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TRIBUNA

La mujer del mazo

viernes 11 de diciembre de 2020, 20:37h

Una de las cosas que más me llamó la atención cuando era estudiante de primero de Derecho fue la figura del Speaker, comúnmente denominado “el hombre del mazo” de la Cámara de los Comunes del Reino Unido. Seguro que desde determinadas perspectivas, el nombre tendrá connotaciones machistas, pero no es exactamente así: El nombre surgió ciertamente en una época en la que las mujeres no tenían acceso a las cámaras pero, en la lengua de Shakespeare, speaker es the person who controls the way in which business is done in an organization which makes laws, es decir, la persona que controla la forma en que se negocia en una organización que adopta leyes. Que únicamente la laborista Betty Boothroyd haya ocupado hasta el presente tal relevante posición no impide que consideremos al Speaker como la persona que, blandiendo el mazo, conduce la vida parlamentaria con firmeza y, al mismo tiempo, con la neutralidad que su puesto exige, con independencia de su sexo.

¿Por qué se ha venido denominando al Speaker “hombre del mazo”? En parte porque se viene sirviendo de un instrumento en forma, efectivamente, de pequeño mazo, con el que llama al orden o zanja las discusiones golpeándolo contra la mesa. Pero también porque, aplicando la convención constitucional vigente en ese país, para blandir el mazo, que también es símbolo de la aplicación independiente de la ley por parte de los jueces, tiene que renunciar a la militancia en el partido político por el cual se le ha elegido y mantener una exquisita neutralidad desde el momento en que se le escoge para este puesto.

Es realmente peculiar el funcionamiento de la Cámara de los Comunes. Los debates son vivos, los parlamentarios no leen discursos pre-preparados. Se enzarzan en discusiones de fondo, enconadas muchas veces. Aplauden, incluso llegan a silbar “con educación” (admirativamente o como censura) las expresiones ingeniosas que, con relativa frecuencia, forman parte de la discusión. La “bronca”, porque a veces también se produce, tiene ahí límites que no se pueden traspasar ¿Como en cualquier cámara de aquí? Huelgan comentarios.

Pero no se crean que la trayectoria histórica del Speaker no tiene que ver con ello. Se ganó a pulso esa función arbitral y simbólica, independiente de la lucha política concreta, y el respeto a su figura al resistirse, hace varios siglos, a entregar a la Corona a unos diputados díscolos para que fueran castigados. Y ese respeto se viene renovando hasta prácticamente nuestros días cuando, por ejemplo, en 2009, el Speaker dimitió por no haber podido, o sabido, controlar los gastos inadecuados de muchas de sus señorías, diputados de prácticamente todos los partidos. Unos cuantos miembros más de la cámara tuvieron también que dimitir.

Pero no sólo ha habido política de guante blanco en el Reino Unido. El enfrentamiento entre ejecutivo y legislativo ha tenido etapas más bien virulentas, como cuando tras el corto período republicano, la cabeza del déspota Cromwell, tras ser juzgado y ejecutado post mortem, jalonó, atada de un palo, la entrada al Palacio de Westminster durante 25 años. No crean que quiero incitar a que se haga lo mismo con nuestros presidentes de cámaras parlamentarias. Semejante dislate, además de constituir un delito execrable, no es propio de nuestras democracias.

Tampoco tendría que serlo la instrumentalización partidista con que nos pretenden acostumbrar algunas presidencias parlamentarias. Lejos de la elegancia y, al mismo tiempo, eficacia integradora del Speaker de los Comunes, pudimos presenciar como una presidenta de cámara autonómica, sin pudor alguno, intervino directamente en la ofensiva política, sirviendo al partido al que, también a diferencia de su homólogo británico, no dejó de pertenecer quien debería representar a todos los miembros de la cámara y cuya remuneración deriva de los impuestos generados por todos los ciudadanos, sean o no sean de su misma cuerda política.

También, más recientemente, hemos podido asimismo presenciar cómo, en el mismo Día de la Constitución, se han orillado otra vez las reglas que deberían presidir la vida parlamentaria y, determinados diputados, cuyo puesto deriva precisamente de la aplicación fidedigna de nuestra inclusiva Carta Magna, no han querido honrarla estando presentes en tal conmemoración, sin que tal conducta fuera sancionada, siquiera moralmente, desde la Presidencia de la cámara. Es más, se pretendió legitimar la posición de los ausentes afeando que tal desaire pudiera hipotéticamente ser criticado por los presentes. Nuestra “mujer del mazo” representó más la voluntad política de una coalición de gobierno y una posición de partido, que a la institucionalidad de la cámara a quien tenia que representar.

Ciertamente, le tengo envidia a un sistema que exige neutralidad, eficacia y honestidad al quien tenga que blandir el mazo. Y cuya costumbre constitucional, cuando algo no concuerda con el respeto debido a la cámara y a la Constitución, porque nadie está a salvo de acciones inapropiadas, consiste en que la única salida digna que le queda a quien infringe las normas, por acción o por omisión, es presentar la dimisión.

Teresa Freixes

Catedrática de Derecho Constitucional. Vicepresidenta de la Royal European Academy of Doctors

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