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TRIBUNA

Partidocracia o cuando todo se derrumba

martes 15 de diciembre de 2020, 20:11h

Dolorosa cuestión resignarnos a la decadencia en un país que fue modelo y centro de atracción cultural en nuestra América Hispánica, precursor de la educación pública y de una Reforma Universitaria, que en 1918 sentó las bases para la democratización universal de la enseñanza, otorgándole un carácter científico y social. Quizá también cabe recordar que la más renovadora de las escuelas literarias de la lengua española, el Modernismo, nació en esta rivera del Océano Atlántico y que una de sus capitales, Buenos Aires, contra toda geografía, se había desarrollado culturalmente a la sombra de Hugo, de Verlaine y de Byron. A principios del siglo XX había personas que en Caracas o en Santiago de Chile, pensaban en la calle Corrientes o en Palermo, como antes nosotros pensábamos en Montmartre o en el Barrio Latino.

El Virreinato del Río de la Plata empezó siendo la región más modesta de la colonia; su llanura, desprovista de los codiciados metales preciosos, se extendía como una prolongación del mar, frustrando el sueño de los conquistadores. La riqueza era a futuro y se fue cumpliendo. Hacia fines del siglo diecinueve y principios del veinte la República Argentina fue fácilmente la primera de América del Sur. La producción agrícola y la cría de ganado abastecían a buena parte de Europa y se llegó a llamar al “granero del mundo”.

¿Qué nos pasó luego, ya bien entrado el siglo veinte? ¿Por qué caímos y hoy se nos mide con índices de pobreza estremecedores? ¿Puede en estos tiempos un distribucionismo bien manejado crear las condiciones para una política que de soluciones a los problemas sociales en manos de la inoperante partidocracia?

En el sistema democrático, todos sabemos, los partidos políticos son las corporaciones que representar los intereses de los ciudadanos para competir en elecciones y ocupar los cargos electivos a nivel nacional, provincial y municipal. La historia partidaria en la Argentina empieza a organizarse luego de la declaración de independencia y tiene su inicio en medio de la dramática Anarquía del año 1820. En aquellos remotos tiempos los pioneros fueron el Partido Unitario y el Partido Federal; los primeros buscaban centralizar el gobierno de las provincias en Buenos Aires; en tanto que los otros querían darle autonomía a cada región. Finalizadas las cruentas guerras civiles, el panorama político apareció dividido entre el Partido Nacional y el Partido Autonomista. Hacia 1874 se formó el PAN (Partido Autonomista Nacional), conocido en la historiografía moderna como régimen conservador de élite, estableciendo de hecho un partido único que gobernó hasta 1916. En ese lapso de fines del siglo XIX se gestó la Unión Cívica Radical (1891) y los partidos Socialista y Comunista (1896) y, entrado el siglo XX, en la década del ’40, se fundó el Partido Justicialista, liderado por el general Juan Domingo Perón. En 1954, la democracia Cristiana.

A partir de 1946, con el inicio de la primera presidencia de Perón, la vida política argentina estuvo polarizada entre radicales y justicialistas. Esta polarización se vio afectada después por sistemáticos golpes de estado militares. Luego sobrevino, desde 1983, una democracia estable que puso en prisión a quienes habían violentado el orden republicano imponiendo el terrorismo de Estado. Si bien las cosas se organizaron en lo político, la economía no puedo hacer pie; con pugna de poderes entre liberales y populistas, con una partidocracia de ocasión y al uso nostro, con fracasadas alianzas, que siguen fluctuando sin término medio hacia uno y otro lado. Todas, sin excepción, destinadas al fracaso, se colmó con el caso más insólito del estallido social de 2001, donde se sucedieron 5 presidentes en un breve lapso de tiempo, que no alcanzó a una semana, y en el cual se tuvo que declarar el default del sistema económico argentino. Lo que llevó, a su vez, a un descreimiento del sistema político argentino, que sigue en caída libre. Pocos creen en la partidocracia; pero, aunque a veces los tumbos, se sigue sosteniendo.

