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TRIBUNA

Ni corteses ni valientes

Juan José Vijuesca
miércoles 24 de marzo de 2021, 20:23h

Parece mentira pero a día de hoy cualquier pequeño desliz trae consigo una reacción inmediata de quienes se sienten ofendidos. Da igual tocar el claxon que un leve empujón de esos de “sin querer” de toda la vida, cosas que pueden acarrear un problema de enfrentamiento cuanto menos verbal y con una pizca de suerte hasta el evitar ser apuñalado. Los ofendidos u ofendiditos de hoy en día están a la gresca por lo más mínimo. Es la crispación en estado puro.

Por muy disparatado que esto pueda parecer la cosa es para pensárselo dos veces antes de hacer valer razones. Conviene no confundir la fuerza bruta con el rencor, al igual que no hacerlo con la buena educación respecto de la brusquedad de los imbéciles. Curioso prólogo para una novela, pero es el extracto de una sociedad creada a fuerza de tolerancias que a la postre nos ha conducido hasta un lugar distópico en donde la alineación humana deja de ser ficción. La relación entre personas cada vez es más exigua, menos conmovedora, más triste. La violencia ha ganado posiciones y la hermandad de los buenos ha empequeñecido. Ya no quedan conquistadores capaces de generar ilusiones, estilistas justicieros ni formadores del sentido común; ahora todo cabe en una talega de odio colgada a la espalda como una katana samurái bien afilada.

Primero fueron los brutos quienes impusieron la ley a través de la fuerza, después la opulencia dineraria y hoy el silencio de los buenos apacienta en las praderas de la aquiescencia alrededor de la disfunción estéril –no confundir con la otra-. De tal manera que la evolución del ser humano gira alrededor de sí mismo evolucionando en función de los que se postulan como cantamañanas capaces de cargarse esta generación y las siguientes. Y no pasa nada siempre y cuando no levantes la cabeza y hagas valer que un niñato debe quitar los pies de un asiento o incluso ceder el que ocupa a alguien mayormente necesitado. Entonces la chispa que enciende la mecha puede hacer explosionar la integridad física y que el destino de tu vida acabe entre dos estaciones de metro.

Esa y no otra es la sensación de hipotermia que se vive gracias a las dúctiles políticas más empeñadas en crear seres domesticados en sintonía con ideologías hipnóticas. La educación de antaño ha dado paso al servilismo doctrinario y el conocimiento está a merced de quien se rebela ante esa emoción dogmática cuando pretende usar la razón como pensamiento libre y universal. Hoy las redes sociales son abrevaderos que colman la sed de los agitadores seducidos por quienes subvencionan el simplismo de la incultura. Y eso crea la fuerza de la rabia al amparo de la ignorancia. Después viene la violencia.

La pandemia nos ha recluido hasta el punto de convertirnos en experimento de laboratorio social. Las voces autorizadas se asoman casi a hurtadillas para denunciar lo irregular, pero el grito de Munch apaga a los disonantes merced al aparato político que se mea y se regodea de ello. Y así nada parece cambiar el destino hacia una tierra prometida que hoy ni el GPS consigue ubicar. Quienes brindan cortesías en realidad lo que hacen es rendir culto a la mentira, ese mal trago efervescente de sabor agridulce y tan fácil de absorber en estos tiempos. No hay horizonte más allá de nosotros mismos y mucho me temo que tendremos pocas opciones de alimentar nuestro ego con nuevos proyectos y renovadas ilusiones mientras España no rompa aguas y vengan hombres y mujeres de postín justiciero. Esos héroes o heroínas capaces de batir el cobre ante tanto desalmado, tanto corrupto y tanto indeseable. No seré yo quien ponga puntos sobre las íes, pero tanta basura no solo cansa, sino que también aburre, contamina y lo que es peor, acaba con la paciencia.

¿Hay algo más absurdo que un candidato halagando con falsas promesas a todo un pueblo? ¿O que dicho pretendiente compre su apoyo con dádivas o financiación ilegal y que además arranque los vítores y aplausos de tantos incautos? Detrás de esta tramoya hay odio, afán de poder, revanchismo, y esa es la peor vacuna contra la esperanza como remedio para mejorar expectativas. De estos laudos germinan la hostilidad, la rabia, la ira, el desprecio hacia cualquier toque de claxon o un simple empujón sin querer, aunque se pida perdón por ello. Visto lo visto me preocupa el declive y la extinción de las buenas personas, pues lejos va quedando aquello de lo cortés no quita lo valiente.
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