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AL PASO

Cléo de cinco a siete

Juan José Solozábal
martes 30 de marzo de 2021, 20:16h

Hace unas pocas fechas en el trasnoche de TCM pasaron Cléo de cinco a siete, la película de Agnès Varda de comienzos de los sesenta. Es, como habría dicho Paul Auster, un film cuyo aprecio denota la francofilia de nuestra generación y que, seguro, debe sorprender a los jóvenes de hoy. Hoy igual no nos atrevemos a confesarlo, pero la referencia cultural de los universitarios españoles antes de la moda anglosajona fue claramente la francesa: franceses eran los periódicos que leíamos; como lo eran los filósofos que admirábamos, o los cantantes que escuchábamos. Y Paris era la ciudad que procurábamos visitar los veranos y donde nos habría gustado vivir y estudiar. Cléo es una película sobre Paris, en realidad es un reportaje sobre la capital, y para mí refleja perfectamente sus calles, personajes y ambiente. La ciudad del Sena, que yo conocí, precisamente identificada, con el bullicio, grandiosidad y miseria que me resultaban tan fascinantes.

La película relata las dos penosas horas antes de conocer el diagnóstico médico de Cléo una joven y bella cantante. Cléo (o sea, Corinne Marchand) se teme lo peor y no sabe como afrontar su situación: consulta una echadora de cartas que no le augura nada bueno; celebra un ensayo con sus músicos en casa; recibe la visita de su amante; se deja caer donde posa una amiga modelo; y, cerca del hospital en el que trabaja su medico, encuentra un joven soldado que la aborda en el parque y con quien parece encontrar la serenidad que requiere la crisis de angustia por su salud que la acecha.

La cinta, rodada en blanco y negro en su inmensa totalidad y dividida en trece capítulos, con un cameo de Jean Luc Godard y Anna Karina además, en realidad superpone tres planos. El primero, refleja la situación paradójica de la joven, a la vez bella y enferma, que inopinadamente se encuentra en un momento de dramatismo extremo: la muerte es el verdadero argumento de la vida y es de abordamiento inexcusable. No le vale a Cléo dejarse llevar o delegar en los demás, como ha podido ocurrirle hasta ese momento de su existencia, sea con su carrera musical o sus relaciones con los hombres. Asumir la propia responsabilidad en ese trance es lo que le otorgará la serenidad y le conferirá su plenitud o madurez como mujer. Vivir es enterarse de la propia circunstancia y hacerla frente con valor: esto es sóla, y decididamente. En la película hay una escena crítica: se trata del ensayo de Cléo con sus músicos, que la entretienen y manipulan. “Todos me miman, pero nadie me quiere”, dice. Ella es capaz de captar el verdadero sentido de la canción que interpreta, una bellísima melodía de Michel Legrand, Sans toi, que trasmite la irremediable tristeza y fealdad de la vida desperdiciada y vana. Despide a sus músicos, se quita el postizo de su pelo y sale a la calle libre y resuelta.

Lo que encuentra Cléo, andando, en taxi o en autobús, es la ciudad viva, el Paris cotidiano: el hervidero que bulle en el espectáculo de las calles que la cámara de la gran documentalista Agnes Varda, sorprende. No hay semáforos, pero tampoco el resultado es el caos: mucha gente en las aceras, atenta a lo que vaya surgiendo: soldados, marinos, curas y monjas, tipos con aspecto provinciano que han venido a la gran urbe a solventar alguna cuestión, quizás visitar al médico o al notario; un cortejo -puede ser un entierro o una manifestación. Gente en torno a un individuo charlatán que engulle ranas o que se traspasa el músculo de un brazo con un alfiler gigante. Si Cléo entra en un café, podemos ir viendo a quienes toman plaza en torno a esas mesas tan pequeñas que inevitablemente hay en París: intelectuales, mirones, parejas de enamorados o no. Estamos en 1961: Varda nos muestra con toda naturalidad dos tipos de mujeres que puede que nos llamen la atención: la modelo desinhibida que posa en el taller de escultura, que ya ha salido en el recuadro, y la taxista que conduce el Citroen Tiburón y que cuenta que una noche se las tuvo con unos mozalbetes que se resistían a pagar la carrera que adeudaban.

El tercer plano es la situación política del momento. Francia vive en guerra en Argelia, y la tensión es agobiante. A través de la radio que la taxista lleva puesta nos llegan noticias de la colonia y de una inquietud social preocupante con huelgas en varias ciudades del país; pero, además, se ven soldados por doquier y la ansiedad domina la ciudad. El soldado que acompaña a Cléo en el parque y que acude con ella al hospital a recabar el resultado de la prueba, debe partir hacia la guerra en unas horas. Comparte con Cléo el mismo miedo, subrayado por el absurdo. “Lo malo no es morir; lo malo es hacerlo por nada”, dice. Vivir es, cree Agnès Varda, a pesar de nuestros esfuerzos por autodeterminarnos, transigir con lo incierto y ponerse a esperar.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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