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DESDE ULTRAMAR

Remanentes del 20

jueves 17 de diciembre de 2020, 20:16h

Se adelgaza el calendario conforme se aproxima el fin de año y cada día más exiguo todavía nos sigue entregando nuevos tópicos a comentar. Así, temas como la definitiva proclamación de Biden, el esfuerzo que implicará vacunar a la Humanidad en un tiempo relativamente corto, el año de Beethoven o desincentivar las actividades no esenciales para inhibir reuniones, ameritan unas palabras diligentes.

Comienzo por la elección de Biden como presidente de los Estados Unidos a manos de esa segunda instancia como lo es finalmente, el dieciochesco colegio electoral que se ha reunido y sus santones elegido al siguiente mandatario a sustituir al impresentable Trump. Un Trump cuyas chapuzas, alharacas, desfases, descalificaciones y estrambóticas maneras quedarán, estoy cierto, como la ridiculez andando de la presidencia de su país. Semejante payaso ha enlodado el cargo y es cada día más evidente que trabajó para Donald Trump y que acaso eso fue lo que lo perdió y lo condujo a perder las elecciones, por no servir a los intereses que se frotaron las manos cuando los republicanos regresaron a la Casa Blanca de la mano de Trump, recordando los grandes negocios bélicos que amasaron con Reagan y los Bush, estropeando de pasada la imagen de Estados Unidos en el mundo, también dígase. Solo un orate podría aplaudir su belicismo. Esto no vuelve pacifista a Trump, sino que conduce a preguntarse si en realidad solo trabajó para sí. Todo indica.

Pues va a ser entonces que no colaboró con tales intereses y Trump, dicen los desaprensivos, al no trabajar para ellos, sino para sí mismo, se ahorcó solo. Craso error. Pero nos convino a todos. Aún no sabemos exactamente cómo lo hizo o es que solo trabajaba para sí en aras de alimentar el ego –a costa de un país– y nada más, pues millonario ya lo era y tal vez no requería de nuevos negocios. Vaya usted a saber. Por lo pronto, lo dicho: Trump pasará al basurero de la Historia de forma inexorable. Dicen algunos optimistas que regresará en la siguiente elección. Ni a él ni a Biden les beneficia la edad como para hacerlo. Que sean tragaaños no les quita tener los que suman.

Biden, mientras tanto, perfila gobierno, se engrandece, recibe informes y privilegios que acompañarán el cargo y se apresta a tomar posesión en enero de 2021, en tanto hace llamados a la unidad y a la reconciliación. Como sea, todo indica que sí hará grandes negocios bélicos y al menos, responderá a ellos cuando toque. Parece emular halcones que ya han dañado bastante al planeta en el pasado. El tiempo nos dará pie a valorarlo.

Si el mismo día que se elegía a Biden –14 de diciembre de 2020– América del Sur atestiguaba un eclipse solar que maravilló a tantos, aunque se esperaba más, dos días después se ha conmemorado la fecha precisa del 250 aniversario de Beethoven –su cuarto de milenio, leí en algún sitio– cuya figura habría presidido el atolondrado año que poco a poco termina y que ha visto deslucido su recuerdo y no obtuvo la resonancia que merecía. Beethoven, descrito como el último de los clásicos y el primero de los románticos, siempre cautiva. A mí me gusta de sus sinfonías la Pastoral y un poco menos la Heroica. Sí, me embarga de la Novena su cuarto movimiento, no obstante que toda ella la considero muy repetitiva y de ese cuarto movimiento me subyuga ese ¿solo? ¿intro? ¿impasse? en la fase central al cesar el coro y reiniciar los instrumentos de viento y el triángulo firme marcando un sostenido y prolongado compás acoplado, perfecto, incansable, y más en los instantes previos a que el coro reanude con el solista expresando en alemán aquello de “Froh, Froh wie seine Sonnen fliegen…”. Ese pasaje me sublima. Pues no dejemos de apreciar su obra y reconocernos en ella.

Que sus rotundos acordes nos inspiren y nos impulsen a participar en aras de la Humanidad al completo, en pro de su salud uniéndonos a las campañas de vacunación –sí, previa consulta a su médico, que cada caso es un caso– y desde luego sabedores de que la pandemia no se acaba por recibir la vacuna. Solo reforzamos nuestra seguridad frente a la amenaza. Tengamos claro y defendamos que la vacunación masiva no puede quedar ni a expensas del lucro ni de la conveniencia política y mucho menos ser una vil mercancía como las vidas que la reciban, que tampoco lo son. Nos jugamos la supervivencia como especie. Su aplicación masiva será equivalente para que la dimensionemos, al esfuerzo emprendido para reconstruir Europa después de la Segunda Guerra Mundial. De ese tamaño, pero al cúbico. Entendiendo que eso sí: ninguna titánica empresa por mucho que lo sea, nos garantizará una cura total, de momento, y sus efectos no serán mejores, si la gente no pone de su parte limitándose a actividades esenciales. Si no dejamos de lado el veranito, las compritas, atestar sitios determinados, apartándonos en sana distancia e ir sin cubrebocas. Si no podemos de nuestra parte todo se irá al garete. Es de vergüenza que haya quien no quiera asumir.

Por usted, por mí y por todos, extrememos los cuidados. No tenemos otra salida. No hay más remedio. Lo demás es tentar al Diablo neceando y hacerle al loco demostrando únicamente una absoluta irresponsabilidad al no cerrar filas en pro de combatir la pandemia.

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