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AL PASO

Obama y nosotros

Juan José Solozábal
martes 24 de noviembre de 2020, 20:03h

Barack Obama ha publicado la primera parte de sus memorias Una Tierra prometida y ha concedido alguna entrevista en relación con ellas. Yo he leído la publicada por The Atlantic y la aparecida en El Pais donde responde a su director Javier Moreno. Encuentro estas dos piezas muy esclarecedoras, primero en relación con el momento político americano pero también, por lo que ahora diré, desde nuestra situación política. Estamos, más allá de la crisis sanitaria y la económica, en una mala situación política, en una coyuntura en la que el pragmatismo se sobrepone un tanto torpemente a los valores, de modo que las exigencias del momento, o sea, salvar los presupuestos, parecen reducir a un segundo plano valores y principios, sin cuya afirmación la tarea política pierde significado, si no queda devaluada. Yo no digo que nuestro Gobierno esté dispuesto a capitular de sus convicciones democráticas como si ignorara lo que Bildu supone en relación con el terrorismo, ni tampoco sostengo que desconozca el papel que al castellano o español juega en la identidad nacional de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Lo que sí me atrevo a sostener es que esas referencias no pueden desdibujarse o perder sentido en ninguna coyuntura y no pueden ceder nunca, aunque lo pida el pragmatismo y su renuncia aparezca como condición ineludible en la negociación presupuestaria.

Es la remisión a los valores, junto a una calidez humana y una proximidad y sencillez admirables, lo que reflejan las dos entrevistas a Obama, y que se perciben especialmente en el video que acompaña a las declaraciones al Pais del expresidente Obama.

La condición moral es lo que justifica la experiencia americana, no la riqueza ni el liderazgo internacional: lo que importa de la contribución de los Estados Unidos al mundo “no se deriva de que, por accidente de la historia, seamos la nación más poderosa de la tierra, sino porque América es el primer experimento real de construir una gran democracia multiétnica y cultural. Y esto no puede venirse abajo”.

La política no es la politiquería (politicking) sino el intento de organizar la convivencia según pautas de razón, esto es, conforme a argumentos sobre lo que conviene a la comunidad y que se exponen en público y en debate mediante la palabra (lo contrario de lo que piensa el vicepresidente Iglesias que es la política: el arte de conseguir lo que no se puede decir). Estamos ante un profesor eminente que presenta la bases ilustradas de la actuación política con unas dotes persuasivas tan penetrantes como sencillas: “Siempre he creído en las dotes de la humanidad para ser más amable, más justa, más honesta, más racional y más tolerante. Aunque esto no es inevitable, pues la historia no se mueve en línea recta. Pero si contamos con suficiente gente de buena voluntad capaz de trabajar por estos valores, las cosas pueden ir mejor”. La racionalidad le lleva a Obama necesariamente a hacer reposar la actividad política en la verdad, en los hechos, sin lo que no hay base para progresar. “Si no somos capaces de distinguir lo que es verdad de lo que es falso, por fuerza el mercado de las ideas no funciona y por definición tampoco puede hacerlo la democracia. Estamos entrando entonces en una crisis epistemológica”. Esta posición le impide a Obama entender la actitud de Trump ante la pandemia o respecto el cambio climático, llevándole a evaluar correctamente el alcance de las manipulaciones de los medios o a hacer consideraciones bien pertinentes sobre la lucha “en las redes sociales” contra la mentira y el encapsulamiento social de las burbujas.

El optimismo de Obama es cauto pero innegable, y es lo que le hace persistir en el perfeccionamiento de la democracia (un sistema de gobierno difícil, necesitado de cuidados y esfuerzos continuos, capaz siempre de desfallecimientos y quiebras). No podemos dar la democracia por sentada ya que requiere “la atención constante de todos los ciudadanos, la exigencia de responsabilidades a los líderes y el análisis crítico de lo que se dice, de lo que es verdad y de lo que es mentira”. Pero le dice a Moreno que el progreso, especialmente, si se tienen en cuenta las dimensiones temporales y sociales, es evidente. Hace cincuenta años le dice al periodista del Pais, esta entrevista no se hubiese podido celebrar aquí. En este hotel, por ejemplo, no había clientes afroamericanos. “Si usted y yo hubiéramos estado juntos, lo más probable es que yo hubiera cargado con sus maletas. Eso lo he visto yo. Y, sin embargo, aquí está usted sentado con un expresidente de Estados Unidos”.

Hay otras dos notas bien interesantes de la idea de la política de Obama: me refiero a su voluntad de integración, llamémosle patriotismo; y lo que podríamos considerar el manual de operaciones que maneja, esto es, su pragmatismo. Obama repudia obviamente la zafiedad y trapacería de Trump, pero lamenta que sea la situación en la que ha acabado derivando el prototipo de la masculinidad conservadora que a él todavía le parece atractiva : el mundo de los James Stewart, o Gary Cooper o Clint Eastwood en el que se sostiene que vale la palabra dada, que hay que ser responsables y no quejarse, que rechaza la prepotencia y, antes bien, se defiende al vulnerable frente al abusón ; como también se declara partidario de la visión cristiana de la comunidad que denuncia la pérdida de la solidaridad y el materialismo.

Cierto que esta visión integradora le ha servido de bastante poco a Obama; antes, encendió el odio republicano de muchos contra él. En algunos mítines del Tea Party, según The economist, algunos blandían retratos de Obama con un hueso atravesando su nariz y el número de republicanos que afirmaban que Obama era musulmán llegaba a la mitad al final de su presidencia. El pragmatismo, en fin, era la brújula de marear del Presidente moderado Obama, que confirma en su cargo al secretario de defensa del gobierno republicano que le precedió. Cuando teníamos un debate sobre la decisión que debíamos tomar (por ejemplo en el caso de la reforma sanitaria), explica en The Atlantic, yo siempre lo concluía así ante mi staff. “Aunque no logremos todo lo que queremos, optemos por lo mejor. Lo bueno es lo mejor. Y no está mal tomar lo mejor”.

Todos podemos sentirnos interpelados por Obama. Nosotros, por si intentamos tener democracia, sin principios. Y América, pues Trump no es el comienzo del problema. “Es un síntoma tanto como un acelerador”. Y Trump no ha desaparecido, quizás ni se ha ido. No queda pequeña hazaña para un hombre del sistema, Joe Biden, (fantástica, la califica Michael Wolff en el último número de The Times Literary Supplement), la de salvarlo.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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