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DESDE ULTRAMAR

Oñate Muñoz, nueva embajadora para España

jueves 06 de agosto de 2020, 19:54h

Por resolución del Senado de la República que aprobó el nombramiento propuesto por el presidente Andrés Manuel López Obrador, la ahora excónsul mexicana en Barcelona, la diplomática María Carmen Oñate Muñoz, es la nueva embajadora de México ante España, cuya jurisdicción concurrente abarca el principado de Andorra. Cumplidas las formalidades, es una elección loable que amerita reflexionarse al tenor de la estratégica e importante relación bilateral que entraña.

Oñate Muñoz ocupará una embajada abierta en 1837, cerrada en varias ocasiones desde entonces por los vaivenes de la intensa relación hispano-mexicana, con altas y bajas, dimes y diretes, malentendidos y entendimientos sublimes, restablecida en definitiva desde 1977 y que, acuso decir, el PRI usaba aquella importantísima representación diplomática como regalo de consolación a politiquillos priistas de poca monta en los años ochenta, uno tras otro, hasta que acertadamente el gobierno español externó su molestia ante tanta cambiadera de titular, frívola e irresponsable como es el mismo priismo. Lo de siempre.

Son otros tiempos y hay otro partido en el gobierno mexicano. Afortunadamente. Oñate Muñoz arriba al cargo luego de algunos meses de acefalia en la sede diplomática situada en la madrileñísima Carrera de San Jerónimo nº 46 y sucedió tal impase por cierta indefinición de la actual administración al perfilar a la persona idónea –la política exterior se diseña al interior, lo saben mis alumnos de historia diplomática– para instalarla en la importante legación aludida. Madrid lo merece. Es de justicia referirla, pues se ha concretado la designación. Y sí, en esta otra orilla del Charco no se nos escapa los momentos complicados en que la embajadora acudirá a su presentación de cartas credenciales ante S.M. el rey Felipe VI, cuando en México nos ha conmocionado la partida del rey emérito y observamos la crispación política que la antecede y la que también acarrea. Gajes del oficio sin lugar a dudas, para la emisaria novel. En una de esas por el COVID-19 no podrá ser el vistoso recibimiento deparado a los ministros extranjeros en el majestuoso Palacio de Oriente. Sería una pena. Ya le sucedió a su antecesora, Roberta Lajous, quien debió dirigirse al Palacio de la Zarzuela por una convalecencia de Juan Carlos I.

Ya que refiero a su antecesora, ojalá que Oñate Muñoz haga un más digno papel que Lajous, cuya gestión fue tildada de usar a la embajada –la representación de todos los mexicanos ante el reino de España– como una suerte de extensión del PRI, gestionando apoyos para liberar al controvertido político priista Humberto Moreira. Su deplorable conducta actualizó así mi temor externado aquí mismo cuando me refería a su asignación a Madrid, pues con lo de Moreira, Lajous más parecía representar al PRI que a México. Puedo reconocerle que impulsó y concretó la apertura de la Casa de México en España, localizada en Madrid. Tal institución es una suerte de hermana digámoslo así, del Centro Cultural de España en México ubicado en Ciudad de México, pero repruebo el despilfarro priista vía el Fondo de Cultura Económica, al disponer de un espacio en la sede madrileña, llevándose a inaugurarla hasta a su director anterior con gastos pagados. Lajous se ha marchado como coordinadora ejecutiva de la presidencia pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), honor que corresponde a México en este año 2020.

Pues bien, la embajadora Oñate Muñoz al igual que Lajous, ha servido a tres partidos políticos distintos presidiendo el gobierno mexicano. Eso anticipa la calidad de su trabajo, reconociéndolo. A esperar resultados. No es cosa menor que la funcionaria haya sido antes embajadora en Egipto y en Costa Rica. Conoce dos realidades más. Y como mujer plenipotenciaria en el mundo musulmán, doble mérito. También ha fungido como directora general de Organismos y Mecanismos Regionales Americanos, dirigiendo además el respectivo símil para África y Medio Oriente en la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana y el Acervo Histórico Diplomático de la propia dependencia. No cabe duda de su amplia visión administrativa, diplomática y en temas diversos.

A mí me place mucho esa investidura, pues el personaje conoce la realidad española, ha radicado con la Ciudad Condal durante el complejo proceso desatado en Cataluña y tiene el plus de su trayectoria. Tal cúmulo de óptimas condiciones permiten prever una gestión adecuada en el estrecho margen que hoy dejan las relaciones internacionales y las bilaterales en tiempos de COVID-19. En esa tesitura a la nueva embajadora de México en España le corresponderá por igual limar asperezas en torno al tratamiento bilateral de la historia común, ya que el año siguiente será el del V centenario de la Conquista de México, que por igual atender tironeos con empresas españolas de energía afincadas en México, que no están saliendo bien libradas en determinadas condiciones heredadas de una malhadada reforma energética del sexenio pasado. Así que la agenda bilateral se antoja interesante, algo complicada y sin duda, retadora. Conviene darle seguimiento a tal.

Rinconete. Si Carlos IV no pudo escabullirse a América en 1808 ante la invasión napoleónica –aunque se planeó huyera a Nueva España– como lo hiciera su primo Juan VI de Portugal a Brasil, el rey Juan Carlos I ha marchado a América, en concreto a la República Dominicana, ante la todopoderosa y tumultuosa invasión mediática. No es Alfonso XIII, su abuelo, pero sí se mira con un pelín de cuidado, salió como Alfonso XIII. Y frente a toda España. Penoso. Como ha advertido d. Luis Mª Anson en su editorial aquí en El Imparcial, el monarca emérito merece un mejor tratamiento histórico. Por el momento, me quedo con los simbolismos de su traslado transoceánico. Amén de quienes lo cobijen en el país caribeño, se traslada a América en plan de refugio, latitudes a donde no vino ninguno de sus antepasados durante los siglos del periodo colonial; y acude a la nación que en justicia histórica fue la primera del Nuevo Mundo incorporada a la corona de sus ancestros. Aquella que en 1976 fue la primera en visitar oficialmente como rey de España tanto en el continente americano como del mundo hispánico en casi quinientos años desde el descubrimiento colombino. Sitio desde donde anunció la intención de impulsar una Exposición Universal a efectuarse entonces en el aún lejano 1992. Sí, no radicará allí por sentimentalismos, pero los símbolos cuentan. Justo como el apartarse de Zarzuela y aquella desmarcarse del emérito. La forma es fondo y el fondo es forma, dijo un politólogo mexicano hace muchas décadas. Y América otra vez, se torna en solución. Qué duda cabe.

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