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TRIBUNA

La hermandad de dos poetas

sábado 09 de enero de 2021, 20:21h

El recuerdo personal que guardo de Juan Larrea es menos fugaz que entrañable. Lo visité un par de veces en su refugio campesino de los alrededores de la ciudad de Córdoba, en la Argentina, donde vivía en soledad entregado a la lectura, a un nuevo texto sobre César Vallejo, su pasión dominante, y al cuidado y educación de su nieto, que había quedado huérfano cuando su hija y su esposo fallecieron en un accidente de aviación. Dos queridos amigos que lo frecuentaban con asiduidad, el pintor Ernesto Farina y el doctor Adelmo Montenegro, decano de Filosofía y Humanidades de la Universidad, facilitaron mi llegada. Don Juan era un hombre parco, de distancia, reacio a las entrevistas; de manera que mis encuentros con él se dieron en el terreno de un compartido gusto literario. En la Universidad había creado el Aula Vallejo, donde se sigue estudiando la obra del poeta peruano y yo fui invitado para ofrecer una ponencia.

Juan Larrea consagró buena parte de sus escritos a la historia de esa amistad con César Vallejo y al estudio de su poesía; algo singular en el mundo literario, sobre todo cuando esa decisión era asumida por un contemporáneo. A través de Vicente Huidobro conoció a César Vallejo en París hacia 1923. Poco después fundarían ambos la revista Favorables París Poema, en la que colaboraron Gerardo Diego, Tristan Tzara y Juan Gris con sus ilustraciones, entre otros. Esto no hizo que Larrea dejara de llevar cabo una propia y amplia tarea literaria en diversos géneros, ya que el campo que abarcaba su espíritu era ciertamente asombroso y floreciente. Pero a lo largo de su larga vida el aedo peruano sería su centro de atención y estudio.

Con César Vallejo me sucedió de entrada algo increíble -me explicó-. Supe desde el primer momento que estaba ante el arquetipo del poeta más inmenso y puro que yo había imaginado. Vallejo tenía un concepto vital del fenómeno estético que me conmovió de entrada; sentí que tanto su existencia como su poesía se daban en un espacio que era parte de su ser vivo, a la vez que éste asumía significados universales y decididamente ecuménicos”.

Este modo de ser y de concebir la poesía de Vallejo no ha sido interpretada ni comprendida por la mayoría de sus exégetas como lo fue por su amigo Larrea; tampoco parece que se haya tomado en cuenta este sendero que se ha servido de las cosas (que pudiéramos llamar accidentales) para hacer patente su hallarse más allá de ellas, dando así paso a lo esencial de la obra del peruano. Según conjeturaba don Juan, al dolorido vate lo abrumaba el mundo y decidió ponerse en pie como un poeta distinto, aferrado a un español nuevo, desgarrado de tristezas que a través del tiempo nos sigue mostrando a ese hombre, casi jueves, que murió en París con aguacero y que expresó como nadie lo que sólo él supo decir a su modo en versos perdurables:

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París —y no me corro—

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño...

O aquel poema donde se asume como un quebrado self pity y confiesa irremediablemente dolido:

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo (…)

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Grave.

Qué duda cabe, César Vallejo fue una de las voces más conmovedoras del español de Cervantes y Quevedo. Dueño de un acento mestizo del Perú (donde nació en 1892), a la vez universal y también de París (donde murió en 1938), y de su entrañable Madrid donde lo que poetiza es el dolor infinito, la humillación, el desconcierto, el apetito de algo mejor que el resignarse a masticar decepciones. España, aparta de mí este cáliz (su libro en defensa de la República) no lo lleva solo a exaltar a los combatientes sino a morir junto a ellos.

Niños del mundo,

si cae España ?digo, es un decir?

si cae

del cielo abajo su antebrazo que asen,

en cabestro, dos láminas terrestres;

niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!

(…)

¡Niños del mundo, está

la madre España con su vientre a cuestas;

está nuestra madre con sus férulas,

está madre y maestra,

cruz y madera, porque os dio la altura,

vértigo y división y suma, niños;

está con ella, padres procesales…!

Vallejo es, además, con anticipada lucidez, uno de los primeros que embiste contra la palabra revolución: “Existe una palabra que ha causado y causa confusiones inextricables: la palabra revolución, que ha perdido su alcance y contenido vitales para convertirse en máscara del impostor, del renegado y del oportunista”, le confiesa aterido a su leal compañero y “hermano del alma” Juan Larrea cuando regresa desilusionado de su peregrinaje por la Unión Soviética.

¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
….
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!

Pero, quizá, donde Vallejo alza el vuelo con más audacia es en los aforismos donde salta de un asunto a otro con agilidad de liebre para anticiparse (otra vez) a su tiempo: “La tragedia moderna está entre los derechos del hombre y de la mujer, tan subestimada…”, son expresiones escritas en los años 30 del siglo pasado. Todo dicho entre prosas y versos conmovedores. Era un triste y un nostálgico de su tiempo, a la vez que un observador brillante y descarnado, aunque siempre su aflicción podía más. Se cuenta que cada vez que Vallejo asomaba por alguno de los cafés de París que delineaban el Boulevard Saint Germain, en las mesas se dispersaba la tertulia con la exclamación de: “¡Cuidado con Vallejo, que contagia la amargura!”. Sin embargo, más allá de lo anecdótico o patético -¿qué duda cabe?-, el poeta peruano se sintió morir cuando asesinaron a García Lorca y el dolor le minó el ánimo cuando cayó la República y él sintió que caía junto a los combatientes:

Solía escribir con su dedo grande en el aire:
“¡Viban los compañeros! Pedro Rojas”,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos compañeros pronto!

