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TRIBUNA

Maradona seguirá siendo Gardel…

viernes 27 de noviembre de 2020, 20:44h

Manejándonos con un pesimismo moderado, y aceptando nuestra existencia como una serie de aventuras subsecuentes, que refutan de forma dramática en nuestro día a día el famoso precepto de Leibniz, expuesto en su célebre Ensayo de Teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal, donde afirma que “este mundo es el mejor de los mundos posible”. Postura que en su momento, François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, refutó (digamos amablemente) aventurando la palabra “optimismo”, que no demoró en acuñar para burlarse del sistema de aquel y acumuló desastre tras desastre en la novela satírica Candide, ou l'Optimisme. No mucho después la palabra optimismo sugeriría su contrapuesta en pesimismo (curiosamente quienes en todas partes del mundo se refieren al optimismo ignora que están citando a Voltaire y, paradójicamente, como suele suceder muy a menudo, Candide, ou l'Optimisme, escrito para demostrar que este mundo es el peor sin vuelta de hoja, es uno de los libros más felices de la literatura, ya que el genio encantado de Voltaire está a la vuelta de cada página, produciendo un enorme gozo a nos los lectores hedonistas).

La novela satiriza la filosofía de Leibniz, y es un muestrario de los horrores del mundo del siglo XVIII. En el famoso Cándido de Voltaire, Leibniz está representado por el filósofo Pangloss, tutor del protagonista. A pesar de observar y experimentar una serie de infortunios, Pangloss afirma repetidamente que “tout est au mieux” (que todo sucede para bien) y que vivimos en “le meilleur des mondes posibles” (en el mejor de los mundos posibles). Asunto que nos sigue haciendo dudar.

Voltaire, describe en esta obra el curso de su vida; pero, por razones obvias, no es una autobiografía, aunque analiza la evolución psicológica del héroe y es comparada con la evolución de su autor, se puede concluir que este último refleja en el libro sus aventuras como filósofo. Este pesimismo se basa en la tesis de Voltaire “Il faut cultiver notre jardin” (Hay que cultivar nuestro jardín) Con esto se refiere a que el mundo en el cual vivimos es como es y nunca cambiará, y que -por otro lado- es imposible cambiarlo, pero si nos preocupamos de lo que nos rodea más íntimamente, podemos hacer por lo menos nuestra vida más próspera y, sin duda, más grata de ser vivida.

Filosofía aparte y descendiendo a nuestro tiempo y al terreno local, hagamos hincapié en la extensa lista de originales frases argentinas y cuales nos representan ante el mundo. Hay una que acaso expresa el triunfo personal como ninguna otra, “fulano de tal es Gardel”, y refiere, obviamente, al popular cantor Carlos Gardel, el máximo ídolo del tango en todo el mundo, nuestro venerado zorzal criollo, que para una mayoría, aunque murió en 1935, cada día canta mejor. “Ser Gardel”, por consiguiente, es lo máximo de lo máximo, un ídolo popular que jamás ha bajado ni bajará de su pedestal. “Sos Gardel cuando triunfás” y acaso te sentís como “Macoco” de Álzaga Unzué en París tirando manteca al techo. Y se puede ser Gardel por muchas cosas, pero todas están ligadas al éxito personal y a la fama. No sé si demasiado al prestigio que es harina de otro costal.

Vivimos así aceptando dócilmente la negligencia como si fuera algo invariable en nuestras vidas y parte de una realidad insoslayable. Asumimos en el día a día lo que la publicidad y el periodismo califican de óptimo porque así lo proclaman imparcialmente quienes lo fabrican y difunden. “Es todo tan raro que hasta el Misterio de la Santísima Trinidad puede ser posible”, bromeaba Borges, rememorando a su agnóstico padre. Pues bien, los irónicos dioses le depararon a Diego Armando Maradona este melancólico, contradictorio y desconsiderado país que se resigna a todos los usos y a cualquier parecer.

Y así y todo, como Gardel, como Eva Perón, como Borges, Maradona ya es un mito, como lo fue en plena vida. Era raro que un argentino al encontrarse en los sitios más remotos del planeta, alguien no se alegrara exclamando: “¡Ah, de la tierra de Maradona!” Alegrante asunto que nos llena de orgullo y nos impone una sonrisa de gratitud hacia nuestro ídolo.

