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TRIBUNA

Mentiverdadear

viernes 07 de agosto de 2020, 19:53h

Desde luego no estoy orgulloso de ello, pero la verdad es que nunca he dejado de mentir a lo largo de mi vida, así que no sé qué valor moral ni conceptual podría tener el decir lo contrario para de este modo estar en la disposición de escribir con verdad, ya no está uno para tanta captación de benevolencia. Al comenzar así esta tesis, sobre la cual he escrito no poco, podría complicar más aún las cosas, conforme a la lógica del famoso silogismo bicornuto: “Te digo la verdad, te estoy mintiendo”, o “te digo mentira, te estoy diciendo la verdad”. Ambas formas de afirmar la dizque verdad no pasan del cantinfleo según su contenido lingüístico.

Como todas las personas que he conocido andan con la ambigüedad de sus verdades a medias y con sus medias mentiras, entre bobos ande el juego, pues todos tan contentos por dentro como disconformes por fuera. Proclamar en ese contexto verdad alguna sería como darle cuatro litros de agua helada al náufrago que en alta mar ha pasado sin beber una semana: reventaría, no podría soportarlo. Como dijo francamente y con toda franqueza Francisco el Franco, el de la fabla gallega, a la muerte del almirante Carrero Blanco, “no hay mal que por bien no venga”, ni mentira que no sea provechosa. A la verdad la pones en una escalera y no sabes si sube o si baja, cómo me gusta Fray Gerundio de Campazas. Preferimos regresar a casa cum scuto aunque sea mintiendo, antes que volver a ella supra escutum por haber dicho la verdad sin arrugarse.

El error también miente, pues dada su ignorancia, culpable o inocente, al fin y al cabo, tampoco da con la verdad. Cuando en los países latinoamericanos, y no solamente en ellos, llevados desde la Conquista por su necesidad de responder lo que fuere al colonizador, aunque no sepan qué decir, por temor a ser castigados si callan, compruebo lo dicho con cierta acritud de espíritu. Mejor callar que desorientar, decía Baltasar Gracián.

Tenémosle sobre todo un espantoso horror a la verdad cuando ella amenaza con tirar de la manta, y entonces Quinto se levanta, huye, y huye al Tibet, a Portugal, o a Santo Domingo, buen refugio para pecadores. Hay que mucho sujetarse los machos para poder afrontarla a cuerpo torero en el albero del ruedo, razón por la cual estemos dispuestos a culpar incluso al lucero del alba por su claridad lumínica cuando necesitamos oscuridad: tú er4es el toro que mató am Manolete. Hasta Sócrates fue cabeza de turco para los satíricos envidiosos como Aristófanes, que en su libro Las nubes no pone al maestro de maestros precisamente por las nubes pese a su dignidad.

Ni siquiera las verdades a medias, por muchas que fueren, suman una verdad entera, por lo cual, y contando con la ajena complicidad, esperamos que nosotros pongamos la mitad de la verdad y el otro se imagine la otra media, algo que merecería la calificación pomposa de cambalache críptico con olor a algo podrido en Dinamarca. Hoy por ti, mañana por mí, y amigos para siempre, invita la casa: “En Jaén, donde resido, /vive don Lope de Sosa, /y direte, Inés, la cosa / más brava de que has oído. /Si es o no invención moderna,/ vive Dios que no lo sé; /pero delicada fue/ la invención de la taberna”. Mester de clerecía unas veces, mester de progresía otras, Asunción, Asunción, échale vinillo al porrón. De todos es propia la versificación totalmente regular, en cuatro estrofas, de versos alejandrinos con cesura en la sílaba séptima, y de rima consonante, los tetrástrofos monorrimos, nueva manera de versificar de la cual se jacta el mentiroso: “Quiero fer una prosa en román paladino,/ en cual suele el pueblo fablar a su vecino,/ ca non so tan letrado por fer otro latino,/ bien valdrá, commo creo, un vaso de bon vino”.

Por otra parte, la prudencia del pusilánime cae siempre en la cobardía por su pavor al riesgo. ¿La verdad? Yo nada vi, yo nada oí, busquen a otro; en realidad no hay que exagerar, él sólo la mató un poquito porque era suya, pero en aquellas circunstancias no se puede juzgar al asesino. Nunca las verdades son verdades fuertes, total para qué si vamos a morirnos, aunque sea de tedio. Los pusilánimes no prefieren una cólera impura antes que ocultarla por miedo, maestro Gandhi, ellos se entregan a los juegos yóguicos y tántricos para reblandecer la potencia veritativa y así poder tragarla mejor, gato por liebre.

