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DESDE ULTRAMAR

Flor de Nochebuena para la Pascua de Navidad

jueves 24 de diciembre de 2020, 18:57h

Para este 24 de diciembre refiramos a la flor de Nochebuena –de Pascua, como la conocen ustedes en España– que es de origen mexicano. Y próximos a vivir la Pascua de Navidad, una de las cuatro recogidas en la tradición católica – junto con la Epifanía, la Resurrección y de Pentecostés (acaso la menos conocida con tal rango) – alegrémonos esperanzados en estos momentos de tribulación.

Pues bien, cada año cuando veo aparecer en floristerías, viveros, mercadillos y chiringuitos de ocasión a tan lucidora flor, la de Nochebuena, me alegro en verdad. Con su presencia paramentando espacios públicos sabemos que los engalana, dotándoles de unas magnificentes y a veces inusitadas vistosidad y elegancia. Anticipa la proximidad de la Navidad y tal le viene que ni piripintada –es su don y sugiere esperanza, encanto y vivacidad por ser altamente decorativa– y lo es desde hace siglos en México; y no obstante pareciera que su popularidad real en el mundo data apenas de la segunda mitad del siglo XX, consagrándose solo entonces como un imprescindible símbolo floral navideño, cosa magnífica porque es en su conjunto muy bella y muy peculiar. Si la utiliza en casa y le apetece, coloque la macetita dentro en una cesta de mimbre o adósele una cinta de terciopelo de cierto grosor –carmesí o verde– y exaltará como por arte de magia a su señorío, la suntuosidad, su refinamiento y su eminente apostura. Así, su flamante donosura jamás caerá en intemperancia, porque da para mucho ¿sabe?

Leyendo de aquí y de allá, no lo aburriré con su nombre científico de Euphorbia pulcherrima, “la más bella entre todas”, aunque le advierto, sí, que en realidad el producto de este arbusto se limita a ser esos puntitos amarillos cual bulbos que lo salpican al centro de los encendidos folios que lo circundan. ¡Oh, decepción! se reduce a eso la afamada especie. Esa es toda su inflorescencia. Las brácteas tornándose rojizas en derredor de tales simulando una textura aterciopelada –semejando pétalos primorosamente inflamados– no son parte de la flor, sino hojas, pese a que a simple vista aparentan ser un totus indiviso o las protagonistas, ya que cierto es que su flamante tonalidad que aflora con los meses fríos, estofan a la diminuta flor, inseparablemente. Sin tales creando una suerte de pseudocorola, excuso decirle que me temo que la multirreferida carecería de su quintaesencia ornamental y referencial a la Pascua de Navidad. También es verdad que la flor de Nochebuena tradicional es la de hojas rojas, de tono profundo, galano, penetrante, que transita entre un rojo escarlata a uno carmín y salvo la mejor opinión de usted, ya que puede traicionarme mi leve daltonismo que se ceba con el rojo.

En los últimos años han pululado de variados colores. Puestos a escoger, me quedo con la Nochebuena de folios blancos de tono avainillado –me parece cursi y pretencioso denominarla como dorada, que lejos está de serlo– y tanto resalta y prodiga finura, atildamiento y delicadeza orlada de distinción, siendo siempre la roja, insustituible.

Su origen mexicano la sitúa en Taxco, en el actual estado federado de Guerrero, una de las poblaciones más pintorescas de México, que evoca su más reconocible identidad en cualquier imaginario. Atractiva en su robusto volumen, resistencia y capacidad de ornato, fue conocida con el nombre prehispánico de cuetlaxóchitl, palabra náhuatl que significa “flor que se marchita” aludiendo a su vulnerable existencia o “flor de cuero” alusiva a la piel enrojecida por la herida, la carne viva. que resiste como el cuero. En el México precolombino era símbolo de los guerreros caídos en batalla y se utilizaba para pigmentación y con usos medicinales. Fue recogida por Fray Bernardino de Sahagún en su obra Historia de las cosas de la Nueva España. Quizá por su llamativa presencia los misioneros franciscanos en México la acogieron para adornar sus altares al ligarla al tono carmesí de su orden. Y es muy frecuente verla hermoseando abundantemente los presbiterios y retablos en esta temporada decembrina al colocarla en ellos, enalteciendo el sitio de culto. Su nombre refiere a que su florecimiento sucede en las semanas cercanas a la Noche Santa. También es conocida en algunas regiones con el eminente nombre de Flor de Santa Catalina o Santa Catarina o simplemente, como pascuero o Flor de Navidad. En casa teníamos una mata que medía más de dos metros y florecía de manera descomunal cuajándose de hermosos ejemplares de folios enrojecidos. Recuerdo alguna Navidad en que ciertos almacenes obsequiaron a sus clientes un ejemplar para decoración interior.

