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TRIBUNA

¿Los Estados Unidos en decadencia?

lunes 24 de agosto de 2020, 20:09h

La palabra “decadencia” se aplica a la declinación o al principio del deterioro de algo. Durante este proceso las condiciones o el estado de situación individual o colectiva empiezan a empeorar hasta llegar a esa indeseable forma de laxitud o atonía. De todos modos, creo que se debe tomar con cautela esta palabra tan livianamente usada en nuestra época. En el terreno del arte se sigue prestando a confusión; Luis de Góngora y Paul Verlaine, Félicien Rops y Gustave Moreau también fueron calificados de decadentes por opuestas y diversas razones. Como diría don Ramón de Campoamor en su famoso poema: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira, / todo depende el color / del cristal con que se mira”. En el aspecto social fue Edward Emily Gibbon, considerado como el primer historiador moderno (autor de The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, “Historia de la decadencia y caída del Imperio romano”), el que analizó de manera inteligente el declive de las civilizaciones y de los imperios.

Empecemos por la gran decadencia ideológica de los dos últimos decenios. Según una de las predicciones del marxismo (quizá la menos posible) “la revolución proletaria” serviría de base al primer declive del desarrollo industrial del capitalismo. Dicha afirmación no se consumó y dejó una espesa sombra de duda, ya que no sólo no se cumplió la profecía de Marx, sino que sucedió algo peor, se cumplió al revés; es decir, se dio en dos países agrarios como Rusia y China. Hoy, esas sociedades son forzadamente socialistas (o pretendidamente socialistas). Los dos antiguos imperios campesinos fueron convertidos al polémico sistema; sin dejar de tener en cuenta lo que sucedió posteriormente en Cuba, Venezuela, Albania y Etiopía. Todos casos de heterogénea y dudosa composición productiva. En ningún caso industrial durante fines del siglo XIX y principios del XX.

Si nos remitimos a Rusia, vemos que muertos Lenin y exiliado Trotsky (los artífices del pretendido sistema igualitario), la revolución no demoró en convertirse en una ideocracia absolutista regida por Stalin que, como debía ser, cumplió su ciclo inexorable. No corrió demasiada agua bajo el puente; después de Mijaíl Gorvachov y la Prestroika, todo empezó a ser contradictorio y desconcertante en ese país. Por fin, el último mundial de fútbol mostró a Rusia como la otra cara de un particular capitalismo, poco y nada socialista, convertido en un formidable imperio económico-militar, bastante alejado de los postulados marxistas-leninistas. China, por su lado (que conozco más de cerca, pues realicé tres viajes en la última década), es más o menos lo mismo; la Revolución Comunista de Mao Tse Tung se transformó en una potencia industrial y comercial con proyecciones al exterior y con una incomparable sociedad de consumo hacia dentro. Es casi una redundancia hablar de su crecimiento; agreguemos que hoy, grandes fábricas de Europa y los Estados Unidos (como las automotrices Buick, Peugeot y otras conocidas marcas) compiten abiertamente en el multitudinario mercado chino; en tanto que sus excéntricas galerías comerciales las principales marcas del mundo ofrecen sus productos al común de la gente.

Por otro lado, no fueron Marx y Engels los únicos que en el siglo XIX vieron a la sociedad civilizada como un organismo gravemente enfermo y decadente; otros economistas y estudiosos, con concepciones ideológicas distintas, como John Maynard Keynes, Frederich Hayek y Milton Friedman, desde sus particulares modos de análisis, no sólo entendieron la flojedad del sistema, sino que aportaron soluciones que se están llevando a cabo de un modo opuesto. Vencidos el nazismo y el fascismo, con los derrumbe del comunismo y del franquismo, los países europeos han regresado a la democracia liberal burguesa y las últimas dictaduras (España, Portugal, Grecia) han desaparecido de la faz del continente. Un admirable y efectivo mercado común, libre de condicionamientos ideológicos les ha traído prosperidad, desarrollo e intercambios industriales, agrícolas y comerciales.

En cambio el contraste de los países emergentes, calificados con la suavizada expresión de Tercer Mundo, un eufemismo que se usa para no llamarlos descarnadamente subdesarrollados, no puede ser más lamentable. Con realidades abigarradas y heterogéneas, la otra América (la del centro y la del sur), subsiste dividida en continuas revueltas y con alarmantes conflictos sociales: los más recientes hechos se produjeron de manera franca y abierta en Bolivia y Chile, durante el pasado año, y ahora, en medio de la pandemia, sigue complicada, sin demasiado sentido comunitario; y, menos aún, en una dirección política y social unificadora.

