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AL PASO

América, maestra

Juan José Solozábal
martes 10 de noviembre de 2020, 20:01h

Ya sabemos que no debemos confiarnos, que las dificultades son muchas y que el trumpismo permanece, envalentonado con sus buenos resultados. Pero la sensación de alivio es inevitable y es extraordinariamente positivo que Joe Biden haya ganado las elecciones americanas, porque de haber triunfado Donald Trump las consecuencias para la democracia americana y el propio orden internacional hubieran sido nefastas y el daño tal vez irreparable. Persisten sin duda en un amplio sector de la sociedad americana, como ha escrito The economist “el rechazo a la emigración, las élites urbanas y la globalización, que cogieron impulso tras la crisis financiera de 2008-2009 pero que todavía tienen recorrido”. Y una parte de la población, según Paul Auster, sigue siendo “nacionalista, blanca, hostil hacia los inmigrantes, temerosa del otro, y enfadada por considerarse ignorada por la cultura general”.

Lo que era realmente sorprendente era el deterioro de las instituciones a que se había llegado en los Estados Unidos, comenzando por un Presidente que había dimitido de su función constitucional de representar al conjunto del país, empeñado en fomentar, antes bien, la división de la sociedad americana, estimulando su polarización ideológica; y además con unos modos vulgares y ofensivos para muchos ciudadanos. Al uso personal o partidista de las instituciones, que es lo que llamamos corrupción, se ha unido en el Estados Unidos de estos años pasados el deterioro de lo público, instado desde el propio seno de la administración, lo que Paul Auster llama el desmantelamiento de las estructuras del Estado, con, por ejemplo, una “una agencia de protección del medio ambiente que no quiere proteger el medio ambiente o una secretaría de Educación que no cree en la escuela pública”. La malevolencia de Trump respecto de las instituciones de las que se sospecha si no confirma sus pretensiones, y cuya independencia se ataca, se ha visto claramente reflejada en el cuestionamiento del sistema electoral en el que contra toda evidencia se ha insistido cuando el resultado e los comicios no ha sido conforme con lo que esperaba el Presidente americano: no estamos hablando del recurso frente a infracciones electorales, inevitables en todo proceso de este tipo, y que son debidas a múltiples causas, entre otras las del elevado número de intervinientes como agentes o controladores en los comicios, muchos de ellos, también inevitablemente, sin una cualificación debida. En realidad se va más allá de la denuncia de irregularidades concretas e identificables; de lo que se trata es de una descalificación gratuita e intencionada del sistema electoral de una democracia, lo que carece de sentido alguno.

Pero la quiebra de la democracia americana bajo Trump tenía un alcance todavía más amplio. America estaba dimitiendo de su condición de nación moral, a medida que se acentuaba el racismo sin oposición (piénsese en la brutalidad policial consentida) y se confirmaba el encapsulamiento colectivo (América primero), descuidándose la defensa de la igualdad y la democracia en el mundo (Trump parecía más cómodo con personajes como Putin , Erdogan o Bolsonaro, antes que con los líderes europeos, por ejemplo), abandonándose instancias internacionales positivas, luchen contra el cambio climático o se trate de la Organización Mundial de la Salud. América, según muchos, estaba dejando de ser una nación moral cuyas instituciones y valores merecían la admiración del mundo por su decencia y ejemplaridad y cuya gente quería para todos un horizonte mejor.

En los tiempos de desolación es indicado reparar en los valores de la República que se encuentra formulados en el momento de la fundación. ¡Qué apropiado resulta echar la vista atrás y comparar, por ejemplo, la ramplonería y el egoísmo de la actual presidencia, y la sofisticación y preocupación por la suerte de la republica de los presidentes John Adams y Thomas Jefferson en los comienzos del siglo XIX! Sus discursos y especialmente la correspondencia que mantuvieron durante la ultima parte de sus vidas (estos amigos rivales murieron, en el mismo día, el 4 de Julio de 1826, cincuenta años después de la Declaración de Independencia que había redactado Jefferson) se refieren a los grandes problemas de la constitución de la Republica, a saber, la fuerza del gobierno central, la capacidad del pueblo para seleccionar a sus gobernantes honestos y competentes, y el peligro para el bien común de la concentración de la riqueza en pocas manos . En sus cartas hacen referencias a los clásicos antiguos, visitan escritos religiosos oscuros y se ocupan de las culturas de los indígenas americanos. Se remiten a tratados filosóficos; nos dicen como debería escribirse la historia de la revolución americana y muestran una impresionante conocimiento del griego y del latín. Estos grandes hombres, según el historiador de la Revolución Gordon S. Wood, a quien recensiona su obra Friends Divided en un número algo atrasado de la New York Review of Books T.H. Breen, según acabo de extractar, muestran quizás los dos veneros de la Revolución americana, el racionalista-Jefferson- y el religioso- en su versión puritana, Adams. En absoluto eran hombres perfectos, o santos, y obraban imbuidos por una, a veces, infantil necesidad de reconocimiento; eran mutuamente celosos; incurrieron en la intriga, especialmente Jefferson contra Adams; y eran envidiosos. Adams hubiera querido tener la brillantez de Jefferson y Jefferson la constancia y buen sentido de Adams. Hicieron dos contribuciones capitales para la teoría constitucional de la República, de las que todavía nos beneficiamos. John Adams insistió en el poder de la aristocracia, en América, no la nobiliaria sino la de los más ricos, para subvertir la democracia y utilizar las instituciones en su provecho. Pensaba que el Senado y la Presidencia podrían ser diques adecuados frente a los poderes económicos. Thomas Jefferson creía que la solución a los riesgos de la oligocracia solo era el pueblo, suficientemente formado. Había que creer en las elecciones libres y en la ciudadanía. “En general, concluía, resultarán elegidos los realmente decentes y sabios. En algunos casos puede que la riqueza corrompa a los ciudadanos o cegarles el origen de los candidatos. Pero estas influencias malignas no pondrán en peligro la sociedad”.

Seguramente la elección de Joe Biden puede dar la razón a Jefferson, y podemos decir con este que, a pesar de los intentos de manipulación por parte de los poderosos, el pueblo ha salvado a las instituciones, y la democracia en América se ha restablecido.

PD Permítanme que no deje pasar la ocasión para recomendar que vean, si no lo han hecho todavía, pues es de hace unos años, la serie John Adams en HBO. Una obra casi perfecta y en todo caso imprescindible sobre la época de Adams y Jefferson.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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