En la plaza contigua a ésta existe un mercadillo barato donde se compra y se vende también escepticismo a dos reales. Si el escepticismo es por amor a la verdad, y si no hay más remedio, bueno, qué le vamos a hacer, aunque siempre me pareció arrogante por creer saber de forma negativa lo que los demás no saben de forma afirmativa, pero también despectivo; cuando proclama que a) nada existe, b) si existiera no sería cognoscible, c) si existiera y fuera cognoscible resultaría incomunicable, me parece que el gato con botas de siete leguas está haciendo un flaco favor cognoscitivo al marqués de Carabás, convertido en una cotorra enfatizando cuanto ignora. Y lo siento mucho también por mi poeta favorito con su no querer decirme su verdad, y expulsándome de la coeundia, porque al mismo tiempo que la suya rechaza también la verdad mía: “la tuya guárdatela”. En ese momento prefiero al romancero clásico: “Yo no digo mi canción, sino a quien conmigo va”. La persona es dialógica incluso cuando en duelo, incluso cuando duelógica, es decir, en la discrepancia. Si mal dúo falta el duelo, ¿qué diálogo es?

Pues la verdad, esté donde esté si es que está, o incluso aunque no la encontrásemos, habríamos de seguir buscándola, porque es siempre verdad que se busca y, aunque la hubiésemos hallado, siempre está mostrándonos nuevas verdades. A quienes insisten en por qué seguir buscándola, yo suelo responderles ¿y por qué no? La verdad es un deseo irrefrenable, y por ello mismo del estilo de las verdades a las que se refiere la dialéctica trascendental kantiana. Más aún, aunque Dios no existiera, la búsqueda de la verdad seguiría siendo una obligación, aunque tan sólo fuese por dignidad humana. Aunque no haya razones para la verdad, necesitamos la verdad. Por honor a la verdad. De nada sirve dejar enfriar la mentira porque la verdad dañina en caliente queme sin cauterizar, aunque en ciertas ocasiones pueda resultar verdaderamente necesario el paso del tiempo, dar su espacio al tiempo para que el tiempo coloque las cosas en su real espacio, y ello sin desconsiderar que, así como una justicia tardía es una injusticia, así también una verdad a la que se aplica durante demasiado tiempo la ley de hielo termina por ser una mentira. Una verdad tardía es una mentira, aunque se pueda dejar enfriar porque la verdad en caliente quema sin cauterizar. Y todo ello, aunque la verdad pueda doler más que la mentira; incluso aunque la mentira proferida tuviese la intención de consolar, no es menos cierto que negar sus derechos a la verdad no está a la altura de la dignidad humana. Difícilmente la verdad está exenta de causar daño, ella enemistará a padres e hijos, a hermanos y a hermanas, a todos contra todos.

De nada sirve tampoco que los integristas afirmen aquello de “lo bueno es íntegramente y sin defecto alguno” y “lo malo es íntegramente malo”, sobre todo si atendemos a que no pocas vecesverdad y mentira se encuentran tan entrelazadas que, aun no son lo mismo, se parecen entre ellas como gemelas univitelinas. En esas situaciones solemos apelar a la credentidad, es decir, a creer lo que nos dice la persona de la cual nos fiamos pase lo que pase. En eso radica precisa y formalmente la preferencia de la certeza sobre la verdad. La verdad es más verdad si nos la dice un amigo que no nos quiera mal, por lo cual llamamos amigo verdadero a aquel que bien nos quiera, y mal amigo a quien nos cante las cuarenta causando en nosotros dolor, aunque entonces se trate de un amor insano y de una verdad torticera.

Y ¿quién no mentiría por salvar la vida? ¿Quién estaría hoy de acuerdo con Kant en su tesis de que ni siquiera por salvar la vida a un inocente cualquiera sería ilícito mentir por altruismo? ¿Y cuántos preferiríamos arrostrar los máximos infiernos a cambio de no caer en la bajeza de la mentira? ¿Habría un límite al respecto, y si lo hay cuál sería? Y todo esto aunque, para la persona decente, el mentir mismo sea ya un infierno, y aunque la máxima injusticia del justo fuera cometer él mismo la injusticia.