Palo en el que han colgado su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre,

a aquel que nació muy niñín, mirando al cielo…

En otro contexto, desde su elegida soledad, su devoto amigo Juan Larrea hablaba y polemizaba sin pelos en la lengua, y esto le ocasionaba severas críticas, como la de Pablo Neruda, que herido en lo más vanidoso de su ser al enterarse que Larrea lo había definido como un retórico más al compararlo con Vallejo, lo apodó maliciosamente “Juan Tarrea”, y cordillera mediante polemizó con él con obstinada aspereza. Es sabido que mostrar disconformidad con la sociedad que a uno lo rodea siempre acarrea contratiempos. Para hacer frente a la calumnia, un año antes de su muerte don Juan regresó a su patria, según explicó, “para poner en mi España la casa en orden”; sobre todo ante el mundillo literario que lo había maltratado. Aceptó entrevistas y concurrió al afamado programa de televisión que conducía Joaquín Soler Serrano, donde habló de todo, o casi todo, sin privarse de nada.

Juan Larrea había nacido en Bilbao en 1895 en el seno de una familia acomodada. Estudió Letras en la Universidad de Deusto entre 1911 y 1915, donde conoció al poeta Gerardo Diego. En 1919 empezó a escribir poesía y publicó sólo en pequeñas revistas literarias. Siguiendo al poeta chileno Vicente Huidobro, se instaló en París; de allí viene, como ya señalamos, su amistad con César Vallejo, hecho que lo llevó a viajar hacia el Perú donde nació su hija, Lucienne. A fines de 1931 regresó a París. En Cuzco había reunido una gran colección incaica que después se presentó en el Palacio del Trocadero, y posteriormente donó al Gobierno Español.

En 1932 Larrea decidió abandonar la escritura de poemas para dedicarse al género del ensayo y a la docencia. Sin embargo, en 1934 publicó en México Oscuro dominio, un magnífico volumen de poemas en prosa.

El antes y el después son simples perspectivas parciales. En prueba de ello me asomo a un espejo, que evidentemente existía con anterioridad a mi impulso, y me encuentro en él y contemplo mi satisfacción al verme tenido en cuenta y hasta comentado por la materia que hemos dado en llamar insensible. Pero por mis personales sentidos, única verídica fuente de conocimiento, nunca me atrevería a afirmar mi inexistencia dentro del espejo antes de entonces. La simultaneidad que observo es meramente cerebral. A causa de la refracción aún no bien estudiada de ciertas materias brillantes hacia la eternidad, mi cerebro logra en aquel momento aislarse del tiempo, situándome en el preciso instante en que el cristal piensa en mí. De otro modo me vería obligado a admitir que siempre permanecía dentro del espejo, que ni a fumar salía jamás de él, que el espejo era el infinito donde se encuentran las líneas paralelas de la lluvia…”

En 1937, Larrea compartió con Pablo Picasso la creación de una obra destinada al pabellón español en la Exposición Internacional de París, cuyo resultado será luego el famosísimo “Guernica”. La amistad con el genial pintor será sólida y entrañable. Picasso nunca dejará de reconocerlo y de exaltar su talento y amistad.

En 1939 Larrea se traslada a México, donde funda la revista España Peregrina, con la Junta de Cultura Española, conformada entre otros por José Bergamín y León Felipe. Desde 1942 hasta 1949 fue secretario de Cuadernos Americanos, cuyo director era Jesús Silva Herzog. Es en esa época cuando su lirismo alcanza su máxima expresión:

He aquí el mar alzado en un abrir y cerrar de ojos de pastor
He aquí el mar sin sueño como un gran miedo de tréboles en flor
y en postura de tierra sumisa al parecer
Ya se van con sus lanas de evidencia su nube y su labor
A la sombra de un olmo nunca hay tiempo que perder…

En 1949 Juan Larrea se radica en Nueva York, con becas de Guggenheim y Bollingen Foundation. Allí investiga temas de simbología mística. En 1956 llega a la ciudad de Córdoba, en la Argentina, invitado por el doctor Adelmo Montenegro, decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad para desempeñarse como docente e investigador. Allí funda el Aula Vallejo y el Centro de documentación e investigación César Vallejo, del cual es nombrado director. Al año siguiente, presidida por él, se organizan las “Conferencias sobre El humanismo de César Vallejo”. En 1978 publica Poesía completa – Edición Crítica, con la obra de César Vallejo y en 1979 aparece Ángulos de visión, editado en España.

Quiero destacar que en mi última visita a don Juan hablamos largamente de Jorge Luis Borges, a quien había conocido en Madrid en la década del ’20, cuando ambos eran poetas ultraístas, y se refería a él como “mi antiguo camarada”. Lo consideraba un genio de esos que aparecen muy cada tanto en la historia de la literatura. Recuerdo que discutimos sobre el matiz racional de su obra. Don Juan aludía que más emoción hubiera agregado otra calidad a su obra. Lo consideraba, como algunos, un impecable prosista, pero un desparejo poeta. “Su imaginación se complace más en la invención de fábulas que en el lirismo de los versos”, me dijo. Como cierre sobre Borges, aventuraba un juicio concluyente: “Su amigo es demasiado perfeccionista y excesivamente literario y eso atenta contra la belleza”. Discrepamos y aceptó mi punto de vista. Creo, en lo personal, que no ha cesado aún el debate entre los antiguos y los modernos, y en una época de escritores caóticos que se vanaglorian de serlo, el autor de El Aleph es un clásico. Le costaba a Larrea admitir esta evidencia.

El 9 de Julio de 1980, el poeta y pensador Juan Larrea Celayeta murió en Córdoba. Fue un humanista que se refugió en su soledad para pensar con lucidez.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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