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TRIBUNA

Votar en tiempos revueltos

Juan José Vijuesca
miércoles 17 de marzo de 2021, 20:21h

Guste más o guste menos lo cierto es que la señora Ayuso los tiene bien puestos. Hoy por hoy es una de esas damas de hierro hecha a la forja y a fuego lento. La izquierda de este país en general la tienen tan enfilada que ella hasta agradece que así sea. Cuanto peor, mejor. Y ahí está, con el estandarte de una mujer bien plantada: “No puedo permitir que Madrid pierda su libertad”

Ayuso es la oposición que incomoda, la que hace que todos vean que el ser libre es patrocinio de los que hacen terapia de grupo sin medrar con la complacencia ni el buenismo de una derecha acostumbrada a poner siempre la otra mejilla. Esa derecha tan pusilánime que sirve para festín de los adversarios. Si ella puede es porque sabe manejar los tiempos y encajar los golpes. Decía Margaret Thatcher que disciplinarse para hacer lo que se sabe que es lo correcto e importante, aunque sea difícil, es el camino hacia el orgullo, la autoestima y la satisfacción personal; y ese es el camino para hacer valer la firmeza de una líder que sale en defensa del interés general y de la libertad ciudadana por encima de la mediocridad y el totalitarismo opositor. Y eso, créanme, marca la diferencia.

Ayuso ha pulsado el botón rojo y nos ha dejado a los madrileños bajo un manto protector a expensas de lo que ocurra en las urnas el próximo 4 de mayo. Parece que esta vez en lugar de ataque nuclear ha sido un movimiento nada sexy para la oposición, pues creídos estábamos que lo de accionar el susodicho botón acarreaba daños irreparables. Pero no, ella lo ha pulsado sin alardear y con decidida vocación de quien sabe apostar sin ir de farol. Los que persiguen, ansían y hasta jadean por conseguir el feudo de la Comunidad de Madrid, glosan veneno por los poros ante esta nueva Agustina de Aragón que simboliza el arte del cuerpo a cuerpo dispuesta a dar batalla bajo el lema de: “Comunismo o Libertad”. Se la juega a una carta, la de las urnas, sin duda la mejor estrategia en campo abierto que tiene la nueva democracia. Y digo nueva porque es hora de que la voluntad popular elija sin ambages a quien va de frente y sin armadura. Isabel Ayuso, como antes dije, ha tenido el coraje de plantar cara a Pedro Sánchez apostando fuerte para hacer de Madrid el referente. Díscola para algunas cosas, pero salvavidas para muchas otras.

Ciudadanos, excepto los muchos talentos que abandonaron el barco a tiempo y otros que se reservan para depurar responsabilidades internas en el partido, ha caído en un triste descuadre ideológico. La formación naranja, tirando a roja, visto el quehacer de doña Inés Arrimadas, está desubicada por no jugar limpio con eso de medrar con Moncloa. Lástima porque yo he sido muy de doña Inés, no la de José Zorrilla, sino la de Cataluña, la que tanta honra española esparció contra el separatismo catalán y su ferviente defensa constitucional que nos hizo sentirnos más fuertes. Y volviendo a quien ha jugado fuerte, como lo ha hecho doña Isabel,- Ayuso para mejor entender-, decir que saldrán centurias y las calles se llenaran de votantes cautivos a lomos de corceles bien lustrados, y los opositores repartirán dones, quizás cuberterías, tal vez edredones, sartenes o bonos de vacaciones, como antaño lo hicieran las entidades del ahorro y la caución. Lo cierto es que habrá huelgas de los que callan cuando interesa y gritan cuando las espigas se les vuelven lanzas. Y los sindicatos, vendedores de silencios gracias a los provechos de un Gobierno manirroto, ajenos a los 4 millones de parados, tratarán de derribar las puertas de la gloria al más puro estilo de Orestes perseguido por las Furias.

Si Ayuso consigue ganar la batalla de Madrid será por pelotas y por haber sobrevivido al bullying continuado y sistemático a la que ha sido y es sometida. Primero la ignoraban, después se burlaban y por último la cubren de insultos y todo por haber tomado iniciativas antes que nadie para combatir la pandemia y salvar vidas. Un bicho raro, vamos. Y como un reto a las primeras luces del amanecer, salta a la palestra Pablo Iglesias con el rancio y sempiterno argumentario de Lenin e idéntico discurso demoledor; pero este Madrid del siglo XXI no es lugar para ensalmos con olor a naftalina, más bien lo es para los nuevos tiempos con sus libertades democráticas. “No debería jugar a ser Dios” dicen en Moncloa refiriéndose a don Pablo; y cuanta verdad encierra esta frase. Él lo que quiere es fagocitar a todos y a todas los que se crucen en su camino, incluido Errejón y su club de fans. Cosas del querer o del poder, vayan ustedes a saber.

Y todo esto se lo debemos al estrambótico suicidio político de Inés Arrimadas con su macabro juego de las mociones entregando en bandeja de plata las llaves de Ciudadanos al PSOE. Algo parecido a lo de Boabdil el Chico. Con mis respetos hacia doña Inés me he permitido confeccionar esta breve glosa:

¡Ay, doña Inés del alma mía/trenzada su felonía a espaldas de la todavía España cuerda/como puñalada trapera ha puesto por bandera su manera de enredar/No sé si mujer burlada o deslumbrada por Moncloa/ o quizás un bebedizo de mistela/que don Pedro el Sánchez guarda en bodega para incautos endulzar/ Yo lo veo más engaño que otra cosa/pues tantas mociones a la vez, crean mareos y el poder se vuelve color de rosa/Y usted, doña Inés, en trampa ha caído como inocente garza/que este gobierno que tenemos es diestro en añagazas./Que de misas sabe más el cura que el monaguillo que toca las campanas.

Y para colmo de males esta representación teatral ha sido estrenada en plena pandemia, sin respeto por vidas humanas, contagios y haciendo oídos sordos a los tiempos tan revueltos que venimos sufriendo. Como favor personal, menos política y más vacunas, señorías.

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