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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Siria: cien años desde Maysalún

Juan Manuel Uruburu
martes 04 de agosto de 2020, 19:56h

Uno de mis escritores árabes favoritos, el tunecino Ibn Jaldún, nos decía hace varios siglos que las ideas colectivas que mantienen la cohesión interna entre los miembros de una sociedad son algo así como azucarillos en el agua. Es decir, por alguna regla física o metafísica, tienden a desaparecer si no son constantemente retroalimentadas. Así, parece lógico que en todos los países se trate siempre de estimular ese sentimiento de solidaridad que debería reinar entre los ciudadanos que comparten un mismo pasaporte. Para ello, desde muy antiguo, se ha desarrollado toda una simbología manifestada en himnos, banderas, desfiles, procesiones y homenajes a personalidades y acontecimientos ilustres de cada país. Entre estos acontecimientos se encuentran los homenajes a las batallas que han marcado la historia de cada país. Personalmente no consigo entender del todo que una batalla sea objeto de solemnes homenajes. Para mí no pasa de tratarse miles de jóvenes liándose a tiros y bombazos mientras sus jefes discuten en mullidos sillones. En fin, yo tampoco inventé la humanidad.

En Damasco, como en la mayoría de las capitales mundiales, se encuentra un monumento al soldado desconocido. Allí se rinde tributo a los caídos en cuatro batallas importantes para la historia del país. Una de ellas es la batalla de Maysalún, un nombre que quizá no le diga mucho a alguno de los lectores de estas líneas. Realmente, Maysalún son unas montañas situadas a pocos kilómetros de Damasco, en dirección a Líbano. En este lugar, hace exactamente cien años de desarrolló, como decíamos, una de las batallas más importantes de la historia contemporánea siria.

Para entender lo que allí sucedió hay que remontarse a los albores de la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña comienza a maniobrar para conseguir el apoyo de las tribus árabes frente al Imperio otomano que colonizaba aquellas tierras desde el siglo XVI. La promesa británica fue la de reconocer un reino árabe unificado en el territorio que históricamente era conocido como la Gran Siria, equivalente a lo que hoy día es Siria, junto con Líbano, Palestina y Jordania. Las tribus árabes, entrenadas por el mítico Lawrence de Arabia, cumplieron su cometido, atacando por tierra a los turcos en las costas de Aqaba, permitiendo así el desembarco británico en Palestina. Mientras tanto, británicos y franceses, haciendo caso omiso a las promesas realizadas, pactaban, en 1915, repartirse entre ellos todo el territorio de Oriente Medio. A pesar de ser un pacto secreto, al que también era invitado Rusia, el triunfo de la revolución bolchevique permitió que el mundo entero supiera las verdaderas intenciones de los aliados con respecto a Oriente Medio.

El ejército árabe, viéndolas venir, se apresuró a expulsar a los otomanos de Siria, entrando en Damasco en 1918, a la par que Francia ocupaba Líbano y Gran Bretaña se instalaba en Palestina. Un mes después acabaría la guerra, y con este panorama se llegó a la Conferencia de París en 1919, en la que habría de decidirse el destino de Oriente Medio tras la derrota otomana. Allí se presentó el líder del ejército árabe, Faysal al-hachemí, reclamando el cumplimiento de las promesas realizadas y el establecimiento del soñado reino árabe unificado de Siria. Pero, como ya hemos dicho, los planes de los aliados iban por otro sentido y se impuso el viejo “donde dije digo… Diego”.

Francia se había adjudicado el territorio de Siria y no admitía, bajo ningún concepto, el establecimiento de un Estado árabe independiente. En su lugar proponía un absurdo mandato de la Sociedad de Naciones para tutelar aquel país durante un plazo indeterminado. Como respuesta, Faysal era nombrado Rey de Siria. El conflicto estaba servido. Así, el 24 de julio de 1920 Francia envió una tropa formada por miles de marroquíes, argelinos y senegaleses, apoyados por cientos de tanques, artillería y aviones, que en pocas horas se ventiló la escasa resistencia que pudo presentar el ejército árabe de voluntarios. El Rey Faisal tuvo que huir a la Palestina británica. De este modo, en Maysalún, además de la vida de algunas centenas de combatientes, se apagaba el sueño de independencia que durante un tiempo cautivó los corazones de miles de árabes.

