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AL PASO

La hora americana

Juan José Solozábal
martes 19 de enero de 2021, 20:06h

1-Como no podía ser menos proliferan los análisis de las consecuencias del asalto al Capitolio, que en definitiva equivalen a la reflexión sobre el futuro de la democracia americana tras Trump. Lo primero sobre lo que parece existir acuerdo es en la necesidad de que la democracia reaccione enérgicamente ante el asalto anticonstitucional de que ha sido objeto, procediendo contra Trump, primero a través del impeachment y, también, penalmente. Deben desoírse, pues, las voces republicanas que buscan anteponer las ventajas de la unidad sobre el imperio de la ley. Frente a quienes pretenden como Kevin MacCarthy, Marco Rubio o Ronna McDaniel, según palabras del primero, que “un impeachment ahora tendría el efecto de dividir nuestro país, cuando debemos volver a la unidad y la pacificación”, hay que afirmar que la democracia no tiene futuro sin el derecho, que exige que la minoría acepte la victoria de la mayoría, y no intente mediante la sublevación revertir la situación. Como advirtiera repetidamente en sus discursos Lincoln cerrar los ojos ante la violencia (plegándose a la mobocracia) es engañarse ante una falsa apariencia de paz. Dejar sin castigo a los perpetradores de tal violencia solo sirve para estimular la revuelta y destruir de modo inevitable el autogobierno. La consecución del designio constitucional de una unión cada vez más perfecta no puede por definición incluir la secesión, la sedición o la insurrección. Como se ha recordado el impeachment previsto en la Constitución está porque la democracia solo puede llevarse a cabo si dispone del poder de hacer que sus líderes, así como sus ciudadanos, respeten el imperio de la ley y renuncien al empleo tumultuario de la fuerza. Como enseña el legado de Lincoln, quien, al optar por la guerra civil, arriesgó la unidad de la nación por las exigencias de los principios, negándose a transigir con la esclavitud avalada por los confederados, no puede edificarse la comunidad política sin asegurar los derechos de todos frente a las pretensiones de unos pocos violentos o poderosos.

2-La segunda línea de reflexión apunta a la necesaria revisión que ante la derrota, se impone al Partido Republicano. Liberarse del trumpismo no es tarea fácil, como lo muestran algunos indicadores: así, si se mira a la base, destaca la gran mayoría de votantes republicanos que, contra toda evidencia, atribuye la victoria demócrata al fraude electoral; o respalda a quienes asaltaron el Capitolio. Tampoco resulta muy alentador el panorama contemplado desde el lado de la propia clase política republicana: parecen más numerosas las voces, como las citadas arriba, de representantes, senadores o miembros del staff dirigente del partido, que las de quienes han desertado de la defensa de Trump como Liz Cheney en la Cámara de representantes, Mitch McConnell, líder republicano en el Senado o, aunque sea tímida y limitadamente, el mismo vicepresidente Mike Pence. Podríamos imaginar que el partido es una coalición entre la parte trumpista, que es incompatible con la democracia, y una facción anti Trump, inquieta y de incierto tamaño. En esta situación podríamos preguntarnos por las oportunidades de recuperación de los valores reaganistas en el partido, a saber, cierto realismo, patriotismo y prudencia, asumidos, eso sí, con sus correspondientes contradicciones, pues la profesión del Gobierno limitado no era obstáculo a un gasto exagerado en la defensa, y la libertad religiosa se entendía de modo frecuentemente poco liberal. Según la acertada visión de Lexington en The economist, estas posiciones se tambalearon durante el tiempo de Trump, a favor de una cerrada defensa de los intereses de los poderosos y una orientación ideológica muy pesimista, que se impusieron en un tiempo en que la contienda electoral exigía ventilarse en un clima de polarización ideológica reforzada. Cierto que la tarea de rectificación del Partido Republicano no se presenta nada fácil y quizás los presagios de Timothy Snyder en el pesimista análisis publicado en España en el País del domingo, no puedan considerase solo provocativamente apocalípticos: un Partido que se mueve en un clima prefascista, dividido entre bloqueadores y rupturistas, bando a cual más temible. Vargas Llosa ha escrito un brillante artículo contra la lectura prefascista del tiempo de Trump, que confiamos no sea solo una valiosa pieza literaria. Estemos atentos, entonces, al comportamiento del Partido, repudiando a Trump y favoreciendo la debida exigencia de la responsabilidad política y penal del expresidente.

3-Hay una tercera línea de reflexión que concierne sobre todo al Partido Demócrata, y que tiene que ver con la asunción por su parte de una actuación deliberada por la integración del Pais, esto es, las dos Américas de que hablara el juez Scalia. En este sentido me ha resultado muy interesante la lectura de la reseña en la New York Review of Books del libro de Anne Applebaum Twilight of Democracy, que el autor Jackson Kears viene a considerar enmarcada en la idea de la democracia, un tanto boba, complaciente y superficial del Partido Demócrata, y que en parte explica las oportunidades de las que ha disfrutado el trumpismo para ocultar su verdadero y nefasto significado. Dejemos entonces la cuestión de la crítica que hace Kears del libro de Applebaum sobre la visión de esta autora acerca de la situación de las democracias y que tiene que ver con la visión exclusivamente abstracta del intelectual en la política, y centrémonos en el análisis del Partido demócrata.

Kears denuncia la levedad de sus bases ideológicas: el Partido Demócrata se habría convertido simplemente en el partido antitrump. Pero poco tiene que ver con su tradición obrerista o su compromiso con el aseguramiento de las bases del estado social sino más bien con la política de la democracia liberal, que no es ni liberal ni democrática, que santifica el matrimonio de Wall Street y Silicon Valley en el reñidero de la globalización, y “que ha enriquecido a una pequeña minoría de americanos mientras ha perjudicado a la mayoría del resto”. La raíz estriba en la imposición del venero individualista de la tradición política americana, reforzado por la ética del protestantismo capitalista, frente a la otra orientación de carácter comunitarista o solidaria, que habría predominado en la Gran Depresión y que había estimulado el ideal democrático, todo lo limitado e imperfecto que se quiera, del estado social. Lo preocupante es que se asume sin más que el sistema reconoce a los más valiosos y preparados, y que además están del lado de la historia, frente a los postergados, retrasados o inútiles. El resultado es la legitimación del estado de cosas existente, pero simultáneamente el extrañamiento o la desafección de los perdedores, marginados o rezagados.

Lo que habría de hacer el Partido de Biden es proceder a un autoexamen y considerar hasta qué punto los propios valores, posiciones ideológicas y políticas han ayudado a provocar la reacción populista, cuya amplia acogida, hasta 74 millones de votos, no ha sido precisamente casual.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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