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AL PASO

Leamos a Azorín

Juan José Solozábal
martes 13 de octubre de 2020, 20:26h

Rara vez defrauda Azorín. Yo, que sigo la recomendación de Vargas Llosa, uno de sus más penetrantes conocedores, pues algunos no han podido superar el falso señuelo dejado por Ortega, que lo calificó, condescendientemente, de escritor primoroso, echo a la maleta un libro suyo cuando salgo de viaje, no importa el destino ni la duración del trayecto. La cuestión consiste, cuando se lee al maestro, en superar la pregunta inevitable, esto es, la de saber, si el escritor añora el pasado, esto es, si es un reaccionario, o si lo único que pretende es sacar lecciones de nuestra historia, impedir que la decadencia nacional se ahonde y haga la recuperación imposible. Este es el planteamiento que ofrece el profesor Paulino Garagorri en su excelente edición del libro de Azorín de 2004 Política y Literatura, pero que me parece de corto recorrido, resuelto como está por el maestro en el artículo en el que glosa la intervención del Duque de Mandas, don Fermín Lasala y Collado , a la sazón embajador de España en Londres, “Don Alonso Quijano en Londres”. Los sueños y visiones quijotescas se han convertido en elevados idealismos y nobles aspiraciones. “España marcha de acuerdo con las modernas demandas de la nueva vida y el progreso: ahí están Vizcaya, Cataluña y Zaragoza. España es un país feliz, contento y próspero”. Como quizás recuerde el lector de este artículo, don Fermín Lasala y Collado fue un importante político donostiarra, cuyo libro Ultima etapa de la Unidad nacional. Los fueros vascongados en 1876 (Madrid 1924) es imprescindible para entender la historia vasca, especialmente la guipuzcoana, del periodo de la industrialización (mejor decir industrialismo vasco) del último tercio del XIX.

Lo que sorprende de Azorín es su capacidad para resaltar figuras o asuntos, que se encuentran descuidadamente marginados, pero que merecen una posición central en el marco nacional. Puede tratarse, por ejemplo, de don Francisco Pi y Margall, a quien descubre visitando, con su mujer, una exposición de pintura y que le da pie para elogiar su republicanismo honrado y acendrada españolidad. “Don Francisco Pi y Margall es uno de los intelectos más límpidos, coherentes y lógicos que nos ofrece la España contemporánea”. Otra vez Azorín puede referirse al pluralismo constitutivo español, que entiende perfectamente y cuyo reconocimiento retrotrae a Gracián en el siglo XVII, que contraponía la facilidad para gobernar Francia y la dificultad para hacerlo en España, donde las provincias son muchas, los climas encontrados y las naciones diversas. En otra ocasión, y ocupándose de Costa, cuyo horizonte de europeización comparte, elogia la obra de los letrados como personal ocupante de la administración más eficaz que España conociese precisamente en la época que Azorín, como Costa, añora, que es la de los Reyes Católicos. También en este momento Azorín recupera un elogio de quienes prefiguran un estado de leyes que no tiene desperdicio y que habría encantado a don Manuel García Pelayo. Pensando, dice Azorín, en los hombres insignificantes que nos gobiernan, trae cuenta mentar las palabras de Hurtado de Mendoza en su libro famoso sobre la Guerra de Granada: “Pusieron los Reyes Católicos el gobierno de la justicia y cosas públicas en manos de letrados, gente media entre los grandes y pequeños, sin ofensa de los unos ni de los otros, cuya profesión eran letras legales, vida llana y sin corrupción de costumbres; no visitar ni recibir dones ; blandura y humanidad en su trato; juntarse a horas señaladas para oír causas o para determinarlas, y tratar del bien público”.

Pero quizá lo que seduce sobremanera en Azorín es su capacidad para sorprender, distinguiéndolo del transcurrir cotidiano, un momento singular que no ha de repetirse y que ya solo permanecerá, inolvidable, en nuestra memoria. Se trata de una de esas sensaciones que nos hacen pasar en dos o tres segundos siglos de vida. Azorín se refiere al encuentro de Larra y su amada, que resulta fatal para el escritor, que se suicida inmediatamente después. Lo que ha ocurrido entre Larra y esa mujer es inefable: hay estados de espíritu que no pueden ser exteriorizados con palabras. “Hay cosas que no se puede ni se podrán expresar jamás. Vosotros habréis encontrado en un tranvía, en un teatro, en la calle, una mujer cuya sola vista os ha revelado un mundo desconocido; una mujer que presentís que os pertenece y que su vida es paralela de vuestra vida y que sin embargo desaparece sin que vosotros hayáis tenido fuerza para retenerla a vuestro lado. ¿Cómo expresareis lo que habéis visto en esa mujer y lo que os ha hecho presentir?”. Es inexpresable lo que Larra ha sentido cuando su amor supremo se ha ido de su despacho para siempre.

Igualmente seduce la evocación que hace Azorín en otro sitio, Los valores literarios, 2013, del encuentro que tuvo lugar de regreso a su villa de origen, en la que iba a morir, entre un don Quijote declinante, (vencido, dice Cervantes) y el caballero don Alvaro Tarfe. Pocas horas duran sus relaciones en la venta en que ambos, y Sancho, moran. El relato de Cervantes, en la segunda parte del Quijote le sirve para ajustar cuentas con el falsario Avellaneda, pero esto no nos interesa aquí. Al día siguiente, Don Quijote parte para su pueblo, nunca nombrado, como sabe el lector, y don Alvaro para Granada (“Buena patria”, dice Cervantes). Juntos fueron hasta cosa de media legua de la venta. Se abrazaron y cada cual siguió su diferente camino. Ni uno ni otro caballero habían de verse más.

Estos minutos, insignificantes al parecer, que son irrepetibles dejan, dice Azorín, una estela de melancolía dulce que no dejan los clamorosos sucesos. Puede tratarse de unos días junto al mar o una montaña o una visita rápida a la vieja ciudad; o el conocimiento inesperado y grato de alguien al que no hemos de volver a ver. “Delante de nosotros se abre el camino de la vida; Nos detenemos un instante y luego proseguimos, inexorablemente, la marcha”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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