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TRIBUNA

Guidarello Guidarelli dorme supino con le man conserte…

jueves 01 de octubre de 2020, 20:33h

Plotino, el fundador del neoplatonismo, que floreció en Alejandría en el siglo III, se negó a que ningún escultor tallara su busto, ya que él se consideraba una sombra (“solo los arquetipos son reales”, conjeturaba) y una escultura no sería sino la sombra de otra sombra, como también lo es por extensión todo retrato del retratado, según lo confirma don Luis de Góngora, al festejar con humor a un pintor al que consideró (en broma, claro) el usurpador de su imagen: “Hurtas mi vulto y cuanto más le debe / a tu pincel, dos veces peregrino… / Belga gentil, prosigue el hurto noble”, exclama en memorables endecasílabos. Desde el punto de vista de lo eterno el dictamen parece justo; el polímata y teólogo Blas Pascal lo repetiría luego con idénticos conceptos. Otro de los conflictos que presentan los retratos, me parece, es que sobrevivirán al modelo y es probable que lo remplacen. Los mármoles y los bronces, los óleos y los carbones acaso perpetúan lo fantasmal que queda de una vida.

He visitado un par de veces la Academia de Bellas Artes de Ravenna para admirar el cenotafio del condottiero Guidarello Guidarelli y me he sentido deslumbrado ante la perfección de esa escultura. Fue tallada por Tullio Lombardo hacia 1572 y la belleza de la obra maestra radica esencialmente en la dolorida expresión sensual de su rostro y del cuerpo ya abatido, con los brazos exánimes sobre su espada como melancólica sombra de una derrota inapelable; una sombra de mármol blanco que en su agónica expresión ha venido enamorando mujeres con el paso de los siglos. En esa efigie, perduran la resignación y el drama de la existencia, junto a lo aciago y misterioso de la muerte.

Guidarello Guidarelli, fue un romántico personaje, de nombre musical y vibrante, que acaricia el oído; dueño de una curiosa existencia. Había nacido en Imola, hacia la segunda mitad del siglo XV, en el seno de una familia acomodada de raíces toscanas, y de muy joven abrazó la carrera de las armas; pero, a pesar de sus muchas hazañas, no quedó en la historia por ellas, sino que se transformó en una leyenda de muerte, perdurable en su preciosa efigie. Su biografía, sin embargo, da cuenta que recibió la insignia de caballero de manos del emperador Federico de Austria, y en 1486 fue herido mortalmente durante una batalla que tuvo lugar entre Florencia y la Serenísima, cerca del lago Bientina. Las lesiones no comprometieron su futuro de guerrero; en cuanto a la dramática leyenda que lo rodea, inspiró hacia comienzos del siglo XIX, al exquisito poeta Gabrielle D’Anunzio, que visitó su sepulcro, un conmovedor soneto, que no resisto la tentación de reproducirlo completo (lo haré hacia el final, en su lengua de origen y mi lector podrá recurrir al traductor Google para traerlo a nuestro español, aunque no es de difícil entendimiento, así creo, en el sonoro dialecto de Dante Alighieri; también propongo buscar las imágenes de Guidarello Guidarelli, para que sirvan de ilustración a lo que aquí expongo).

Ampliemos la historia de nuestro condottiero. En el inicio del siglo XVI, Guidarello estuvo al frente del asedio de Marradi y participó con algunos capitanes de fortuna en un consejo de guerra celebrado en Verona, donde fue nuevamente condecorado. Combatió luego en las tropas del lujurioso Papa Alejandro VI, de la familia Borgia, destacándose también, no mucho después, como uno de los jefes para luchar en las huestes venecianas, que se enfrentaron al Imperio Otomano. De regreso a su tierra como un héroe, Guidarello siguió al servicio de la Iglesia combatiendo bajo las órdenes directas de Cesare Borgia, el hijo del Papa Alejandro VI. Pero subrepticiamente, cambiando de bandera, al parecer fue el espía que informó a los venecianos sobre los movimientos del Ejército Papal en Romaña, y acaso por esta acción la historia oficial lo condenó para siempre minimizando sus méritos.

No mucho después se alzó en armas, y a la cabeza de una veintena de ballesteros, realizó un fracasado ataque contra Faenza, que lo condenó a una mayor indiferencia. Esta, quizá, fue una de las últimas acciones porque en marzo de 1501, en Imola, las míticas Parcas decidieron cortar el hilo de su aún joven pero intensa vida guerrera, y esto hizo, además, que Guidarello Guidarelli no pasara a la posteridad por sus heroicas gestas en el campo de batalla, sino por haber sido protagonista de un hecho insólito y ya muerto, de una leyenda urbana que se hizo inmensamente popular entre los habitantes del norte de Italia. Y extendida al mundo, pues sigue siendo, desde su escultura, el emblema del seductor, y del amante sufrido. La leyenda atribuye que un beso en los labios de Guidarello dado por una mujer, confiere felicidad en el amor.

El hecho decisivo que dio origen a la leyenda sucedió durante un carnaval, cuando a la espera de lanzar el ataque decisivo contra Faenza, Cesare Borgia se deleitaba en Imola montando sus pasatiempos favoritos: torneos de pelota, corridas de caballos y festivales de máscaras, que concluían en bacanales o saturnales. Precisamente con motivo de un gran baile, Guidarello Guidarelli resultó herido de muerte; no en el campo de batalla, sino de un modo falaz e indigno. El rumor más acreditado cuenta que el condottiero le prestó una “camisa de seda” a un colega llamado Virgilio del Romano para una fiesta enmascarada (aclaremos que las prendas confeccionadas con “seda” traída de China, eran en aquellos tiempos de altísimo valor; con cotización que quizá superaba al oro). Pasados los días, bajo cualquier artimaña, del Romano se negó a devolver la camisa a su dueño. Guidarello se la reclamó con firmeza haciendo estallar una disputa que los llevó a batirse en un duelo, donde nuestro personaje fue herido de muerte de un modo artero, pues habiendo desarmado a su rival, le dio la espalda perdonándole la vida; este aprovechó entonces para acertar con su estocada. La agonía duró tres días, que a alcanzaron Guidarello para dictar sus últimos deseos pidiendo, entre otras cosas, ser enterrado en la basílica de San Francisco, cerca de la tumba de Dante. Murió en la casa de su amigo Penserio da Passatello, mientras que el vil asesino, por su acto indigno, era ejecutado públicamente por decapitación.