Si miramos a la Argentina, uno de los países en situación más crítica; endeudada interna y externamente, con altísimos niveles de pobreza, inflación indetenible y economía mayoritariamente informal, nadie puede predecir las secuelas que quedarán después de esta horrorosa pandemia que nos toca soportar. Sobre todo en un país cuya dirigencia (de uno y otro bando) exhibe todo el tiempo el pasado por delante, culpando siempre de los males a la administración anterior. Ahora, menos creativa que agresiva, esta mediocre dirigencia en su totalidad ha llegado al colmo de revivir una falsa y caprichosa antinomia entre nuestros máximos próceres continentales. Para convocar a una marcha opositora al Gobierno de turno estigmatiza a Simón Bolívar; concretamente por ser el símbolo del cuestionado populismo venezolano. Un sector de ignorantes argentinos ubica a San Martín como el único libertador de América, y lo hace de un modo frívolo, sin fundamentos históricos, tan solo para confrontar con su enemigo y lograr convocatoria. Así, se afirma livianamente que los argentinos somos “Sanmartinianos” y no “Bolivarianos”. Disparate grotesco, que pretende desconocer que la reunión de los dos próceres en Guayaquil fue una discordancia de puntos de vistas; pero, para nada, una forma de enfrentamiento. En su cuento titulado “Guayaquil”, referido a aquel hecho, Borges escribe:

Esas generalidades pomposas me fastidiaron y observé secamente que dentro del enigma que nos rodea, la entrevista de Guayaquil, en la que el general San Martín renunció a la mera ambición y dejó el destino de América en manos de Bolívar es también un enigma que puede merecer el estudio. Las explicaciones son tantas (...). Algunos conjeturan que San Martín cayó en una celada; otros, como Sarmiento, que era un militar europeo, extraviado en un continente que nunca comprendió; otros, por lo general argentinos, le atribuyeron un acto de abnegación; otros, de fatiga. Hay quienes hablan de la orden secreta de no sé qué logia masónica (…). Observé que, de cualquier modo, sería interesante recuperar las precisas palabras que se dijeron el Protector del Perú y el Libertador. Acaso las palabras que cambiaron fueron triviales. Dos hombres se enfrentaron en Guayaquil; si uno se impuso, fue por su mayor voluntad, no por juegos dialécticos...

De manera que, a mi humilde criterio, usar un artilugio tan falaz como vulgar es menos una alteración de la historia que un insostenible argumento carente de imaginación ante la inmediatez de una contienda partidaria. En fin, esto demuestra simplemente que los fanatismos se extienden y prevalecen sobre la veracidad de cualquier discusión. Cerremos aquí este enojo caso que incide, sin ninguna duda, sobra una posible y saludable unificación continental.

Pero volvamos al tema. Empezamos hablando del concepto generalizado de decadencia. Analicemos entonces la de los Estados Unidos de Norteamérica, que bajo ningún aspecto es, me parece, tal como se la quiere mostrar a través de cierto odio ideológico. Si bien la potencia del Norte viene mal parada desde hace décadas, debiendo asumir enfrentamientos armados como la Guerra de Vietnam y Corea, que la tornaron impopular. Esto no quita que dicho país no sea una sociedad abierta, muy rica, productiva, distributiva y con enormes ventajas (saludablemente establecida por el control privado), donde los dos partidos políticos mayoritarios, funcionan en la práctica como dos poderosas sociedades anónimas, con sus correspondientes divergencias relativas; a veces (errare humanum est), mostrando las hilachas como cualquier democracia representativa.

Con respecto a la pandemia, esto hace que las carencias saquen a la luz muchos enojos asuntos, ya que, como en todo el planeta, el problema central pasa ahora por la salud. Sin embargo, yo no creo como manifiesta mi respetado y bien leído Noam Chomsky, que los Estados Unidos estén viviendo una “decadencia demática” ni que estén a punto de caer en el abismo por carecer de un plan federal de enfrentamiento al Covid-19. Digamos que esta repugnante peste ha revivido, por si fuera poco, hasta un racismo que se creía superado y que a esto se agrega la actitud de retirar financiación a la salud pública local e internacional. Cierto, el presidente Donad Trump ha limitado los fondos a la OMS y pretende ignorar el inexorable avance del calentamiento climático, tomándolo descaradamente como una broma de mal gusto. Pero es un punto de vista personal, sin duda, opuesto al de la mayoría, que en las encuestas de las próximas elecciones le son poco favorables.

No obstante, sí vamos a los hechos concretos, debemos reconocer, eso sí, que La Unión Americana del Norte carece en este momento de un liderazgo coherente; lo que hace que, como en cualquier parte del mundo, todo sea caótico. En especial porque la Casa Blanca está en manos de un señor megalómano que vive interesado en su propio poder, pendiente de sus perspectivas electorales y al cual parece no importarle demasiado lo que pasa en su país ni en el mundo. Hay cientos y miles de muertes en los Estados Unidos por la pandemia y habrá más, seguramente, porque no hay un plan coordinado. Donald Trump desmanteló toda la maquinaria de prevención sanitaria, desfinanció los Centros para el Control de Enfermedades (CDC, la mayor institución gubernamental de salud pública del país) y canceló programas de colaboración con científicos chinos y británicos que trabajaban en la identificación de otros potenciales virus. Esto, sin duda, como ya señalamos, le costará caro en las próximas elecciones.

Sin embargo, con todo lo grave de la pandemia, y aunque su recuperación tendrá un costo altísimo, lo que ahora está atravesando la potencia del norte no es menos grave que el derretimiento de los casquetes polares, la subida del nivel del mar y los efectos letales del calentamiento climático. Por cierto que no debería de ser así; en especial porque hay fuerzas contrarias globales. La pregunta es: ¿cómo emergerán de esta situación? Quizá de esto dependerá, mal que les pese a muchos, el destino del mundo post pandemia. Pero en cuanto a una decadencia estructural, sinceramente no la veo.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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