A partir de aquí, Francia impondrá en Siria el modelo de neocolonialismo que, junto con Gran Bretaña, había diseñado para todo Oriente Medio. Las técnicas seguidas para su implantación colonial no fueron una novedad. De hecho llevaba años poniéndolas en práctica en el Norte de África. Siguiendo el viejo dicho de “divide y vencerás” la administración francesa se cimentaría sobre la base de la manipulación de las relaciones entre las comunidades religiosas y tribales del país. Esta técnica se materializaría, por una parte, a través de la política del “palo y la zanahoria”. Es decir, subsidios económicos a los jefes tribales colaboracionistas y detención y exilio para los opositores a su presencia en el país. Por otra parte, se pondría en práctica el ofrecimiento de “protección” a las minorías religiosas del país, a través de las divisiones administrativas. Así, una de las primeras medidas fue la de separar un Líbano que acogía a la mayoría de los cristianos maronitas de la región, del resto de Siria. Posteriormente, el país fue dividido en dos divisiones administrativas, con sedes en Damasco y Alepo, de las que se desgajarían territorios autónomos para las minorías alauí, en la costa mediterránea, y drusa, en las montañas del sur. Asimismo se segregaba en el norte, a la península de Alejandreta, para ser ofrecida a los nacionalistas turcos de Ataturk como premio de consolación.

En fin, con todo este puzle Francia trató de confesionalizar y dividir la sociedad, enterrando cualquier atisbo de la vieja identidad siria que defendieron los combatientes árabes en Maysalún. Paradójicamente, el efecto resultante fue totalmente opuesto a lo pretendido. Francia tuvo que enfrentarse a una revuelta generalizada en el país, en 1925, para cuya represión tuvo que emplearse a fondo, incluyendo bombardeos aéreos en las principales ciudades sirias. En un plano más intelectual, Maysalún dará el impulso definitivo a toda una generación de intelectuales sirios, como el cristiano Michel Aflak o el musulmán Salah Bitar, que diseñarán el movimiento ideológico más relevante de Oriente Medio, el Panarabismo. Se trataba de una ideología que primaba la unidad política de los árabes, por encima de su religión u origen tribal como medio de fortaleza ante el panorama del mundo contemporáneo, y que tendrá sus máximas manifestaciones en el nasserismo egipcio y en el partido Baaz sirio e iraquí.

Así, fue avanzando la presencia francesa en Siria, con más pena que gloria, hasta que en 1946, agobiados por la presión de los nacionalistas y convencidos por los británicos, aceptaron dejar el país, constituido bajo una República parlamentaria. En apariencia esto suena imponente, pero la realidad se aproximaba más a la de un club en el que las élites colaboracionistas se repartían el control del país conforme a sus intereses. Por eso duró lo que duró. Concretamente hasta 1949 cuando el ejército, indignado por la derrota frente a Israel y plagado de oficiales panarabistas, decidió dar el primero de muchos golpes de estado. El enemigo sionista, la emergencia del coloso Nasser en Egipto, y los ecos de Maysalún legitimaron la presencia del Partido Baaz y del ejército en el poder durante décadas. Es cierto que la democracia, tal y como la diseñó la potencia colonial en Siria, no dejó especial nostalgia entre el pueblo, pero a pesar de la sucesión de caudillos y de poderes dictatoriales, la lucha entre élites nunca dejó de avanzar en Siria.

Por ello, no sorprende que en un escenario de zozobra regional, como fue la primavera árabe, aquella lucha soterrada pasara a convertirse en una guerra abierta y virulenta. Tampoco sorprende que las grandes potencias, regionales y mundiales, se hayan involucrado profundamente en lo que, en principio, era un conflicto entre sirios. Y es que las lecciones de Maysalún siguen vivitas y coleando. La fundamental, a mi juicio, es que hoy día, tal y como pasó hace cien años, la independencia siria continúa siendo una quimera. La posición geoestratégica y sus propias debilidades internas hacen de este territorio una especia de “perita en dulce” para los grandes colosos regionales. Demasiados intereses. Además de acarrear con sus propias contradicciones e injusticias, sobre Siria recae el peso del blindaje israelí, el control regional norteamericano, los ansiados oleoductos del Golfo Pérsico, el sueño ruso de salir al Mediterráneo, el resurgir turco, el “arco chií”… demasiado lastre para un solo barco.

A veces me gusta hacer historia-ficción, a pesar de su inutilidad, y preguntarme qué habría pasado si hace cien años se hubiera permitido la creación del añorado reino independiente de Siria. ¿Podría haber abrazado la modernidad de la mano de Occidente? ¿Podría haber sido una solución para los palestinos olvidados en la partición de 1948? Sin duda es tentador dejar volar la imaginación, pero todo esto solo existe en mi cabeza. La realidad fue y es Maysalún.

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