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DESDE ULTRAMAR

EEUU en clave electoral: embrollo e impasse

jueves 05 de noviembre de 2020, 20:44h

“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos …estamos embrollamos”. Así parafraseo la mítica y popular frase “We the People of the United States…” plasmada en el proemio de la constitución estadounidense de 1787, pues en esas andan y mantienen en vilo al planeta entero. Esto ya es un sinvivir, como está sucediendo.

Pues sí, es lo que hay al momento de enviar a Madrid mi entrega semanal, debiendo cortar la espera porque no puedo ya aguardarlos a ver si cantan el resultado final. No hay ganador de momento en las elecciones presidenciales estadounidenses y tales amenazan judicializarse, con lo cual se mancharían porque llegarían al resultado final cuestionadas, revueltas y retadas, además, por las bravuconadas metalegales de Trump. Las elecciones estadounidenses son ejemplo para tantos y tienen entre sus méritos el de ser aquellas de una república democrática moderna, la más antigua, cuya continuidad no ha sido interrumpida desde 1787 y que aporta entonces pormenorizados datos del comportamiento y trayectoria seguida por más de dos centurias, mas no puede contra una realidad: la lucha por el poder cueste lo que cueste. Después de todo hablamos de la primera potencia mundial.

¡Qué cruz es Trump! Que los sepan los lectores: podrá tener una aceptación razonable dentro de su país, pero es plomo derretido fuera de él y ha dañado severamente la de por si siempre cuestionada imagen de los Estados Unidos. Sus calentones de boca no le ayudan, desde luego. Y sí, hay que verlo desde adentro, no desde lo que quiera el mundo como resultado de estos comicios, lo que no es óbice para identificar las carencias un modelo electoral que no es justo y donde los demócratas no arrasaron. Un modelo atrapado entre un sistema anquilosado, anacrónico de usanzas dieciochescas evidentemente vetustas, justificadoras del elitismo fundamental de su democracia, como es el colegio electoral –porque las grandes decisiones no se dejan a la chusma, dijo John Adams– y uno que apuesta audaz a proteger a los electores del COVID-19, aunque no de las chapuzas de Trump, que vaya que es chapucero. Y a muchos nos da repelús que Trump se reelija. No encontramos motivos de simpatía para tal.

Esta vez y a diferencia de otras ocasiones, no ha fallado el modelo electoral por un fraude como el de 2000 en Florida ni por el baturrillo que pudiera provenir de compra de votos o del dinero a cántaros depositado a un candidato, como para abonar a que se dude de que al presidente lo elige el pueblo llano sino el apoyo de ciertos empresarios monopólicos, como también ya ha sucedido. No, esta vez ni siquiera lo empaña el caos electoral derivado del COVID-19 y las amenazas de torcer el voto desde la insaciable ambición de Trump y la pandemia no ha incidido del todo en el devenir de los acontecimientos ni en la valoración de la gestión médica trumpista, pues resulta valioso el proceder impulsando el voto anticipado y el control de casillas en tiempo de peste, cosa loable que el mundo observa para replicar pronto. Pero el modelo electoral visto revela problemas alarmantes.

Un modelo que llevan años clamando por cambiarlo, por la urgente modernización que nadie emprende y que al no mudarlo, esta vez parece que ya dio de sí por insostenible en su razón dieciochesca de ser, dificultoso, rayando en errores y baches que aunque evidentes y excluyentes, se justifican en el excepcionalismo americano, de dormirse en sus laureles y presentarse infalibles. No basta decir que nació con el alma americana. No, su existencia está forzando otra cosa: que se corrompa la manifestación verdadera de la auténtica voluntad popular favoreciendo a gamberros como Trump y no el voto. Si el que llega no gana el voto directo, anticipa poca equidad, no revela el sentir popular. Su sistema electoral está escacharrado. Va estropeado.

