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DESDE ULTRAMAR

Debate profundo: ¿a quién vacunar?

jueves 10 de diciembre de 2020, 20:32h

Hete aquí que la vacuna para afrontar el COVID-19 ha llegado. La han logrado distintos países, empresas e instituciones. Con una celeridad de celebrarse, aunque ello advierte justamente la urgencia y el pánico que la soportan para conseguirla y después, recibirla. Una que a mí me despierta dudas, no obstante que me da esperanzas. Más que las dudas. Oigo la que anuncian de Pfizer que nos garantiza un 95% de efectividad y luego está la rusa que presume de lo mismo y la otra de la Universidad de Oxford que se queda rezagada al 70% de efectividad. Pero está claro que estamos en una fase inicial, si no quiere decirse experimental, donde no olvidemos que además cada cuerpo puede reaccionar diferente. Como en todo lo que lo atañe, al final cada caso es un caso.

Para México se anunciaron 5 etapas de inoculación entre diciembre de 2020 y marzo de 2022, primando los sanitarios, luego los ancianos, después personas entre 50 y 59 años, luego de 40 a 49 y al final, el resto de la población mediante varios mecanismos cubriendo, dicen desde el gobierno, 116 millones de personas. Se dice que habrá suficientes y es verdad que aún resta esperar la logística. Ya veremos.

Si es que me he enterado y lo he entendido bien, parece existir en el mundo el consenso de que a la hora clave de que la vacuna sea una realidad –es decir, ya para ser aplicada a los destinatarios– hay acuerdo en que se establezca a priori quiénes van primero y quiénes van después. Independientemente de que los británicos la colocaron a una señora de 90 años que no es sanitaria.

El caso es que todo indica que se primará a los sanitarios. Afortunadamente. Los rusos advierten que también ellos la pondrán a los profesores, pero en todos los casos solo a gente entre 18 y 60 años. Ese “solo” es terrible, me inquieta, me enfada. Involucra una decisión no fácil de tomar que podría, debería apelar a la bioética, como mínimo. Escoger quién la merece suena fatal. Distinto a establecer prioridades en una pandemia.

Y dado que pareciera que hay más o menos el acuerdo de que los sanitarios pasen primero –los necesitamos para enfrentar al COVID-19 y la salud de la Humanidad en general y de toda clase– ya luego disponer quién debe de ocupar el segundo sitio en la fila para acceder al beneficio, abre un desagradable, inquietante, pero sin duda que es un necesario debate, porque no es cosa menor y ronda el fantasma de escoger a quién sí y a quién no; y no será un simple decidir solamente quién debe pasar por sí mismo y no por representar supuestas ventajas o desventajas, por implicar tales o cuales consecuencias, pues la vida no puede tener rango de mercancía que se regatea. La de nadie. Por eso no puede ser una simple discusión que apele al pragmatismo, ya que en un descuido podría ser usted uno de los privados de aquella.

Entonces, si los sanitarios van primero ¿quiénes, los segundos? ¿los ancianos, los grupos de alto riesgo –con padecimientos como sida, diabetes y otros– o la gente en edad madura? Ello por citar algunos de los más aludidos. No está claro qué tan rápido se producirán las cantidades necesarias y que más quisiéramos que ya hubiera todas las dosis requeridas y no es el caso. Sería deseable y lógico priorizar ciudades y regiones más álgidas, pues sabemos que el virus no se ha manifestado igual en todas partes, variando su número de contagios. Considero y me aventuro a expresarlo que sí es necesario sopesarlo ya que supongo que hay amplias capas poblacionales que entre aisladas o alejadas, podrían aguardar para ser vacunadas, mientras se atiende a contingentes más expuestos.

Se anticipa que efectuar la transportación de tal cantidad de material, cuya cobertura se antoja gigantesca en número de personas a inyectar, puesto que la cosa va planetaria, pretendidamente universal a fin de cuentas y será el mayor reto afrontado por la aviación internacional. No hay más remedio. Ya luego saltan los tironeos entre países, por los costos, el orden de obtención, el no menoscabar su distribución y demás. Tampoco se nos escapa. Queda el debate en torno a que la vacuna sea o no gratuita, obligatoria, opcional. Como abogado me digo que sea obligatoria y no se atiendan argumentos antivacunas. La seguridad de todos va muy por encima del egoísmo de unos cuantos. Sí, egoísmo primando su sentir y su muy limitada idea de bienestar y de seguridad frente a la colectividad. Al día de hoy, de la Humanidad al completo. No estamos para ser políticamente correctos, no con los ya 68, 9 millones de infectados y América con un incremento descomunal de casos. Toda minoría que se niegue a vacunar sin más alegato que negarse sin explicarnos porqué debe y tiene más derecho a ponernos en mayor riesgo a los demás, olvida la responsabilidad que le atañe por su negativa, insensata e irresponsable y de su postura inadmisible con la que está cayendo.

La ONU advierte de la necesidad de cerrar filas, de dar apoyos para emprender esta tarea de vacunación.

Mire que me estoy dejando de lado al profesorado y al alumnado. En ese sector me muevo y considero que es preferible mantener como hasta hoy, la educación a distancia –dejarnos de experimentar con si nos juntamos a ver si no nos contagiamos, que sabemos que si sucederá – y mejor seamos de los últimos en juntarnos y vacunarnos, permitiendo que se atienda a grupos más vulnerables. Por mientras, ni unos ni otros, alumnos y profesores, necesitamos correr riesgos reencontrándonos en clases presenciales. Primero a otros y mantengamos las clases a distancia.

Deseo que la vacuna sea eficaz, la que sea; que superemos este trance y sin remilgos sigamos las indicaciones médicas, antes y después de recibirla. No tenemos alternativa. Cuando tenga usted la oportunidad de ponerse la vacuna, hágalo. No lo dude.

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