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El cipotegato

domingo 31 de agosto de 2008, 19:46h
Me encanta ver el telediario durante el mes de agosto. Salvo noticias que lo copan todo por su obvia repercusión, como el accidente de Barajas, o informaciones estiradas al máximo por su componente heroico-literario, como la del profesor Neira, es impresionante comprobar cómo los sufridos redactores de los informativos deben crear noticias de la nada y, lo más difícil todavía, hacer que parezca imprescindible saber de ellas. Sólo así se puede entender la cobertura que se dio a la Tomatina de Buñol, que ocupó portadas de informativos durante ¡tres días! Espero no ofender a ningún buñolense, pero en plena crisis alimentaria mundial y con el precio de los alimentos por las nubes, resultaba casi pecaminoso el regodeo de nuestras televisiones en torno a las miles de personas que se revolcaban en jugo de tomate, mientras alardeaban de una tradición que –lo repitieron una y otra vez en todas las cadenas- atrae hasta a turistas japoneses (sic.).

Pero lo que realmente me ha dejado embelesada, sin palabras y casi hasta me ha quitado el sueño es lo del cipotegato de Tarazona. Todos los años se realiza un sorteo entre todos los mozos de este pueblo aragonés y el afortunado (¿?), cuya identidad se guarda celosamente hasta que el día grande, el 12 de agosto, se calza un llamativo traje y una capucha a juego –el resultado es una figura inquietante, como de villano de novela de Stephen King- y recorre las calles del municipio, atestadas de gente, mientras sus vecinos literal y cariñosamente –eso sí- le linchan a tomatazos. Uno de los mozos del pueblo, aún sofocado por la batalla campal del todos contra uno, comentaba con envidia ante las cámaras el “enorme subidón de adrenalina” que tenía que haber vivido el cipotegato. Sí, pensé yo, tanto como un gato perseguido por una pandilla de gamberros.

Al final, una vez superado el calvario, el cipotegato es erigido como un héroe y aclamado por ese mismo pueblo que minutos antes le persigue sin piedad. El resultado: el honor de que tu nombre se sitúe entre todos los cipotegatos de la historia. ¿La hazaña? No es otra que haber pasado por el sufrimiento o divertimento –llámenle como quiera- de vivir un simulacro de linchamiento. En el reportaje que pude ver, el chico elegido este año aseguraba que no cabía en sí ante el honor de ser el cipotegato y, después de escuchar a un pequeño monstruito de unos catorce años alardear orgulloso de haberle metido cinco tomatazos, “tres en la cabeza y dos en el cuerpo”, al pobre y de ver las agobiantes imágenes de un pueblo entero persiguiendo al ufano chaval, me di cuenta de que realmente subyace un componente derrotista pseudo masoquista en el español medio

Vamos, que todos los españoles, incluidos los nacionalistas periféricos, llevamos un José Tomás dentro. Un alma heroica que busca el sufrimiento y la tragedia para sentirse merecedor de la vida que vive. Una personalidad que se reafirma en el sacrificio vano, que vale mucho más por sí mismo, que una victoria que no sabemos manejar con soltura. Dicen que la Eurocopa de fútbol, los éxitos de Nadal y las victorias de la selección de baloncesto demuestran que las nuevas generaciones hemos superado el sino derrotista del ser español. Pero lo siento por Villa, Gasol y compañía: el cipotegato lo desmiente.
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