Había en mi época tres géneros literarios, épico, lírico y dramático, tripartición desafortunada por incapaz de encontrar el temple en la mezcla tensa de los tres dando a cada una lo que fuera suyo. Pero, te pongas como te pongas, muy pocos valorarán ese empeño, pues te dirán que estás convirtiendo la verdad en una charla o en un sermonazo: “Prepararon las bodas, tomaron bendiciones, / todos hacían por ellos las preces y oraciones; / hicieron tantas fiestas y tan grandes funciones/ que no pueden contarse ni en charlas ni en sermones”[1]. Pero, si existe, la verdad tiene que ser más sencilla.

No me parece, con todo, de recibo aquello de in vino veritas, aunque hasta el mismísimo Kierkegaard, el hombre más amargado con la historia que conozco, escribiese sobre su propia chepa un libro de título homónimo, La verdad está en el vino. Mucho vino habría que tomar.

En fin, si existiera una verdad objetivamente demostrable sabríamos al menos a qué atenernos, pero todas las teorías relativas a la verdad dicen mentira, o al menos no existe ni existió nunca ninguna teoría filosófica que a todos convenciera, tantas cabezas tantas sentencias, tantos librillos tantos maestrillos. Al final de todas las epistemologías, aquí estamos con las manos en masa, como si nada hubiera merecedor de verdad o de mentira y todo fuese según la color del cristal con que se mira: “Mi padre tenía un estupendo bigote negro que se echaba para abajo. Según cuentan, cuando joven le tiraban las guías para arriba, pero, desde que estuvo en la cárcel, se le arruinó la prestancia, se le ablandó la fuerza del bigote, y ya para abajo hubo de llevarlo hasta el sepulcro”[2].

En fin, que a falta de otros posibles, lo que no puede faltar nunca en nada, y menos en esto de la verdad, sobre todo en su vertiente algésica, es el humor en cuanto que aceptación de la propia finitud, sobre todo cuando nos falta la absoluta objetividad, eso que algunos llamaban “la adecuación del intelecto con la cosa”, y, sin llegar tan lejos, especialmente cuando padecemos manías y rituales neuróticos: “El niño Raúl, preocupado por sus orejas, pasaba largos baches de tristeza y de depresión. -¿Qué te pasa, por qué estás con esa cara?, le decía su padre a la hora de comer. -Nada… Lo de las orejas, contestaba el niño Raúl con el mirar perdido. El niño Raúl, a fuerza de mucho pensar, descubrió que la mejor manera de medir las orejas era con la mano, cogiéndolas entre dos dedos, los modos al mismo tiempo y llevando la medida a pulso un momento por el aire -¡por un momentito no había de variar!- para ver si casaban o no casaban. Lo malo del nuevo procedimiento fue que, contra todos los pronósticos, no resultaba de gran precisión y la oreja izquierda, por ejemplo, tan pronto aparecía más grande como más pequeña que la oreja derecha. ¡Aquello era para volverse loco! El niño Raúl empezó a prodigar las mediciones, a ver si conseguía salir de dudas, y hubo días -días excepcionales, días de suerte y aplicación, días radiantes- en que llegó a medir las orejas tres mil veces. Los movimientos del niño Raúl para medirse las orejas eran ya automáticos, eran ya unos movimientos casi reflejos, y el niño Raúl llegó a tal grado de perfección, que se medía las orejas como hacía la digestión, o como le crecían el pelo y las uñas, o como crecía todo él, que era un niño larguirucho, desangelado, desgarbado”[3].

En fin, que si supiésemos conjugar verdad y humor seríamos más capaces de verdadera compasión, ya fuese el nuestro mester de clerecía, de joglaría, de caballería, o el que fuere:

“Mester y trago fermoso, non es de joglaria;

mester es sen pecado, ca es de clerecía;

fablar curso rimado por la cuaderna vía

a silavas cuntadas ca es grant maestría”.

[1] El libro del Apolonio. Mester de clerecía. Antología. Ed. Coculsa, Madrid, 1980, p. 42.

[2] Cela, C-J: La familia de Pascual Duarte. Ed. Coculsa, Madrid, 1981, p. 12.

[3] Cela, C-J: La familia de Pascual Duarte. Ed. Coculsa, Madrid, 1981, pp. 40-41

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