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DESDE ULTRAMAR

¡No a regresar a clases presenciales!

jueves 10 de septiembre de 2020, 20:36h
A diario nos enteramos de que en varios países se registran contagios en las escuelas. Decidieron regresar a clases presenciales y algunos parece que se regresan ya al aula virtual, al ver lo que han desatado: la contagiadera innecesaria, peligrosa, desde luego que sí. Del nivel educativo que sea. Se ha cedido a la presión de retornar al aula física allende el océano y confirmamos las peores sospechas: se incrementan los contagios. Que no hacía falta constatarlo.

Se lo podían haber ahorrado porque se supo de siempre: el contacto entre individuos, acrecienta el riesgo de contraer el covid-19. Recuerda: no hay cura para el padecimiento. Puede ser mortal y las cifras de fallecidos ahí las tenemos. En México también hay debate sobre el particular. Y podemos cometer el error de regresar a clases presenciales con la falsa idea de que el mal es menor en las condiciones actuales. Por cierto, sabemos que la enfermedad sí deja secuelas.

No se porqué se duda de todo ello, porqué se cede, porqué no se entiende que no es conveniente regresar a clases presenciales, en tanto no haya una vacuna y mejores tratamientos, más asequibles. Algunos padres de familia en México me lo externaron con toda sensatez: “prefiero que mi hijo pierda un año académico si necean con el retorno. Es que no pienso exponerlo.”. Yo añado: y donde digo alumnos, digo profesores, personal administrativo o de aseo. Todos. Nadie puede, podemos, correr el riesgo de caer enfermos por contacto con allegados por permanecer en un aula o centro escolar, de nivel maternal a universitario.

No basta que sean clases híbridas –una solución que se plantea en México para paliar así, conciencias y ceder a presiones diversas de retornar al aula física, así sea a medias– y no, no basta que acudas al salón de clase por un ratito. No se puede, no se debe. Las presiones de retorno físico provienen de sectores de todos los involucrados y están orillando a tomar decisiones equivocadas, riesgosas: lo piden alumnos, padres de familia, profesores, autoridades educativas y escolares, la industria ligada a la educación –de bolígrafos a uniformes– dueños de los centros educativos, donde algunos se piensan que están regalando su dinero a los trabajadores que sostienen las clases a distancia. Hay una solidaridad con el personal médico, sí, pero sépase que el educativo estaría pronto igual de expuesto y con menos medios de defensa si se retorna a clase presencial.

Espacios mal ventilados, reducidos, no creados para garantizar distancia social ni cubrirse estornudos, que son los más, sugerirían no insistir. Sí, queda un amplio reto: la gente sin acceso Internet. Entonces podría trabajarse el punto, pero persistir en el regreso a clases presenciales, totales o híbridas, es un error que no se queda en error: es poner en riesgo la vida de la gente. De los que acudan y lo que transporten a otros que ni acudieron y deben ser contagiados. Es ignorar la dinámica del aula presencial y no conocer a su pueblo. Punto. Más claro no puede decirse. Sea que seas portador, asintomático, o se te manifieste, contagiaras exponencialmente a más gente. No se qué parte de lo expresado no se entiende. Hay instituciones que soterradamente planean retornos creyendo que la situación se salva si regresan a su casa al enfermo. No han entendido ni un ápice la dinámica del covid-19 y los protocolos de obligada atención. Ni de cortar la cadena de contagio, que no es visible. El humor de las personas actúa; y las gotículas respiratorias no distinguen destinos. Se ha sugerido guardar silencio en los espacios públicos, en el transporte. ¿Sabe quién lo hace? La verbena popular. Ya me contará cómo obtendremos silencio en clase. Así, tipo cartujos, imposible. Y la sospecha permanente es insostenible. Al menos en México una prueba para detectar covid-19 no es asequible ni la puedes estar pagando cada vez que hay sospechas o confirmaciones de contagio en terceros cercanos. Pensar lo contrario sería la ruina anunciada. Quepa la sensatez. Entendámoslo.

