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MENÚ DE POBRE

Un raro prodigio, cubierto por la niebla, llamado Miguel Ángel Ortiz Albero

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 04 de febrero de 2021, 20:30h

El autor es personaje: escritor, artista plástico, actor, licenciado en Historia del Arte y moderno mayúsculo. Pasea su melena de calvo con orgullo, acompañada de gorras francesas y mucho chaquetón de piel cruzado, en las luces primeras de todos los naufragios. La obra es breve, intensa, culta y luminosa. Tres libros como tres disparos en la editorial Fórcola: La danza de la muerte: bailar lo macabro en la escena, la literatura y el arte contemporáneo (2015), Variaciones sobre el naufragio: acerca de lo imposible del concluir (2017) y Un andar sosegado: paseos con Peter Handke (2020). Hablamos de Miguel Ángel Ortiz Albero (Zaragoza, 1968), peto y espaldar de otra Literatura, aquella inserta entre vida y pensamiento, quien da respuestas y no solo belleza, sueño violento y mágico cuya cata nos hace radicales.

La danza de la muerte es un recorrido apasionante por la danza macabra desde la Edad Media hasta Baudelaire, Bertold Brecht, Jan Fabre, Thomas Mann, Tadeusz Kantor y otras joyas de arrabal. Une –he ahí todo el libro- muerte con frontera, y ello explica de manera proverbial, en los labios mojados del hechizo, lo que implica una literatura mixta donde la propia celebración es el límite y, a partir de ahí, todo es arte ambulatorio, abandono del cuerpo, mística de la máscara, temblor o sombra. Son prodigiosos los capítulos referidos a escenografías de ciudades desiertas (En la ciudad vacía), lo siniestro en toda creación violenta (El mal, dicen), sus panegíricos a Strindberg y Munch (Noveno intermedio), la muerte entera como silencio o disolución (Como un brote, a la espalda), la gestualidad de la caída (Mouvement Trouvé), el jeroglífico del cuerpo dentro del deseo donde el autorretrato es otra fuga (Cuerpo engastado en el cuerpo). Es un libro inagotable donde el bisturí toca lo sagrado (Mallarmé, Gautier, Aragon, Ionesco, Cioran…) para explicar cómo cura o da vida la morgue completa, siempre escénica, voz delirada en el cobre más eléctrico.

Variaciones sobre el naufragio es lo mismo, libro culto a muescas, a mordiscos, a trozos, sobre la insatisfacción y su motor, no acabar jamás una obra artística cuanto abandonarla para poder respirar y seguir viviendo. El dilema, eterno, del grito o del silencio. Siempre la misma tersura textual: ejemplos drásticos, tomados como coso de aire acorralado, en algún punto de su devenir: Bohumil Hrabal en la voluptuosidad de su propia devastación, misterio e infinito de Louis Barrault memorizando el grueso de Alfred Jarry para a continuación olvidarlo, las demoliciones habituales de Canetti, Mallarmé diciéndole a Monet que no pinte el objeto en sí sino el efecto que éste produce. Artistas de la fuga, de la desaparición, de la fragilidad de las tinieblas, Berger y alma confusa, sujeto con o sin yo, cuerpo ajeno o embebido de corrupción, siluetas entre los espacios abandonados, obra presente y alterada. Cita a Susan Sontag y no puede estar mejor traída su maldad: “A la intención debe sustituirla el azar”. La pureza, que es azar, de no acabar, cambiar el rumbo, soltar lastre, Ingres y Delacroix en el cromatismo profético de Baudelaire: “La mano, cuando se pone a la tarea, debe encontrar el menor número de obstáculos y debe cumplir con rapidez servil las órdenes divinas del cerebro: de otra forma, el ideal desaparece”. Inercia, violencia, ausencia.

Miguel Ángel Ortiz Albero lo sabe todo del instinto y ahí brilla un puente eterno entre deseo y muerte que contagia sus dos libros iniciales como dulces venenos. Son poéticas, pero siempre recogidas desde la acción, donde el miedo no está quieto y nos adiestra en su disciplina. Sus miedos, sus muertes, sus pánicos… corifeo interior interminable. Así trata las ebriedades creativas, a la deriva tantas veces, vacilación y duda, pero siempre gesto rápido, acto pleno. Me gusta cuando cita a Odilon Redon: “La inquietud debe ser el huésped habitual y constante entre la paleta y el ensueño”. Sus libros nerviosos, breves como un suspiro, radiografían y expanden una intensidad lectora, una purga y una cata, difícilmente insuperables. Es la esperanza eterna del acto creativo, diga lo que diga la realidad, vayan por donde vayan la atrofia o indignidad a lo Bernhard, el caso es siempre seguir sin interrumpirnos y, en ocasiones, aniquilándonos. De la atrofia al castigo de la aniquilación, como el dibujo que pinta de Bernhard en Creta, donde no detenerse (la acción) es la única consigna válida, pasaporte moral. Cita mucho, y bien, a Valéry, sí, porque Ortiz Alberto es mejor que Paul Valèry: lo imprevisto de inventar a cada instante un acto original con el que seguir viviendo. Ortiz Alberto, supervivencia eterna, la acción que lleva a la presencia y ese milagro.

Un andar sosegado, cumbre del tríptico, antología sobre Peter Handke, autor que en España no ha leído ni Dios, donde calma y prisa, silencio y lentitud, cuchilla y recuerdos, dan lugar a otra escucha de nosotros mismos, a otra narración, donde el rincón a conquistar no figura en los mapas guardados. La brújula en los tres libros de Ortiz Albero es el milagro del acontecimiento, fijado como estampa o camafeo, objeto preciosista, joyería del alma, trazo de Giacometti o hilo a lo Bourgeois, donde hacer y rehacer iluminan y calientan el hermoso proceder, el lento y empedrado camino de la obra. Quienes no sepan qué es el arte deben pasar por Ortiz Albero, coleccionista de profundidades, eremita del fracaso, para así despertar, vivir como colosos o gigantes, sin posible arrepentimiento ni perder el paso de toda leyenda fugaz bien cimentada.

Diego Medrano

Escritor

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