Ya sabemos que el primer embajador yanqui en México, Joel R. Poinsett –un metomentodo aficionado a la botánica, expulsado de Chile y del mismo México por intrigoso, quien fuera un conspirador hispanófobo y antihispánico irredento, autor de “Te odio, México” –envió algunos esquejes a su plantación esclavista de Carolina del Sur. Otros afirman que directamente lo hizo a Filadelfia, donde se mostraron en 1829 y que gustaba de obsequiar la flor en la temporada navideña. Pronto sus conciudadanos, ocurrentes, la denominaron poinsettia y así ha pasado a la lengua inglesa y entiendo que así la conocen en Brasil. Mas no se comercializó sino hasta inicios de la centuria pasada. Si no hay otros registros, la introdujo en Europa Robert Buist, curador del Real Jardín Botánico de Edimburgo. Para más inri, Poinsett murió un 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, emperatriz de México y de América y reina de la islas Filipinas, cuya antigua Nacional e Insigne basílica cerrada este año maldito, era decorada profusamente con ejemplares, admirando tanto a la esposa del primer embajador de España en México, la marquesa Calderón de la Barca, de origen escocés. En honor a Poinsett, esa fecha es el día nacional de la planta en su país. Él, tan anticatólico que era. Su día nacional en México corresponde al 8 de diciembre, no obstante que la flor nacional es la dalia, también oriunda de México.

Alegrémonos que después de todo, llegamos a la Pascua de Navidad. A tirones y empujones. No es cosa menor en este año que a veces pinta para aborrecible y otras como abominable; que nos ha arrinconado en un miedo profundo, constante, ante un contagio que puede ser mortal. Contemplar una flor de Pascua o de Nochebuena regocija y rememora momentos mejores, esperanzándonos. Que su galana virtud sea manifiesta, independientemente de las vicisitudes.

La expresión ¡Felices Pascuas!, no tan frecuente en México, que a mí me suena muy castiza, alude a una celebérrima propincuidad como lo es la existente entre las Pascuas de Navidad y de la Epifanía, casi empalmadas. Eso le da sentido a la pluralización de la bienaventuranza bosquejando en los más profundos sentimientos la placidez que supone su vivencia, alegrándonos al desearle parabienes al prójimo. Son tiempos difíciles, de austeridad y sobriedad aconsejadas, si no es que obligadas y de apelar al don de gentes y a la generosidad. Tiempo de Navidad, las Navidades inspiran y conmueven. Hoy que es Nochebuena es tiempo de examen de conciencia.

Extiendo a usted amigo lector en ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico y a todo el equipo de El Imparcial, mis parabienes, y aprecio deseando febrilmente que los acompañen más allá de la siempre breve temporada navideña. Más que nunca nuestro ser merece y necesita asirse con fuerza de aquello en lo que se cree y nos define. La Navidad es uno de tales momentos. Que el Misterio de la Natividad –que remarca nuestros mejores sentimientos y nos reclama ser agradecidos y solidarios– prodigue buenaventura y buenos augurios a todos ustedes. ¡Felices y revitalizadoras Pascuas! pese a los enrevesados tiempos que corren, pues ondisonante la tragedia cual música de fondo que embarga este año a tan señalada fecha como la Navidad, sirva la presente como palabras de aliento.

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