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DESDE ULTRAMAR

A 2020: ¡Váyase, señor año!

jueves 31 de diciembre de 2020, 17:44h

2020 será ya un año patibulario, nugatorio y estofado con un crespón negro y con la significativa frase que intitula esta entrega –cuyo encabezado no es ni casual ni es una frase de mi autoría– siendo publicada en vísperas de la Nochevieja de tan aciago, desventurado e infausto intervalo perfilado con tan macabro, lúgubre semblante y siniestro aludido festón repulsivo, coronándole. Evoca el epígrafe de este fascículo las mismas palabras que, entiendo, manuscribió la afamada escritora y periodista española Emilia Pardo Bazán, despidiendo al funesto año 1898; aquel del “Desastre” en que España perdiera casi todo su imperio colonial, como resultado de la guerra librada contra los Estados Unidos. Su desánimo es el mío. El de sus contemporáneos y ella mirando a 1899. El de mis coevos y yo a 2021. De múltiples maneras para todos el final del año 20 es extraño y perverso, acibarado. Y sin haberlo ni pedido ni vislumbrado así, pero es de esta forma y por consiguiente, el duelo nos arroba ineludiblemente, por muchas razones.

Es un muy triste fin de año y quizá sea inmemorial el precedente más cercano de su desgraciado trazo planetario. Tal nos alcanza ensombreciéndonos sin distingos. La pesadumbre campea, la esperanza mengua, aunque estoica se defiende y vencerá. Mas como otrora en aquellos desventurados momentos de amargos instantes, el 98, con la mirada tratando de fijarla en 2021, es que no puede dejarse de echar un vistazo a la catástrofe que ha sido 2020. Una inesperada, inverosímil, no prevista por la Humanidad porque no había modo de hacerlo. Una hecatombe que emula a pesadilla, que se prolonga y cuestiona la civilización conocida, envolviéndolo todo y a todos por doquier. Cuando estas palabras perturbadoras sean leídas en el futuro, sépanse enmarcadas con sabor a ausencias, a muerte, a luto, a tensa inquietud, a desorientación y desolación mundial, a perdida, merma y ruina crecientes, como nunca palpado con semejante vertiginosidad por las generaciones vivientes por la vía insospechada: un virus mortífero asesino. Así es la realidad de millones la noche de San Silvestre, por más que nos demos ánimo. Descuella el abatimiento, el desaliento cunde y el miedo nos petrifica ante el mañana sombrío por un malaventurado acechante.

Las medidas preventivas apenas nos han salvado por un pelo. Y la vacuna es incierta en su efectividad, resultados, secuelas y cobertura total certera; empero, la Humanidad toda valora y aguarda, pues sus versiones prometen eficacia. Podremos ser afortunados si salimos vivos de 2020 y con arrojo y denuedo retamos al siguiente año y al genocida que juega con nosotros a la ruleta rusa más exterminadora e implacable jamás conocida en su maldita estirpe. Qué fuerte y descorazonador resulta admitirlo. Pero cuidado…no tiente al Diablo. No se la juegue. Aun con vacuna, la pandemia todavía no habrá terminado. Recuérdelo. Y desde luego que no podemos sino exigir el ser responsables y asaz solidarios.

El azote que delinea inmortalizando al negro 2020 cual erebo en que estamos atrapados todos, es similar al propio de una conflagración que engulle personas y bienes; como vivir una nueva guerra mundial que no cesa y que aún no vomita sus saldos totales ni acaba de cuantificar el monto de su factura a pagarle. Los insondables efectos y estratosféricos costos a apoquinar en todos los índices y rubros ya se anticipan fatales y vaya usted a saber para cuándo nos libraremos, acarreándonos replantearnos tanto en aras de la salud colectiva. Cosa que ni las más torcidas mentes creadoras de la ciencia-ficción lo hubieran imaginado, atestiguando a tal virus como factor tan eficaz, raudo, real y cegador de vidas. Es tétrico escribir y describir este quitasueños inacabable que pareciese alucinación inagotable; la que ansío que termine por ser una imprecación inmerecida y mortal.

Es ineludible colocar en la misma bolsa al impalpable, a los sobrevivientes con nuestro recuerdo a los ausentes y a nuestro estupor por imprevisores; sin olvidar que ningún gobierno estaba preparado para semejante engendro. No lo olvidemos. Seamos conscientes de ello al recordarlo aún en la conciencia de lo inimaginable, aún en nuestras quejas contra mandatarios y al prójimo irresponsable de no cuidarse. Tanta y tan repentina como esparcida bancarrota dan un sentimiento de menoscabo y fractura dolorosa e irreparable. ¿Inevitable en gran medida? quizá no. Pero saldremos de esto aunque contusionados, estrujados y no obstante que nos embargue una sensación de orfandad, penuria, desesperanza, pesimismo y un infaltable y no deseado derrotismo. Cuesta mucho poner buena cara e irradiarla al futuro cercano. No. Irremediablemente, nos adentramos en la tercera década del presente siglo con un primer año por delante que anticipa ser por menos, si bien nos va, el coletazo del fenecido y malogrado 2020.Y será peor lo que venga donde caigamos en manos de mentes lerdas que no sepan tomar decisiones adecuadas. No son buenas noticias las que se vienen.