En México aún no se decreta retornar al aula, pero nos lo podríamos ahorrar viendo las experiencias internacionales que a diario conocemos. Esas que no auguran éxito y salud en un retorno físico bajo ninguna modalidad hoy sugerida y con las presentes circunstancias. No merece la pena jugarle al vivo. Considero. El debate, el miedo al regreso también lo tenemos en México. El inicio del semestre académico está iniciando con retrasos, los cuatrimestres, el último de este aciago año, van en tiempo, pero el miedo que pinta a pavor es a que a medio camino se decrete el regreso físico. Y pronto se eleven los contagios. Unos dicen que cerraremos el año enclaustrados –yo no me defino encerrado, un lloriqueo políticamente encubierto, sino que el enclaustramiento me da muchas más posibilidades como para un simple y vulgar encierro, acostumbrado a recrearme una y mil veces– y otros adelantan que pudiéramos regresar en octubre o noviembre. A decir verdad, no es clara la postura del Estado mexicano al respecto. Por un lado todo indica que se transitará en línea, pero dependiendo, como es natural, de cómo se comporte la epidemia y si se notase una disminución de contagios y tal –que no parece posible– acaso a alguien se le enfríe el cerebro, crea ver lo que no hay y le parezca adecuado a su leal saber y entender que hay la oportunidad de regresar a las aulas con un riesgo mínimo. A saber. Y no es así.

Hemos visto en otros países que los niños se contagian de algo que parece ligado al covid-19, que sí son agentes de riesgo, transmisores. En México se dice que los jóvenes son quienes menos se cuidan. Esto no puedo aseverarlo, pero sí les he oído decir: “total, si me muero, pues ya”. Y son la materia prima de las universidades. Francamente, descorazonador. Y desde luego que miles sí se cuidan, para no generalizar. Las escuelas que pretenden clases híbridas se limitan a separar pupitres, no están considerando que el alumno y el trabajador viajan a ellas en transporte público, han estado expuestos a todos y expondrán al resto y que son los más entre todos los citados, siendo potenciales portadores. Si eso no importa, es complicado saber entonces qué sí importa. Nadie sabe con quién han estado ni de qué vienen. Yo me siento mucho más seguro impartiendo una clase virtual. Al menos puedo controlar con quién estuve, de la otra forma, imposible.

Y es que regresar es no entender cosas elementales y de vital importancia, nunca mejor dicho, del covid-19: 1.- No es una gripa que a quien le da, se lo manda a casa. 2.- Con una persona positiva sabida, sus contactos se van a cuarentena. 3.- No deja de ser mortal, independientemente de que tan fuerte le de a la gente, y opte por callarlo. Y lo que es peor: 4.-Todos somos sospechosos: de portarlo, de tenerlo y nadie lo sabe hasta que se manifiesta, cuando lo hace. Pues entonces tenemos esa inquietud destacada, que no morirá por mucho que se espacien los mesabancos, se guarde distancia social o se multipliquen las medidas sanitizantes. Aun así el riesgo de contagio, es total. El contacto prolongado, arriesga a todos.

Pero estas palabras diáfanas no las comprenden ciertos sectores. Muchos quieren regresar, muchos querrían escamotear la paga al profesorado, ya lo hacen algunos, donde sucede y se piensa que el esfuerzo realizado no es ni ha sido suficiente. Y estarán muy contentos con un regreso al aula, sin calibrar, sin discernir que el peligro acecha y la vida de todos, se expone. Y sin pagar nada a los que resulten contagiados. Y como profesor debo externar mi inquietud porque además bien que mal, represento a una población de riesgo como tantos colegas. Por edad y circunstancia, y debemos ser conscientes de ello. Vaya un ¡no así! al regreso. Ya están las clases virtuales, mejórense, pero manténganse de momento.

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