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AL PASO

Joan Margarit en la Residencia de Estudiantes

Juan José Solozábal
martes 02 de marzo de 2021, 20:13h

He vuelto a ver, inducido por una mano amiga, un vídeo del poeta Joan Margarit con ocasión de un recital que dio en la residencia de Estudiantes hace un par de años. Se le ve disfrutando leyendo con toda convicción y rotundidad sus versos cordiales y sencillos, pero sobre todo explicando el contexto en que surgieron, y su intención para provocar espiritualmente al lector y ahora oyente de sus poemas, buscando su sentido o significado verdadero. Margarit es un poeta aficionado, tardío y bilingüe. No es un poeta profesional ni tampoco académico: como todo el mundo sabe es un reconocido arquitecto y además profesor sobre su materia en la Escuela politécnica de Barcelona, escribe porque le ayuda a vivir o soportar la vida, sobre todo para sobrellevar la desgracia. Me llama la atención que alguien prefiera frente a las pérdidas y fracasos, como un modo de curación, la comunicación sobre el recato o el olvido. Le hace bien evocar la muerte de una hermana pequeña en la infancia o la pérdida de su misma hija. Es un modo de prolongar esas vidas truncadas, darles una proyección que no pudieron tener por el momento en que se produjeron o por la dimensión estrictamente privada a que se redujeron. El propósito utilitario que Margarit atribuye a su poesía, que le sirve a él y que puede servirle a sus oyentes, le libra de lo que podríamos llamar el aspecto mundano o endogámico del poeta, preocupado por el eco mediático o el éxito entre los colegas. Margarit insiste en entender la poesía como una propuesta exclusiva del autor hacia sus lectores: la intervención del lector juega un papel constitutivo pues no se limita a consumir el poema. Así el significado del poema está siempre en sus manos: se trata de una partitura que sin el intérprete queda inédita.

La dependencia del poeta del lector le lleva a explicar sus poemas, completando su mensaje o haciéndolo más claro, por eso Margarit gusta de los recitales en los que responde al auditorio o le provoca, y así Margarit es un mantenedor estupendo, ameno y ocurrente, que improvisa, disputa o desafía, siempre exquisitamente cortés. Margarit interviene en estos recitales para incrementar su auditorio, pues cree en la utilidad, que vimos, de su comunicación poética. Claro que la audiencia es siempre limitada. Hay dice divertidamente en la Residencia, calcula él, unos siete mil amantes de la poesía en Cataluña y en toda España unos cincuenta mil. Entendiendo por lectores de poesía los que tienen en la mesilla de noche un libro de poemas. Es quizás la necesidad de agrandar el auditorio lo que explica que Margarit sea bilingüe. A veces ocurre que aunque el poema haya surgido en castellano sea necesario ponerlo en catalán, porque el contenido lo exija así, por ejemplo cuando el poeta quiera poner de manifiesto la brutalidad de una actuación de la autoridad pública que efectivamente se produjo en castellano. Pero quizás haya, o pueda haber, otra explicación diferente que tiene que ver con la naturaleza perfectamente natural del bilingüismo perfecto de la sociedad catalana, donde por tanto no se podría calificar de lengua propia exclusivamente a ninguna de las utilizadas comúnmente, o con el carácter tardío de la vocación de Margarit que se pone a escribir poesía a una edad ya madura, cuando la referencia cultural española es existencialmente insoslayable para el escritor.

Me quedo, en fin, con dos cosas del recital. El asombro de Margarit ante la densidad poética de Andalucía, que reconoce cuando responde a la pregunta de alguien del público sobre los poetas que lee. No da nombres sobre los poetas en castellano, después de haber enumerado los que prefiere de Cataluña, comenzando por Verdaguer; pero no puede menos de mostrar su asombro sobre el número y calidad de los poetas andaluces, desde Góngora hasta Juan Ramón. Anoto que se trata de una constatación obvia, que el establece con toda naturalidad y que, supongo, no dejaría de extrañar al escrutinio, de ordinario más bien ensimismado, presumo, de un oyente catalán.

Y, en segundo lugar, retengo en la memoria, tras haberlo filtrado con mi experiencia colaborativa, como Margarit pide que hagan sus lectores, según sabemos, como poema preferido del recital el que dedica a una profesora de alemán, “La profesora de alemán”, evocando su paso por un Instituto de posguerra en su mocedad, donde “debí haber aprendido algo de griego y adquirido un barniz sobre los clásicos”. Imagino el establecimiento, tal vez, en la suave pendiente de una colina, como el Instituto alemán de San Sebastián en una de las laderas de Ategorrieta, y que yo bordeaba todas las mañanas cuando iba al colegio, por el camino sobre la vía del tren desde Inchaurrondo. La maestra, a la que recuerda al llegar a clase, de rodillas fregando junto a un cubo y hablando sóla, era, como el idioma alemán, “una lengua derrotada”, una víctima de la guerra. “No sé alemán y en general no tengo/ buen recuerdo de toda aquella gente, pero no olvidé nunca su dolor”. El poeta, ahora viejo, echando cuentas de quien es, desechando lo superfluo o doloroso del pasado, siente estremecido el frío de la profesora en sus rodillas al limpiar, termina el breve poema, “la roja cenefa del mosaico”- la roja sanefa del mosaic-.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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