vacía
mientras se muere el sol
en el mar de esta isla!

El tiempo ha sucedido inapelablemente y yo me sigo preguntando: ¿Existirá la única palabra para definir la vida de una mujer que durante su paso por este mundo dejó una huella imborrable? Quizá no haya esa palabra que la defina; pero, esta mujer existió, se llamó Blanca Luz Brum Elizalde y fue para mí una enorme experiencia haberla conocido. Alejada de todo, en su paradisíaca isla murió a los 80 años. Muy pocos la recuerdan.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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