Al desdichado y fatídico 2020 no podremos obliterarlo de nuestra memoria colectiva, no debemos, y sin tener tal la culpa per se de lo acaecido en su calamitoso transcurrir, entra ya en la Historia sin obtener un rango recipiendario en su traspaso a ella y no habrá para sí ni fanfarrias ni ovaciones, no recibirá mayores reconocimientos ni tatuará abundantes recuerdos brillantes, fulgurantes en nos, la mayoría. No. Hay escasos afortunados, también, y la vida es mezcla de todo, pero prevalecerá lo otro, el desencanto y la pena. Pasará a la eternidad como un año de vorágine, de apocalípticas escenas y dantescos momentos; de laberínticas fórmulas buscando una cura y un equilibrio entre confinamiento y economía; y con descorazonadores ánimos sacando fuerzas para no ser tragados nosotros por la derrota a cada instante y con tenues ribetes de optimismo. Empero, la Humanidad no puede quebrarse. Justo en esta deflagración tan súbita y flagelante debemos, optimistas, desechar la desesperanza y tener la audacia y la bravura de anteponernos a tan catastrófica y desastrada perspectiva. Y no es sencillo, pero en ello radica nuestro cariz como especie y que no nos zamarree. Desconozco si veremos tambalearse nuestra cultura. Mi duda se acrecienta y no me agrada. Descarto prejuiciar que la irremediable convivencia entre seres humanos sea la causa de su perdición. No, por muy inconcebible que sea este sombrío episodio cuajado de estupor y aflicción y sin tantita calma. No desfallezca.

Mi retentiva deposita en mi arcón memorístico diez escenas inéditas que registrará la historia global para este año: 1) Los primeros ancianos sobrevivientes abandonando los hospitales; 2) La Plaza de San Pedro vacía y el Papa implorando ante el Cristo procesionado de 1522; 3) Cualquier videollamada, el pan nuestro de cada día enlazándonos con el prójimo; 4) Toda playa vacía o persona que pudo retornar a su país luego de fronteras cerradas; 5) La Puerta del Sol de Madrid, sola en las Campanadas de Nochevieja; 6) El Zócalo de la Ciudad de México desierto la noche de “El Grito” con antorchas dibujando el mapa de la Patria y una arenga patriótica no secundada ni respondida; 7) Los españoles aplaudiendo en los balcones a los sanitarios; 8) Aquella tripulación de 3 astronautas portando cubrebocas, una estadounidense y dos rusos, en su conferencia de prensa prestos a partir al espacio exterior; 9) Los sepelios sin gente, que los duelos son una despedida necesaria y no pudo ser; 10) La basílica de Guadalupe en su Fiesta Mayor, despejada por cierre como la Semana Santa sin procesiones. Aparte, resalto la búsqueda frenética de la vacuna y su esperanzadora aplicación.

Cogitabundo, cazcaleando a veces en el transcurrir pasmoso de los meses, reflexiono y concluyo que sin ser indiferente a semejante panorama, que tanto quebrantamiento ni nos turbe ni nos doblegue. Mis afectos a quienes permanecemos y mi recuerdo también a los que han fallecido y no olvidarnos de quienes no lo hicieron por COVID-19. Que sus biógrafos futuros siempre aclaren que no fue la causa. Y mi pésame por todas sus pérdidas, apreciados lectores.

Este año acerbo, a veces mandria, mefítico, orlado de privación, de postergación, de desafío e incertidumbre, de cuantiosos perjuicios económicos a quien más y a quien menos, irreductiblemente lastimero y convocado a ser el peor de nuestra existencia y acaso, sí, el primero de tal de ahora en adelante, apenas nos deja sitio, lo necesitamos, para conseguir que esta calamidad se acabe. Se marcha dejándonos vivos, ergo, bien librados. Esta Nochevieja de tan desapacible año 2020 le expreso mis mejores parabienes y mi deseo de que afronte con la más cabal salud el desafío que se nos interpone y que con esa fuerza de voluntad y paciencia que le han acompañado, camine hacia adelante, alerta, en pos de bienandanzas, con espíritu inquebrantable y a plenitud en todo lo que realice. Tanto hemos perdido, sí, empero aún sea tiempo y pese a todo para enumerar nuestras bendiciones y sin extraviarnos, que nos aflore el coraje de sobrevivir. Digamos también adiós a la década de los años dieces. Plantémonos, pues.

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