No es un modelo electoral de simples catarsis momentáneas. No. Es uno que anticipa el posible triste papel desempeñado por Trump y un elocuente futuro le espera a su país, ya se ve. Lo dicho: no es que Biden venda piñas, pero el mundo merece un respiro dejando atrás un burro en cristalería, un tipo muy peligroso ahora reelegido –de suceder– y ya sin límite alguno más que sus berrinches, locuacidades y arranques que ahora podrían ser más que tuiteros. Y si no ganara, peligrosos hasta el último día de su aciago mandato. Dios bendiga al mundo, guardándolo, y si le queda tiempo, a “América”. World first (el mundo, primero).

Las pocas ganas de enmendarlo compromete la idea yanqui de dar lecciones de democracia a quien se deje y se encandile con ellos. Eso es lo importante. Y es que estamos azorados ante un modelo electoral que fluctúa entre su anacrónica estructura a donde uno de sus candidatos, que es el mismo presidente, para más inri, además, va descalificando atrabancado a su sistema electoral y clama fraude por las cifras de su triunfo; y el otro dice que nadie les robará la democracia, como si tal lo hicieran personas ajenas, extraterrestres y no ellos mismos. Poca autocrítica y mucho confeti. Vemos un modelo donde las argucias de Trump pidiendo detener el conteo desfavorable a su causa intentan frenar el voto adverso y convoca apoyos de ultras y supremacistas que reaccionan amedrentando electores y ya desquiciado, solo enloda la propuesta de democracia estadounidense. Sume usted la innegable decrepitud de su clase política herrumbrosa, incapacitada para renovarse, que te propone como alternativa al de 74 a uno de 77, donde la chicuela Clinton suma 73 y enarbola como opción a Sanders, el de 79. No es que sea un crimen, pero sí revela graves problemas estructurales y de renovación de liderazgos. Que todo no se disfrace de libertad incombustible y democracia cegadora, ya que luce vetusto e ineficaz en el siglo XXI.

El impasse causado por esta contienda electoral deja al mundo en vilo, naturalmente, mientras el panorama pasa de la incredulidad y la tensión al bochornoso espectáculo que están dando, evidenciándose. Con Trump ciertas deformidades culturales no nacieron, solo afloraron demostrando que jamás se fueron. Es un volver a empezar sobre lo ya labrado. Así, lo malo no es una sociedad polarizada, sino una que no ha extirpado su racismo y su discurso excluyente, salpimentándolo todo el tiempo de negacionismo a su ser, de justificaciones interminables y de vanaglorias fatuas. Una sociedad que permite regodearse en su supuesta precisión y perfección, no tiene que agradar al mundo, dicho sea y queda expuesta a ser señalada y para mal. Quienes miramos el desbarajuste resultante, haciéndolo desde países que han trabajado por optimizar, modernizar su sistema electoral, mejorándolo en boletas, conteos, rapidez resultante, datos y la paz necesaria para efectuar elecciones, recargadas de diversos candidatos y variedad de partidos fuertes, con alternancia probada y conjurando sombras de autoritarismo, golpismo y militarismo, más la inclusión de la mujer y hasta con presidentas; todo lo cual conlleva superación notable en su conjunto como sucede en tantos países de América Latina, invadidos por Estados Unidos o cuestionados por tal en sus fundamentos democráticos, no evadiremos señalar que ante el panorama ofrecido el 3 de noviembre, se autodescalifica Estados Unidos para dar lecciones a nadie.

Es que cariacontecidos, desde México también rechazamos aseveraciones provenientes de allá donde asumen que los hispanos no votan tanto porque de donde provienen, su voto no vale. Qué pobreza de conceptos, qué desconocimiento de los avatares y defensa de las democracias que hemos edificado en América Latina por 4 décadas, quien más y quien menos. Que no se equivoque nadie desde Estados Unidos: no todo es solo Cuba y Venezuela, si es que desde las playas de Miami la ceguera no deje ver otra cosa. Y si no votan más, será cosa de ellos. Y tal vez por no ser insultados por expresarse en español, como les sucede. Entrados en gastos: gane quien nunca llegará el socialismo a Estados Unidos ya que su sistema capitalista, lo impide. Aunque de la boca de alguien salga esa palabra. Podrás tener vena social, que es otro rollo. De socialismo, nada. No confundamos conceptos.

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