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TRIBUNA

El país de las incongruencias

viernes 11 de septiembre de 2020, 20:40h

Las líneas aéreas y fluviales, el transporte colectivo y ferroviario; es decir, el aire, la tierra y el mar le han dado a esta epidemia la posibilidad de transformarse inmediatamente y de manera relativamente fácil en una ecuménica pandemia que mata y nos tiene en vilo a todo el género humano. Cambiando una palabra, con tono humorístico, los argentinos podemos echar mano a nuestro célebre y sentencioso gaucho Martín Fierro (o Martín “J” Fierro, como bromeaba Borges) que al dar consejo a sus hijos, les recomendaba:

Así, como tal les digo,

Que vivan con precaución:

Nadie sabe en qué rincón

Se oculta el que es su enemigo.

En este caso, el enemigo se llama Coronavirus y la advertencia bien pudiera ser:

Así, como tal les digo,

A cuidarse cada uno:

Nadie sabe en qué rincón

Se oculta el Coronavirus.

Humoradas aparte, podemos afirmar que el martillazo de la peste golpea en el planeta de manera ecuánime a todos por igual. Aunque, por supuesto, hay sitios más vulnerables que otros. La Argentina, por ejemplo, se encuentra navegando como un frágil barquito a la deriva en medio de un terrible temporal, con índices de pobreza realmente alarmantes, ya que con una población de casi 45 millones de habitantes, más de 8 millones sufren algún tipo de vulneración en sus derechos. De este total más de 5 millones de niños pasan hambre o no acceden a los nutrientes necesarios para desarrollarse. Una espiral de desigualdad que la ausencia del Estado viene propiciando y que aún hoy no parece poder interrumpirse. Situación, que cada día se agrava y hace que si no se revierta es altamente probable que los millones de niños que viven en la pobreza hoy se conviertan en millones de adultos en la misma situación.

Salvo escasos sectores oficialistas (quizá porque no les queda más remedio) afirman sueltos de cuerpo que las cosas están más o menos bien y se empiezan a encaminar; sobre todo porque la negociación de la deuda externa ha sido relativamente exitosa, asunto que contrasta con una situación interna calamitosa, y deja serios interrogantes. Lo cierto es que la alegre y frívola dirigencia -la que ahora gobierna y la que es oposición- no tiene argumentos válidos para justificarse. Los unos y los otros han sido ineficientes (por no decir sin eufemismos malos y peores). Una dirigencia que es la misma desde hace muchos años y rota permanentemente pasando de un cargo gubernamental a una banca en el Congreso.

Esta pandemia deja al descubierto los trapitos ocultos de dos alegres y mediocres sistemas que han llevado a la Argentina al borde del precipicio. Las recetas populistas y neo-liberales han sido y son ineficientes y no sirven para superar una situación estructural que viene de años, y exhibe altísimos niveles de pobreza, cada día más agravados, con caída permanente del consumo y altos niveles de inflación; a los que se suma un deficiente sistema de salud, una tambaleante educación y una desmantelada seguridad. Vele decir que ninguna estadística es relativamente favorable.

Pareciera que somos un país sin destino donde el arco dirigente no da pie con bola, o -peor aún- no les interesa demasiado darlo y lo único que sabe hacer es beneficiarse a sí misma y aplicar más impuestos a los ya más de 160 que se tienen. La Argentina no da más y se ha convertido en una sociedad que exhibe la certeza lacerante de su decadencia. Un país que se engaña tal vez porque necesita dejarse engañar.

Duele decirlo, pero con el coronavirus está sucediendo lo mismo que con la breve y cruenta Guerra de las Malvinas y, en un terreno menos dramático, con los mundiales de fútbol. En el primer enojoso asunto, empezamos por humillar verbalmente a los ingleses y de un modo tanguero y compadre los desafiamos: “Que vengan, no les tenemos miedo; aquí los estamos esperando para darles batalla”, vociferó un alcohólico y desvergonzado militar con la convicción del vencedor de una competencia deportiva. Y así no fue.

Ya en el terreno puramente deportivo, en los últimos Mundiales de fútbol, ante una jugada sobresaliente de Messi, estábamos seguros de que obtendríamos la preciada copa jugando de perfil o de espaldas: “Tenemos al mejor del mundo, no nos puede ganar nadie”, era la jactancia popular expresada en triunfalistas términos. Hasta que nos topamos, claro, con la triste realidad; no sólo perdimos, sino que en el contexto internacional casi no contamos; salvo con algunos jugadores habilidosos. Sobre todo porque el argentino individualmente no es inferior a nadie, pero si nos juntamos más de cinco somos cinco internas al mismo tiempo, y el fútbol no es un deporte individual sino de conjunto y con sentido de equipo.

Con el riesgoso Coronavirus, como con las Malvinas y el fútbol, enfrentarlo ha sido y es una tragedia; por no decir, aplicando otro adjetivo, un bochorno. Con enjundia y una certeza casi científica indiscutible, la Argentina empezó supuestamente unificada en su dirigencia, con pocos contagiados y muertos, jactándose de “privilegiar la vida antes que la economía”, y de estar entre las mejores naciones del mundo para hacerle frente al virus; y, lo peor es que lo hacíamos comparativamente con otros países que, como es lógico se manifestaron ofendidos y pidieron una aclaración. Sin embargo, esto ha quedado muy en claro, el Coronavirus no perdona y entramos ahora en el top ten de los más contagiados, estando entre los veinte con mayor cantidad de fallecidos en el mundo.

