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DESDE ULTRAMAR

EEUU: de voto femenino y la posta

jueves 27 de agosto de 2020, 20:22h

Conmemoramos un centenario. El 26 de agosto de 1920 las estadounidenses obtuvieron el derecho al voto. Ese que otorgó primero el gobierno de Nueva Zelanda, en 1893 –no por avanzada aquella, sino por estar hasta el quinto pino (vamos, allá por donde Tarzán perdió el cuchillo, entiéndame)– y del que se esperaba controlar fácilmente las insondables consecuencias de extenderlo. Un voto que a las británicas tanto costó (1918) y que las francesas no obtuvieron, sino casi hasta después de la Segunda Guerra Mundial (1944, refrendándolo en 1946).

Un hito en toda regla que no desencadenó una cascada de autorizaciones, no. Lo de 1920 fue un episodio más en una larga lucha por obtenerlo. Una donde hubo países que ganándolo, retrocedieron, como España, y que otros tardaron más en concederlo, como México, y en algunos todavía se restringe. Era un gran triunfo, sin lugar a dudas, porque las estadounidenses fueron de las que tempranamente obtuvieron el derecho al sufragio, para envidia de sus pares sufragistas en otras partes del mundo.

Era uno de tantos derechos, no menor, que abonaron a reforzar la ciudadanía, que ya se tenía, perfeccionándola. Votar y se votada implicaba lo mismo que ahora: participar de las decisiones políticas que afectan en un sentido u otro, a la colectividad. Eran las mujeres emancipadas durante la economía de guerra, que ahora exigían decidir. No es solo darle voz a la mitad de la humanidad. Es la inclusión, la equidad, la facilitación –o mínimo, el no entorpecimiento– del acceso de la mujer a la toma de decisiones derivada en poder. Ello redunda en todo. Incluso en un antes y después de permitirse su voto, en visualizar su presencia –y en consecuencia, su aporte y el consagrar su derecho a estar– de sumarse a todo proyecto y actividad. Y aún así, tantas veces la mujer no aparece porque no se la ha considerado incluirla, siquiera. Tantas veces falta agregarla, plantearse su presencia y su consabido aporte. Hace un tiempo la Corte suprema en México publicó un libro de comentaristas jurídicos. Ni una sola mujer fue incorporada. Uno puede de manera palmaria sentir que quien invitó a los colaboradores ideando ese ejemplar resultante, no pensó en una jurista. Una, siquiera. Como si no las hubiera o no existieran. Reclamé semejante omisión a su presidente. Obtuve la callada por respuesta. Eso evidencia la postura de no incluirlas. No planteárselo, al menos.

Así, el voto de la mujer sirve y ha servido para visibilizarla, para encausar sus demandas, proseguir sus soluciones, la votante y la votada, la que es destinataria de las decisiones y empoderadas de pleno derecho, también. No tengo la menor duda de que una sociedad con mayor representación femenina, caminará mejor. Sea en la representación política o en todos los órdenes. Y desde luego que en tantas partes se entrecruza el voto con los derechos y el respeto a la mujer y más aún, con darle paso con el concurso de todos, a la democracia incluyente, participativa, la de las oportunidades efectivas, no las simuladoras que privan a ellas mezquinamente del acceso al poder, sino las democracias que reconocen y suman. Y democracias que exigen rendición de cuentas.

Cien años después de aquel memorable triunfo, en Estado Unidos hoy el debate es sobre el correo: la posta puede ser el camino adecuado para que millones de votantes expresen su sentir en las reñidas elecciones del 3 de noviembre de 2020, evitando así reuniones en plena pandemia de COVID-19 y tal parece que Trump o su equipo o su partido, preferirían cierta obstrucción del correo –uno de los símbolos del acortamiento de distancias en ese país, pilar histórico de su cohesión y estructuración– pues en efecto, como las elecciones serán reñidas, hasta el último voto contará más que nunca para dibujar el resultado. Dificultarlo, ayuda.

Considero que el problema de fondo no es si cierran oficinas postales o que lo sea la administración de Correos en general, o si el correo se retrasa o es menos eficiente. No, el tema tampoco es si cuentan con sofisticadas máquinas clasificadoras de la correspondencia y con un razonable servicio de entrega, que siempre tiene sus detractores. El problema de fondo no es solo que sea quien sea el ganador, enfrente el irrefrenable declive estadounidense y los cada vez más elevados costos para retrasarlo –endeudamiento y proteccionismo– que tarde que temprano, fracasarán. Y su élite política no lo admite y su pueblo no se entera.

El problema no solo es que estas elecciones otra vez, nos muestran la cara de la decrépita élite política yanqui –que con Trump necea enarbolando castillos en el aire y en recuperar los años dorados, perdidos para siempre– apenas capaz de renovarse. ¿Otra vez Trump, de 74 años? ¿de nuevo Biden con 77? y si no ¿Sanders a sus 79? Vamos. Hillary era la chicuela de la pandilla con 72 y la opción también ya muy quemada, repitiendo. Y como alternativa Sarah Palin que no era un monumento a la brillantez y a la inteligencia y ahora esta cara renovada, pero más de salva, al menos de momento, como es Kamala Harris, porque no basta que Harris sea negra o ligada a intereses que catapulten a Biden, un tío que tampoco brilla por su inteligencia. El verdadero problema de fondo es tener un modelo electoral vetusto, del siglo XVIII, para afrontar realidades del siglo XXI.

En efecto, su sistema electoral de votar representantes que decidan al presidente, obedece a esa necesidad dieciochesca de hacerlo así por las distancias y la complejidad de conseguir un resultado electoral, pero sobre todo para condescender con las élites esclavistas y las novoinglesas renuentes, puestas para frenar, filtrar el deseo de las mayorías vía el colegio electoral que ha secuestrado la presidencia de ese país, aunque algún conciudadano de a pie la haya alcanzado, excepción que confirma la regla, ceñido a las pautas imperantes. Tal colegio existe porque cristaliza la frase de John Adams: “Las grandes decisiones no se dejan a la chusma”. Así, tenemos que da el triunfo a Trump, aunque Hillary Clinton ganara más votos populares. Nunca superaron ese sistema, no trabajaron en ello. Interesante en una nación que apuesta por la renovación, el avance y el cambio. No con su modelo electoral, que no es incluyente y democrático, sino arcaico, medido con los estándares actuales, que son los que cuentan en este caso. Y sorprende que haya tantos que no lo entienden ni lo conocen, creyendo que votan de forma directa al presidente y no es así.

Tal arquetipo hace agua desde hace 20 años atrás con el fraude de Florida. El desaguisado floridano apeló a clamar por su reforma, prometida, pero jamás ejecutada. Hoy, el apuro se junta con el COVID-19 y pese a tal, el molde peligra más por lo arcaizante que por el virus. Y por Trump sacando raja de tal. Recordemos que en 2000, el socarrón de Hugo Chávez les dijo: “si quieren mandamos tropas para que vigilen el recuento” (como EEUU lo ha hecho, soberbio e invasor, sea cual fuere la razón) respondiéndole ipso facto la malencarada secretaria de Estado Madeleine Albright, acre y tajante: “aquí no entra nadie”. La capto al vuelo. La pura ley del embudo, como siempre. Pues que su modelo se lo coman con patatas.

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