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TRIBUNA

Todos hacen todo mal

jueves 24 de septiembre de 2020, 20:30h

No hay, es cierto, figuras políticas impolutas o que escapen totalmente a la consideración crítica. Si nos limitamos a las carreras políticas, excluidos los monstruos que pervirtieron el quehacer público, nos quedamos con un puñado de hombres y mujeres que merecen el honor del tiempo. Winston Churchill, por su solitaria resistencia británica al triunfo avasallador de los nazis. Charles de Gaulle, por la fe en la “Francia Libre”, y más tarde, junto con Konrad Adenauer, en solidificar la alianza franco-germana como base de una Europa libre y en paz. Tampoco podemos obviar a Mijaíl Gorbachov, arquitecto de la perestroika y el glasnost, que enterraron la tiranía comunista en Europa y pusieron fin a la guerra fría en el mundo. Quizá Tito, Nasser y Nehru con sus denodados esfuerzo por afirmar una vía independiente frente al condominio norteamericano-soviético, se puedan sumar a la lista.

Yo suelo preguntar y preguntarme: ¿sería posible en un país como la Argentina una figura como Churchill, de Gaulle o Adenauer; es decir, un aclamado líder que, a su vez, fuera un sensato estadista? Me parece que no. El patrioterismo y el personalismo, unido a la excluyente partidocracia y a un horizonte localista, son una melancólica cosa despavorida que está siempre a merced de un epigrama casual, denomínense con la aporía de los gobernantes circunstanciales, que aparecen como cabecillas de bandas e incluyen a Menem, al matrimonio Kirchner, Macri y ahora el circunstancial presidente Alberto Fernández.

De tal forma y bajo estos caudillajes de la política argentina vivimos pugnando por competir con las peores del mundo. Durante esta severa pandemia que nos castiga, nunca los políticos argentinos resignaron ingresos como gesto simbólico de solidaridad. Nadie en las altas esferas se recortó el sueldo. El Gobierno, en un principio con iniciativas elogiables, huye ahora como puede de una situación que si en algún momento le dio rédito ahora lo desnuda. Es mejor acomodar la Justicia a los intereses propios, leer un mediático discurso económico al presentar el presupuesto, romper puentes entre ellos, sacarle una tajada al cómplice devenido en amenaza y disimular la falta de estrategia; en este caso prolongando una cuarentena que ya resulta hipócrita e insufrible.

Los funcionarios se enojan ante las críticas y expresan rabia si los pone ante el espejo del desasosiego. Un recurso agónico, cuando la palabra de la ciudadanía, aún enfática y vacía, no es escuchada; aunque sí utilizada para sumarles votos que eligen siempre a los mismos. Todo esto se vuelve banal ante una cruda realidad ya casi insostenible; las crónicas periodísticas describen con veracidad la situación y los argumentos para enfrentarla resultan insuficientes o vacuos ante las evidencias. La cruda realidad es que en los hospitales, se registran por noche entre tres o cuatro fallecidos por Covid 19. Pacientes que llegan con dificultad para respirar, mueren a las pocas horas y no pueden ser despedidos por sus familiares. Acto seguido, los pondrán dentro de una bolsas de plástico, que será sellada y rociada con un poderoso desinfectante; de allí a la morgue y de la morgue al ataúd en absoluto anonimato y aislamiento. Una escena afín al cine de horror de George Romero, Roman Polanski o Stephen King.

Pero hay más. Se agregan enfermeras que trabajan en dos sitios catorce horas al día y duermen apenas cuatro; médicos y terapistas que se enferman o viven aislados de su familia por temor a contagiarla. La mayoría de estos trabajadores de la salud ganan sueldos irrisorios que los obligan al pluriempleo, y se resignan sin hacer aprietes como la policía bonaerense que se le retobó al Gobierno para que les aumente los sueldos. Para tener una idea, un médico de guardia de cualquier hospital público obtiene un magro sueldo que apenas alcanza para sobrevivir. Sería una ridícula comparación mostrar los ingresos de un político o cualquier funcionario de alto rango con los de estos abnegados profesionales. Hay algo, todavía, que no cierra en una sociedad que retribuye en forma tan desigual a sus profesionales.