La progresión de contagios es impresionante y desde el primer día del invierno se multiplicaron de manera aterradora y de seguir duplicándose cada veinte días llegaríamos a valores altísimos hacia fin de año. Las autoridades, como era de esperar, ya “tiraron la toalla”, como se dice en términos boxísticos y todavía no ha llegado lo peor; aunque los expertos asesores vienen hablando de un “amacetamiento”, que se niega a venir y los contradice. El “aquí está todo bajo control”, ya ha caído en saco roto. La debacle es angustiante al comprobarse que las condiciones de trabajo del personal sanitario son casi inadmisibles; tanto es así que La Sociedad Argentina de Terapia Intensiva describe en estos términos la espantosa situación: “Los trabajadores de terapia intensiva no podemos multiplicarnos. Ya éramos pocos antes de la pandemia y hoy nos encontramos al límite de nuestras fuerzas, raleados por la enfermedad, exhaustos por el trabajo continuo e intenso, atendiendo cada vez más pacientes”. Y revelan: “Ganamos sueldos increíblemente bajos que dejan estupefactos a quienes escuchan cuál es nuestro salario”. Y concluyen con desesperación: “No podemos más, nos están dejando solos”.

Ante esta situación, ¿qué quedó del triunfalista orgullo nacional de los primeros días y de aquellas comparaciones que nos ponían en un lugar de privilegio? Poco y nada como hemos dicho. Así como nunca tuvimos menos pobres que Alemania, tampoco tendremos menos muertos que Suecia, nación que nuestros gobernantes pusieron como paradigma comparativo. Ni menos contagiados que Chile, Bolivia o Paraguay, sumados a otros países de nuestra América. Esto no significa que todo haya sido una parodia. Tal vez no puede atribuirse mala intención al Gobierno ni a los expertos que lo asesoran, pero sí un mal cálculo y bastante de irresponsabilidad. Algo falló porque las cifras no mienten y contradicen. Y descalifican.

Empezamos hablando del modo argentino de leer la realidad, y concluimos que no somos los mejores; sino acaso los peores. Estamos terminando mal. Perderemos otra vez la guerra. A todos los desastres de una economía en quiebra, con tomas de tierras, sumamos ahora un conflicto laboral con la policía, que acaba de dar poco menos que un golpe de Estado rodeando y armados la residencia donde vive. Nadie puede ocultar que hay hambre, mucha hambre en “el granero del mundo”, tal como nos calificamos hace tiempo a nosotros mismos. Y ahora, encima, como si fuera poco, esta peste.

¿Existe un mal argentino, una suerte de pecado original que justifique la obsesión analítica de tantos enjuiciadores de nuestro propio país? Dolorosamente sí, y justificadamente también. En especial si pasamos revista a las muchas y contradictorias definiciones con que se pretende definir el supuesto mal argentino, donde siguen confrontando desierto versus población; catolicismo versus laicismo; partidos políticos versus partidos políticos; oligarquía versus inmigración; sindicalistas versus empresarios. Dicotomías tajantes, diagnósticos globales que se entrechocan, se vuelven confusos y, para ser piadosos con nosotros mismos, revelan que el mal argentino acaso no es un hecho histórico sino un patético y permanente estado de alma; es decir, una falta de fe y un vacío de credibilidad en una conciencia nacional y en un generoso territorio que nos ofrece todo y nada aprovechamos. Quizá, un poco como los demás ciudadanos de todo el continente, o de todo el mundo, somos buenos y malos; en nuestro caso, productos de una mezcla euroamericana que es probable nos haya condenado a esto. Eso sí, no dejamos de sacar pecho y ocultar la barriga.

En 1918, cuando vino por primera vez a la Argentina don José Ortega y Gasset, con su consabido olfato de agudo analista de la realidad, señaló grietas y complejos errores estructurales. Luego, en su tercera estadía, que se extendió desde mediados de 1939 hasta febrero de 1942, cuando se exilió de la dictadura de Franco, vino dispuesto a quedarse; aquí, en esta generosa república, tenía amigos que lo admiraban y querían entrañablemente como Victoria Ocampo, y confesó que la Argentina era “el sitio donde más fraternalmente se practicaba la amistad”. Pero sucedió que, contra todos los pronósticos, se encontró aquí marginado y atravesando la etapa más difícil y dura de su vida. Había sido víctima de la piratería editorial, y vio naufragar su intento de prolongar la obra interrumpida de la Revista de Occidente para asegurarse con ello su medio de vida. El poeta León Benarós, que compartió con él un programa de radio, lo corroboraba. “A don José lo espantó, además, advertir cómo se malentendían algunos de sus conceptos”. Esto hizo que se interrogase menos confuso que angustiado ante sus más cercanos: “¿Qué tengo yo que hacer en el centro de Buenos Aires, queréis decírmelo?”. Sin embargo, nos dejó con bonhomía y afecto sus memorables páginas escritas aquí sobre el Imperio Romano, los cursos sobre El hombre y la gente y Sobre la razón histórica y, en especial, el ensayo Ideas y creencias; a eso sumo su célebre conferencia Meditación del pueblo joven, pronunciada en la Universidad de La Plata, en cuya fórmula nos recomendó “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas, por favor…!”, donde cifra su prédica en nuestro desperdiciado país, presa siempre de una decadencia insuperable más allá de cualquier ideología o falsedad política.

En esta sazón de conjeturas sobre el fracaso argentino los escritos de Ortega y Gasset nos siguen interpelando de una manera exigente. ¿Podemos releerlos con voluntad firme y sosegada comprensión? ¿Podemos imaginar con Ortega una Argentina “a la altura de los tiempos que vivimos”? Si así fuera sería el mejor recuerdo de sus días en nuestro país y la mejor posibilidad para transformar aquel vínculo cordial en un verdadero estímulo para nuestro futuro. O quizá tristemente terminemos aceptando que somos el país de las incongruencias.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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