“¡Qué se vayan todos!”, fue la consigna general de repudio de quienes tomaron la calle en 2001. Obviamente no se fue ninguno y los mismos actores, con algunas contadas bajas y escasas variantes, siguen en escena. La partidocracia perdió terreno; pero no demasiado y siguió manejando los Gobiernos de turno.

En el mundo hay lejanos antecedente que acaso no está mal tener en cuenta. En 1891, el Papa León XIII, ante una crisis inmanejable de Europa, proclamó la Encíclica Rerum Novarum, la primera carta doctrinaria social de la Iglesia Católica, en la cual condenaba los sistemas políticos y económicos conocidos en el Occidente desde la Edad Media. La partidocracia no había hecho más que sumir en la miseria a buen parte de Europa y llamaba a la reflexión, junto a la busca de una posición equidistante que trajera solución a los problemas.

Esta alternativa, acorde con las directrices sociales de la Iglesia, harta de la politiquería gobernante, llevó a los escritores ingleses católicos G. K. Chesterton y Hilaire Belloc, en solidaridad con la revista G.K.’s Weekly, a fundar en Londres la famosa Liga Distributista, un modelo que consistía en crear pequeñas comunidades de propietarios. En este movimiento se exigía la máxima participación del ciudadano y la mínima intervención del Estado. No a demasiado tiempo, el dramaturgo socialista Bernard Shaw, en adhesión a esas premisas, se les unía con otros escritores de la Sociedad Fabiana, organización fundada hacia fines del siglo diecinueve, inspirada en el estratega romano Fabio, apodado Cuntactor, o “el demorador”; es decir, el que retrasa.

Uno de los fundamentos del grupo era enfrentar el envejecimiento de los partidos políticos, que estos precursores calificaban como “partidocracia” para terminar con la burocratización del sistema. Gilbert Keith Chesterton, Hilaire Belloc y Cecil Chesterton (hermano del escritor) junto a los seguidores de Bernard Shaw, firmaron entonces un firme y concluyente documento titulado The party system (la fiesta del sistema), que proponía poner fin al descalabro y describía los fenómenos observados entre parlamentarios y funcionarios públicos en tiempos de crisis, haciendo que las instituciones no funcionaran; proponiendo, a su vez, un camino para terminar con estas irregularidades. Los autores se quejaban de que las campañas electorales son demasiado costosas y no sirven para cumplir la voluntad del elector. Esto hace que la corrupción de la clase política se convierta casi inevitablemente en un descontrolado e imparable mal hábito cada vez más denigrante e insuficiente, que solo favorece a una minoría.

De tal manera, la burocratización de los partidos políticos implicaba para estos precursores un enlentecimiento de sus reflejos; lo cual impidía tomar decisiones con agilidad. “Todo se relaciona con el agotamiento de las sociedades y de las corporaciones que las representan, las cuales precisan indefectiblemente renovarse”. Veían de esta manera soluciones que se ofrecen mediante una visión histórica transversal, que elaboraron como posible salida. Con propuestas concretas, The party system ofrecía a la sociedad británica un camino cuya base se debía establecer a través de algunos de estos postulados:

Cada comunidad de personas debe tener una “medida humana”. La familia es el arquetipo de la medida humana. Una sociedad que no se puede contar en número de familias no está hecha a la medida del ser humano. En otro párrafo señalaba que cuando los hábitos de la corrupción se han arraigado hasta convertirse en una costumbre nacional, se deben eliminar de raíz. Así, previamente a la aplicación del sistema distributista, es fundamental un “pacto por la decencia y la verdad que, sin duda, no será agradable, pero “todo cáncer precisa una cirugía”, se conjeturaba en el filoso párrafo.

Se pugnaba también de manera drástica poner a los corruptos ante los Tribunales; observando que cuando decimos que la Justicia debe actuar contra un político, un funcionario o un banquero, solemos asentir riendo, sabedores de que dicha “risa no sirve para nada si no se contempla la medida como posibilidad real de castigo. El sentido común indica que no hay ninguna fuerza superior a ningún pueblo que impida llevar a un corrupto a prisión. Es preciso que la Justicia y la Policía investiguen en serio y hasta las últimas consecuencias; pues suele ser habitual que los Agentes descubran antes a un vagabundo que ha maltratado a su perro o que ha herido los sentimientos de su loro, que a Rockefeller queriendo perpetrar un trust del petróleo, aunque se encuentre una mancha de grasa en el mantel.”

