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TRIBUNA

El drama de la Argentina

lunes 02 de noviembre de 2020, 20:35h

Hoy, de frente a una pandemia que tiende a desnudarlo todo, el circo de la política se torna cada vez más insufrible en la Argentina. Nada encaja con nada y una debacle de poderes se enfrenta haciendo equilibrio sobre una cornisa. En su brillante ensayo sobre el conde de Mirabeau, don José Ortega y Gasset conjetura que hay dos clases de hombres, “los ocupados y los preocupados”, y advierte que “pensar es ocuparse, es preocuparse de las cosas, es interponer ideas entre el desear y el ejecutar”. También advierte que la preocupación interna puede llevar a la apraxia, una enfermedad que niega la posibilidad de hacer algo fuera de un contexto; en este caso social. “Por lo tanto -sigue explicando Ortega-, el político es, en efecto y casi siempre un poco enfermo. Es, como Mirabeau, o como César, un animal de espléndida fisiología cuya moral, psicológicamente, representa una preocupación intrínseca, puesto que implica el freno de nuestras impulsiones hasta determinar si son debidas o indebidas”. En el hombre corriente el acto no se dispara tan rápidamente después de deseado, sin dejar tiempo para preguntarnos si su hacer es una cuestión moral, o si su actuación es buena o mala; para ver, sobre todo, su perfil ético. Ortega sostenía, en resumen, que el político para ser eficaz debe “tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación para lograr la convivencia armónica de sus habitantes”. Vale decir, ante una ciudadanía que depositó su voto creyendo en él y en sus propuestas.

Entre nosotros, la vida de un político cambia de aspecto en el momento en que empieza a actuar como funcionario al servicio de los intereses colectivos. En el cauce de la publicidad, de dilatadas riberas, parece aquel torrente vital que de lo único que trata es de ganar sus propias dimensiones y con ello un curso de ritmo egoísta y fértil para sí mismo; pero poco o nada pródigo para los demás ni para su país. En las últimas décadas asistimos a las situaciones más aberrantes, oímos las declaraciones más disparatadas y el nivel de la crítica es siempre débil, expresada con lugares comunes a través de un periodismo militante que echa agua para el molino que representa; sin juzgarlo bueno, malo ni más o menos discreto. Y, duele decirlo, a favor del mejor postor.

Aunque nunca entendimos muy bien de qué se trataba, tal vez haya llegado el momento de hacer “la crítica de la crítica”, como proponía Octavio Paz. Por otra parte, nunca nos preocupamos demasiado si las comodidades ideológicas nos eran favorables o nefastas. El peronismo, con su posición siempre ambigua, emanadas de su líder a través de la “doctrina social de la Iglesia”, nos propuso un reformismo moderado, contemporizador, un poco disfrazado de socialismo, unido al más decidido anticomunismo y al rechazo de toda forma decisiva de cambios estructurales, muy cercano al fascismo italiano. Luego la antinomia neoliberalismo-populismo, dos caras de una casi idéntica monedad, se entrecruzaron en un duelo fatuo con espadas de papel que nunca definió nada y cada día nos humilla más como ciudadanos y como país.

Lo cierto es que las cosas se agravan y para salir del caos es necesario encontrar un rumbo que nos solidarice con un proyecto, para no seguir pedaleando en el aire ni hacer todo el tiempo malabarismo ante el precipicio. Vivimos escuchando que no queremos ser Venezuela ni Cuba, pero nadie hace nada en el sentido contrario y una brecha que cada día se agranda más nos distancia de cualquier posible solución.

La República Argentina no es menos misteriosa para mí que mi propia vida o que el universo. Hacer comprender a los otros lo que uno mismo no comprende es muy arduo o, mejor dicho, es imposible”, dice con lucidez Borges en un texto que me dicto hacia principios de 1984 para un libro que llevaría el menos prometedor que contradictorio título de La maravillosa Argentina, y quedó trunco luego de la lectura del fulminante prólogo.

Han pasado los años y los grandes beneficios que la naturaleza le otorgó a este suelo de aires atlánticos se han ido malgastando. El generoso territorio de ríos navegables, de clima casi nunca impiadoso, de incesante inmigración extranjera, de exquisita tradición cultural, de progresista clase media que define a un país, parece sólo una caricatura de lo que fue. Hacia fines del siglo XIX y principios del XX había personas que en Lima, Santiago de Chile o Bogotá pensaban en nuestra calle Corrientes o en el Abasto como nosotros antes pensábamos en el Barrio Latino o en la isla San Luis. ¡Qué lamentable nostalgia! Nos sentíamos más cerca de París y de Londres que los españoles. Aquí, en Buenos Aires, Rubén Darío con el aporte de su compadre Leopoldo Lugones, fundó su Movimiento Modernista. Hoy vivimos una decadencia preocupante que abarca todos los estamentos sociales con un índice de pobreza que supera el 40 por ciento y donde el 48 por ciento de los niños están en esa condición y más de un 10 por ciento se encuentra en situación de indigencia; en fin, cifras que estremecen en un territorio que podría alimentar a más de 300 millones de personas.

Mejor no seguir barajando números ni comparaciones. Todo anda mal y eso quiere decir que algo está fallando entre nosotros. Las corporaciones en tanto siguen haciendo alarde de poder, aunque el poder no lo tiene nadie y la anarquía reinante enfrenta grupos que deberían unirse para bajar estos índices espeluznantes.

¿A qué rememorar recientes sucesos como el avance sobre la propiedad privada, que hasta puede tener explicación si se muestran los bajísimos índices habitacionales? Ningún gobierno en los últimos cuarenta años hizo nada para paliar esa dolorosa situación. La dirigencia, en tanto, sigue haciendo alardes de fuerza ante una nada que los enfrenta con la mácula del pasado por delante. Todos son complacientes o cómplices, y siguen cobrando altísimos sueldos y disfrutando de prebendas; esto abarca a todos los poderes desde el político, el judicial, el gremial y empresarial. La pobreza, la indigencia y la inseguridad siguen creciendo en un país que no tiene moneda y, por consiguiente, en el medio del caos busca dólares y cada día se diluye más.

Hemos escuchado recientes declaraciones de políticos de todos los colores; todos ofrecen una solución, pero nadie soluciona nada. Hemos leídos cartas donde los responsables de muchísimos desastres intentan despegarse de sus felonías. El ataque a la inteligencia es siempre una señal de máximo peligro. En los primeros tiempos del peronismo, Borges fue dejado cesante de su modesto puesto de bibliotecario municipal y rebajado a la denigrante tarea de inspector de gallineros. Era una señal clara de lo que venía. Un gesto de humor negro de un sistema que empezaba a expresar su resentimiento. Lo que vino después nunca fue mejor, y así seguimos de tropezón en caída. Ni hablar de los últimos veinte años donde el precio de la soja nos puedo haber convertido en potencia mundial.

Pero aquí todo se desaprovecha. Los populismos baratos y los neoliberalismos obsoletos a través de una dirigencia mediocre y nociva nos sigue vendiendo papelitos de colores. Nadie sabe hacia dónde vamos. El drama de la Argentina está a la vista. La caída ya forma parte de una tragedia shakesperiana. “Pensar es ocuparse, es preocuparse de las cosas, es interponer ideas entre el desear y el ejecutar”. A esto deberíamos agregar la advertencia que nos hizo cuando vivió aquí, entre nosotros, don José Ortega y Gasset: “Argentinos a las cosas”, de una vez por todas, me permito agregar yo con mi correspondiente derecho a una incierta esperanza.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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