A partir de allí se ha escrito mucho sobre Guidarello Guidarelli, ha inspirado a poetas y estimulado la imaginación femenina. Las conclusiones, sin embargo, no dejan de ser polémicas. Según algunos cronistas de la época, su muerte no acaeció como consecuencia del duelo, sino que tuvo lugar durante un enfrentamiento bélico no especificado. Otros plantean la hipótesis de una venganza de su señor Cesare Borgia, llevada a cabo a través de su aliado provisional Paolo Orsini, Duque de Bracciano (no en vano, el príncipe Borgia, de origen español y su hermana Lucrezia, han pasado a la historia como hábiles protagonistas de envenenamientos, conspiraciones e intrigas). Sea como fuere el manto de la leyenda romántica se apoderó de los hechos poco después que el escultor Tullio Lombardo tallara su efigie. Este artista, destacado por la belleza de los rostros en sus monumentos funerarios, decidió retratar al condottiero como si tuviera 33 años (la edad de Cristo), a pesar de que Guidarello Guidarelli debía rondar los cuarenta cuando se sumó a los más.

Su amante esposa Benedetta del Sale fue la encargada de cumplir con el testamento de su marido. El sepulcro, inicialmente apoyado sobre un arca antigua, permaneció hasta 1664 en la segunda capilla de la iglesia, conocida como San Liberio; luego se trasladó a la sección reservada para hombres ilustres en San Francisco, y en 1827 sus restos fueron depositados definitivamente en la sede de la Academia y unidos a su cenotafio. La última mudanza tuvo lugar en los años setenta del siglo pasado, cuando se decidió la ubicación central que ocupa en la actualidad.

La estatua sepulcral es espléndida y tiene su principal punto de atención, como ya he señalado, en la cara y su mueca postrera de dolor que, es probable, fue copiada por su artífice de su mascarilla mortuoria. En ella se percibe una melancolía que se abate en fatiga y desasimiento del mundo. Los ojos, casi ocultos tras los graves y entrecerrados párpados parecerían proclamar que no hay nada que valga la pena de ser contemplado en este mundo de apariencias. Un sentido trágico de la infinita vanidad de todo, de la inutilidad de los goces y sinsabores humanos, trasciende de toda la vencida figura agonizante, la cual irradia a la vez un sentimiento todavía más trágico que la desesperanza soledad del hombre. También las manos que reposan inertes sobre el pecho, encima de la espada, hablan de desaliento y renuncia. Esas manos que han aferrado la lanza y, seguramente, con igual apasionamiento acariciaron torneados cuellos de preciosas damas y trenzas orladas de perlas y almizcles, y son ahora, en nuestros días, la imagen vibrante del vacío y la angustia; al igual que las facciones, provocadoras de un movimiento espontáneo de congoja y duda de que el mismo espíritu, víctima de la desesperanza, será corroído o aniquilado. El destino quiso que se transformase, merced a esta magnífica escultura, en una vida sin origen ni tiempo; es decir, en un mito. Toda una guirnalda de historias de amor y fantasías se entretejen desde hace siglos en torno al difunto condottiero. Pero el personaje Guidarello Guidarelli, vestido en su armadura, con la espada sobre el pecho y las manos unidas sobre el acero, ha conquistado el privilegio de no oír definitivamente nada y escudarse en su sola leyenda.

Venciendo el paso del tiempo, Guidarello Guidarelli sobrevive airosamente en esa boca tallada por el buril de Tullio Lombardo con una sensualidad tan asombrosa que lo han hecho un emblema del amante melancólico, hasta el punto de hacer que mujeres llegadas de todo el mundo, fieles a la leyenda, se arrodillaran para besar (algunas apasionadamente), esos labios de mármol, retrato del amor y de la muerte, que se fueron gastando, precisamente, beso tras beso y obligaron a las autoridades de la Academia a dictar una prohibición. Entre otras cosas porque los empleados debían eliminar, día tras día, los trazos de colorete que manchaban la boca del condottiero. Una cinta infranqueable separa ahora al héroe de sus enamoradas.

Cierro esta reseña con lo prometido, el inmortal soneto del poeta Gabrielle D’Anunzio. Agrego que yo le debo a mi amigo, el siempre recordado y admirado poeta Norberto Silvetti Paz, el haberlo aprendido de memoria al oírselo recitar tantas veces; también Borges y Silvina Ocampo lo sabían de memoria. Es un soneto perfecto, modelo de lirismo puro y, sin duda, conmovedor.

Ravenna, Guidarello Guidarelli

dorme supino con le man conserte

su la spada sua grande. Al vólto inerte

ferro morte dolor furon suggelli.

Chiuso nell’arme attende i dì novelli

il tuo Guerriero, attende l’albe certe

quando una voce per le vie deserte

chiamerà le Virtù fuor degli avelli.

Gravida di potenze è la tua sera,

tragica d’ombre, accesa dal fermento

dei fieni, taciturna e balenante.

Aspra ti torce il cor la primavera;

e, sopra te che sai, passa nel vento

come pòlline il cenere di Dante.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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