También consideraban que cualquier Poder Ejecutivo manchado de corrupción puede disolverse antes de que expire su mandato si esto se demuestra. Además, cuando un Gobierno quede en minoría, deberá someterse a la nueva mayoría, realizando incluso las políticas de su adversario, hasta que termine el mandato.

En este trabajo en común, publicado como The party system, figura la eliminación de los fondos a disposición del Ejecutivo incluidos los del Parlamento. La pregunta era esta: ¿Qué haría una persona con la llave de una caja fuerte de la que después no tiene que dar cuentas a nadie? Sencilla respuesta sin ninguna duda… Esta cuestión de control deberá quedar en manos del Parlamento o, en última instancia a la Justicia. Lo cual es más o menos como poner una nueva cerradura a la caja.

Nada quedaba librado al azar en estos documentos. Los ciudadanos podían llevar a sus representantes ante un Tribunal hasta por incumplimiento de promesas electorales. Para este fin se habilitaban espacios judiciales especiales. “Ganar un juicio significa que debe asistirnos la razón legal, pues no basta con la razón moral”. La razón legal y la moral no tiene por qué coincidir, pueden ser distintas. ¡Ah, pero ojalá llegue el día en que a cada razón moral, le corresponda una razón legal!

Otro de los objetivos era la vuelta de Europa a la Fe. Complejo asunto que desarrollaremos en otro artículo. Lo ético y lo moral deben complementarse. La diferencia entre ética y moral es que la moral se refiere al conjunto de normas y principios que se basan en la cultura y las costumbres de determinado grupo social. La ética es el estudio y reflexión sobre la moral, lo que permite que un individuo pueda discernir entre lo que está bien y lo que está mal.

Ha corrido demasiada agua bajo los puentes y en buena parte de Europa, dichas propuestas se hicieron efectivas. No en todos los países; quedan algunas sociedades que se resisten, pero no demoraran en seguir el sabio camino porque los pueblos no aguantan más. Ahora bien, ¿qué nos queda en nuestra América? ¿Podrán nuestras arrasadas Repúblicas del irrespeto concebir bajo reglas éticas y morales? ¿Será posible una aproximación a estas propuestas, o seguiremos cayendo infinitamente sin encontrar un fondo que nos haga resurgir? Quizá es hora, y dentro de nuestro sistema democrático, de decir basta. Sobre todo cuando los índices de pobreza alcanzan cifras aterradoras y la economía en negro, castigada por una catarata de impuestos, es la única posibilidad de supervivencia de una pequeña empresa. Obviamente faltan políticas unificadoras que actúen más allá de lo partidario.

Que yo sepa, existen pocos casos donde las decisiones económicas se lleven a cabo sin tener como base las realizadas por políticos prehistóricos de los años 40’ del siglo pasado; pero, aunque nos cueste aceptarlo, este es el caso de la Argentina, donde aquellas políticas son repetidas como sagradas una y otra vez por los sucesivos gobiernos ante la atónita mirada de quienes analizan el desarrollo de sus sociedades. Y cabe aquí la inevitable pregunta: ¿existe alguna razón que permita explicar la peculiaridad de un país que permanece atrapado en los apolillados y vetustos programas político-económicos de hace 75 años?

Si se revisa este proceso histórico con el rigor, no nos cabe ninguna duda que nos horrorizaríamos. Y esto explica por qué nos va tan mal. Tirios y troyanos; vale decir, políticos y economistas neoliberales o populistas (por lo general egresados de la Universidad de Harvard) parecen empeñados en un mismo objetivo: fundir a la generosa Argentina; aún a costa del hambre, la inseguridad y el caos social que se avecina. La gente no aguanta más. Algo hay que hacer cuando todo se derrumba. ¿No habrá llegado el momento de poner fin a la nefasta partidocracia?

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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