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TRIBUNA

Memoria y sensibilidad

Juan José Vijuesca
miércoles 03 de marzo de 2021, 20:08h

¿Para qué sirve la memoria? Una pregunta colmada de retórica, por cierto; así pues, no me queda otra que acudir a Aristóteles, y bien que lo hago no para posicionarme como un erudito del conocimiento, que no lo soy, sino más bien por aquello de recordar cuanta verdad intelectual nos legaron aquellos seres tan juiciosos y excelsos. Por desgracia hoy en día lo admisiblemente creíble ha caído en saco roto, en mayor parte porque los tratadistas actuales sanean su ontología a base de los buenos bocados que les proporcionan los poderosos, de manera que la estética de sus pensamientos está resuelta de antemano. Basta seguir el canon ideológico del gobernante para crear el discurso de exhibición. Lo que se persigue es rellenar de mensajes subliminales para que el oyente perciba la marca del producto; solo eso. ¿Para qué dar al pueblo la oportunidad de la sabiduría y enturbiar las mentes con otras oportunidades? Se lo digo yo, que aun no siendo filósofo más allá de mis propios devaneos literarios, les aclaro que el secreto está en la masa.

Ahora se preguntarán qué es lo que se conoce como masa. Pues he aquí un mínimo ejemplo de lo que viene sucediendo en nuestra sociedad actual cuando un núcleo menor enciende la mecha de la violencia. Basta un solo nombre para ‘amordazar’ a 47 millones de personas. Esta realidad es el ejemplo más gráfico que nos hace entender como el llevar a la cárcel a un rapero haya sido suficiente para que la calle sea tomada por un grupo mientras la “masa” queda inerte ante la barbarie. El concepto de masa hoy ya no es sinónimo de fuerza, ahora se trata de un pueblo amodorrado capaz de lamer el calendario cada vez que aparecen los orgásmicos días de rojo, mientras que la memoria cruza el umbral de los olvidos con precisión quirúrgica.

La decadencia de los Estados nos conduce a aceptar lo adverso como un bien normalizado que convive con la sociedad sin que el pueblo haga autocrítica de ello; o sea, poner la zanahoria delante y tirar del carro para conseguir un objetivo cuyo palo siempre es manejado por el que manda. Es la ilusión óptica de lo que nunca resultará alcanzado, mientras tanto la sumisión se vuelve atemporal y el Estado da fe de sus propias herejías gracias a la red clientelar que faena en aguas mansas. De poco o nada sirven las réplicas o las dúplicas en el ejercicio de la coherencia cuando la impericia consiente en dirigir destinos ajenos, pues sabido es que cuando un tonto coge una linde, la linde se acaba y el tonto sigue. A veces la fe mueve montañas, pero otras se consigue con buenas máquinas excavadoras y buenos ingenieros de caminos, canales y puertos.

Y aún con la necedad en defender que siempre es el resto quien se equivoca, -lo de llevar el paso cambiado y no reconocerlo obedece a la tozudez suprema-, volvemos a reeditar el afán por sacar rédito ideológico a costa de los mismos desvaríos. Me refiero a un nuevo 8M con aquél slogan de infausto recuerdo de que el machismo mataba más que el coronavirus. Por cierto, por sentida memoria y sensibilidad hacia los más de 100.000 fallecidos hasta la fecha por culpa de la COVID-19, no solo deberían suspender cualquier acto de calle, sino dedicar este año un emotivo homenaje a cuantas mujeres y hombres nos han dejado. Como no podía ser de otra manera rindo ferviente apoyo a la causa feminista con la que me identifico de pleno, porque mi voz de lo injusto hace mucho tiempo que viaja alrededor de este mundo.

Como esto de la memoria –a excepción de la histórica, según sea- resulta molesto para ciertos y ciertas cataplasmas que rigen nuestros destinos, cuesta entender cómo hay quienes siguen alentando lo de salir a la calle a lucir barricadas humanas desoyendo las recomendaciones hechas por la ministra de Sanidad, Carolina Darías, eso sí, también conviene decir que han sido advertencias muy flojitas por si el ecosistema ideológico de la coalición se enfada. Ante esta deriva, la masa, que en su mayoría no es sospechosa de carecer de sensibilidad ni de responsabilidad, es capaz de respetar las consignas impartidas haciendo esa vida monacal de entrega y recogimiento espiritual apostando por un verano que nos haga soñar con espetos de sardinas o simples barbacoas campestres. Tenemos derecho a ello porque ahora mismo lo que nos queda es la certeza de no saber lo que va a pasar mañana en el mundo en que vivimos.

Esta reflexión pudiera parecerles un toque de egocentrismo, pero es que a base de tanta mentira empeñada en parecer lo contrario, el retrotraerse al recuerdo no hace más que hundirnos en la miseria, de ahí que el salir de esta pesadilla no solo nos permitirá juntarnos en los mismos lugares de antes de la pandemia, sino que tendremos la oportunidad de valorar el precio de muchas cosas a pesar de un estado de alarma diseñado para cazar gamusinos en noche de luna llena y que más tarde, cuando las espigas se vuelvan lanzas, nos echarán las culpas de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Ya lo verán.

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