Desde lo emotivo, qué duda puede caber, el dolor por su muerte no se discute. A quién no lo conmovió. Que era bueno, que era malo, que vivía fuera de todo contexto ético o moral, tampoco está en discusión. Era un ser humano con toda la carga existencial que impone cumplir con un destino o un azar que nos fue asignado misteriosamente y es indescifrable (“homo homini lupos”, vivimos en un mundo donde según Plauto “el hombre es lobo del hombre”). Que se nos murió en soledad, cuestionado por muchos, menos aún. La muerte es la única certeza, un hecho natural, que nos alcanzará a todos. “Todo lo que nace, muere”, sentenciaba Seneca. El fervor y la admiración que el ídolo despertó en la Argentina y el mundo en razón de su entrega y su talento, tampoco admite discusión. Por otro lado toda forma de sentimientos, impone su avasallante expresión. Sin embargo, otra cosa distinta es el aprovechamiento de esa congoja popular para obtener de ella un rédito político. Y eso, nos duele admitirlo, es lo que hizo el Gobierno, a juzgar por la fallida despedida que organizó en la Casa Rosada, el lugar menos propicio para despedirlo, sobre todo en plena pandemia y habiendo espacios al aire libre más adecuados.

Nos duele admitirlo y nos enerva no tener más remedio que criticarlo, pero el grado de irresponsabilidad es tan alto que no se puede obviar. El Presidente de los argentinos, que nos impuso por casi nueve meses un severo encierro obligatorio (la cuarentena más larga del mundo), que fundió empresas, ocasionó más desempleo, de un modo definitivamente irresponsable, congregó de pronto a una multitud en su propia casa desestimando las prevenciones de distanciamiento en las que hasta aquí había insistido como si fueran un catecismo.

Las reacciones que la muerte del ídolo despertó a lo largo del globo han sido impresionantes, pero eso no cambia el curso de la naturaleza. En su viaje de un cuerpo a otro, el virus no habrá reparado en la emoción compartida de los hinchas que llegaron a la Casa de Gobierno; simplemente habrá aprovechado esa proximidad de unos y otros para propagarse a sus anchas. En la convocatoria del Gobierno a estas exequias nos parece que hubo menos imprevisión (se dice que esperaban más un millón de personas) que falta de coherencia, de responsabilidad y sentido común. Además de una cuota grande de torpeza. Demasiado grande.

De todos modos, la sacamos barata, pudiera haber sido peor. Los incidentes empezaron a gestarse temprano, apenas se abrieron las puertas del velatorio. Ante el ataúd, frente a las cámaras, un grupo de barras bravas del Club Argentino Juniors, del que es hincha el Presidente, tiraron objetos personales (insólitamente un par de zapatillas, camisetas del club) como ofrendas al ídolo y –esto es lo más insólito- concluyeron arrojando sus barbijos y en un gesto de excesiva emoción y se abrazaron llorando a cara descubierta. Afuera, en tanto, otro grupo enardecido intentó derribar las vallas de contención y enfrentó a la Policía. La impaciencia multiplicó la presión y los empujones y la tensión se extendió por varias cuadras, con una muchedumbre que cada vez se volvía más incontrolable. Los gases lacrimógenos y las balas de goma llegaron hasta el Patio de las Palmeras de la Casa de Gobierno.

Algo increíble, inimaginable, que nos muestra ante el mundo como un país menos comprensible que surrealista. Paradoja casi disparatada, pues mientras el fútbol se juega en canchas vacías, el Gobierno convoca a unas exequias multitudinarias donde la última preocupación era el temible coronavirus. Algo que mostró, además, la degradación de una sociedad que ya viene arrastrando una larga carga de decadencia. Pero repito, es aún más incomprensible si recordamos que esto sucede después de una de las cuarentenas más largas del mundo, que causó y sigue causando daños -en muchos casos irreparables- desde el punto de vista económico, social y psicológico. Hace rato que al Gobierno se le ha ido de las manos la gestión de la pandemia y solo apuesta a la llegada de la vacuna, pero esta invitación masiva a la Casa Rosada para despedir a Maradona configura un gesto de desaprensión difícil de explicar y antidemocráticamente curioso, pues el cadáver de cualquiera de nosotros si nos morimos en estos días debe ser enterrado con un máximo de seis personas.

En fin, mi objetivo era recordar con sus buenas y sus malas cosas a nuestro ídolo, a quien conocí gracias a mi amigo Jorge Valdano; pero la indignación pudo más. Roguemos para que este disparate gubernamental no pase a mayores y el rebrote de la pandemia no se dispare por esta imprudencia, en este castigado país donde el cuidado de la gente ha pasado a segundo término, y lo principal parece ser la demagogia de apropiarse de un cadáver para hacer proselitismo barato.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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