En el afán de hablar, cuando la situación aconseja un prudente silencio, el Presidente se permitió exponer un argumento que desató la controversia: nos hicieron creer que el desarrollo dependía del mérito, pero bien sabemos que no es tan así. La comparación es que el más tonto de los ricos tiene más probabilidades de progresar que el más inteligente de los pobres. Muchos liberales se rasgaron las vestiduras defendiendo la meritocracia, sin advertir las razones del doctor Fernández (¡vaya descuido!). Para comprobarlo, basta echar una mirada a los médicos proletarizados: están entre los más inteligentes de los pobres, pero no podrán progresar. Están condenados tal vez por saecula saeculorum. Lo que permanece en la opacidad, es quiénes son los más tontos de los ricos.

Así, de un modo absurdo se sigue generando una lamentable fisura. Vemos una sociedad separada entre los que sufren y los que se desentienden. Por un lado, los afectados por la peste sumando enfermos terminales, con familias enteras que se contagian y algunos mueren, junto a médicos y auxiliares; los que perdieron el trabajo; los que no pudieron sostener su pequeña empresa y se arruinaron; los pobres y los hambrientos, que ocupan tierras instalando una carpa para protegerse de las inclemencias del tiempo y suelen ser manipulados por delincuentes. Del otro lado, aquellos que quieren disfrutar de la vida o seguir con sus actividades y negocios mirando para otro lado, con mucha o total indiferencia, como si nada estuviera sucediendo. Intelectuales, militantes y periodistas que siguen cavando una grieta enmascarados en los atuendos de neo liberales o populistas para seguir representando una obra teatral que si antes era vana ahora es menos absurda que patética. Y trágica.

Las clases medias, aunque no puedan hacerlo, sueñan otra vez con emigrar. Se desilusionan con un país que cada día se desbarranca un poco más; intentan escapar de la frustrante desilusión. Hay algunos, los más acomodados, que cruzan el Río de la Plata y huyen al Uruguay. Por otro lado, la cuarentena, que ya no existe porque nadie la cumple, acaba de extenderse. El anuncio, a través de un video, fue breve y despersonalizado; la enjundia presidencial del comienzo se ha desdibujado, mientras que hace poco era un acontecimiento presidido por las más altas autoridad de provincia y capital, que suscitaban la atención de la sociedad y otorgaban cierta confianza. La caída del liderazgo lleva fatalmente al desamparo. Y esto ocurre en el peor momento, cuando pareciera que las palabras empiezan a agotarse y las excusas se vuelven oportunistas y ridículas.

Los de arriba están otra vez descolocados ante la debacle; las clases populares atravesadas por un momento dramático; a la vez que manipuladas por mafias y apenas contenidas por subsidios y movimientos sociales que ya empiezan a desbordarse. El principal factor de desaliento es que las medidas de intervencionismo cambiario conocidas suponen un retroceso que ya está llevando a la Argentina a sufrir algunas de las mismas consecuencias que se hubieran producido si se confirmaba un default como el que se evitó hace apenas un mes, con la renegociación de la deuda pública.

En efecto, ya empieza a peligrar el crédito internacional para las empresas privadas; sobre todo porque se han terminado los dólares para pagar los insumos importados y el crédito local para prefinanciar exportaciones. Las tarjetas de crédito argentinas ya son casi inservibles en el extranjero y cada vez más compañías internacionales proyectan irse del país. En tanto la inflación sigue y para ir tirando se imprime moneda desmesuradamente a lo loco, sin respaldo financiero. El peso argentino ya ni en el Uruguay es aceptado. Toda esta situación se proyecta sobre una endeble economía. Los bancos y los banqueros; en fin, todo el aparato financiero cada día prevalece más sobre el productivo.

No hay que buscar culpables ahora ni tampoco quejarse por los anteriores; en la Argentina todo lo que vienen resta y “lo malo es superado por lo peor”. El enojoso asunto viene de lejos, de muy lejos. Doce años de kirchnerismo y cuatro de macrismo -los más recientes- no acomodaron nada; sino todo lo contrario. Ahora bien, ¿esta política puede ayudar a resolver una crisis ética, moral y económica como la que tenemos, la cual se inscribe en un problema de ya muy larga duración; vale decir, de demasiados años de estancamiento que ya tristemente prometen ser infinitos? De unidad nacional no se habla, el objetivo de unos y otros, de tirios y troyanos, es un profundizar una grieta que ya es abismal. Y cada día más.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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