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TRIBUNA

Coronavirus: responsabilidad política y personal

Alejandro San Francisco
martes 30 de marzo de 2021, 20:19h

El tema del coronavirus –el problema, el drama en realidad, las muertes– no ha parado de dar sorpresas desde hace poco más de un año, en España, en Europa y en el mundo entero.

A la fecha son millones de contagiados y de muertos, un gasto inmenso de parte de los estados y las familias, una situación social dramática en muchos sentidos, que se ha notado especialmente en la pérdida de fuentes de trabajo. Como resultado, se ha producido una brusca caída de la actividad económica, que muestra un retroceso hacia niveles que parecía ya habían quedado en el pasado para las diferentes naciones. Con ello, aquellos países que se acercaban al desarrollo verán alejarse las posibilidades de éxito en el corto plazo, mientras los países más desarrollados han vuelto a enfrentarse con problemas que parecían abandonados en el baúl de la historia, como la pobreza y la desprotección.

Uno de los problemas más graves de la crisis sanitaria actual es la expansión de la desconfianza, en el mundo político –entre el gobierno y la oposición– y en la sociedad, entre la ciudadanía y sus autoridades. Los gobiernos son acusados de incompetencia, por incapacidad o imprevisión, por ser responsables de que haya más muertes de las que debieran haberse producido y por haber reaccionado tarde y mal ante la adversidad. Las críticas, muchas veces, son parte de la lucha política y no responden necesariamente a un análisis serio de la realidad, aunque es obvio que esto requiere un análisis caso a caso, país a país, gobierno a gobierno, porque el trabajo ha sido muy diferente en las distintas realidades.

En este plano, al menos hay tres áreas en que la acción gubernativa se ha puesto a prueba. En primer lugar, para enfrentar desde el primer día la pandemia, sin ambigüedades ni dobles discursos, con rigor y sin frivolidad: de ahí derivan las medidas sanitarias inmediatas, pero también las resoluciones administrativas, para decretar permisos para reuniones masivas, suspensión de actividades y otro tipo de restricciones que son lamentables pero que fueron necesarias desde el primer momento. En segundo lugar, la capacidad de medir adecuadamente los problemas y las cifras –de contagiados y de muertos, la trazabilidad– lo que permitiría enfrentar cada situación en su justo mérito y mantener a la población informada de manera real y actualizada. Finalmente, se encuentra el tema de las vacunas, que los laboratorios y universidades comenzaron a trabajar desde el momento mismo que estalló la pandemia, y que felizmente estuvo lista antes de terminar del 2020, en un extraordinario logro de la ciencia.

Sin embargo, como se ha podido observar en distintos lugares del mundo, la reacción y el trabajo de los gobiernos han sido muy distintas en los diferentes países, por ejemplo en el caso de la vacuna. Resulta lamentable observar cómo en algunas sociedades la población ve con desconfianza y tristeza que sus países carecen de suficientes dosis o que la vacunación avanza demasiado lento, mientras en otros lugares la situación es radicalmente diferente y miran con mejores expectativas tanto la superación de la pandemia como las consecuencias del efecto rebaño y la inmunidad, que permitirán una normalización de las actividades productivas y la necesaria recuperación económica. Hoy se anuncia que hacia fines de 2021 el mundo podría estar “dividido en dos según el riesgo del COVID-19” (BBC News Brasil, 26 de marzo de 2021). Los países con alta vacunación serían los de Europa y los de Oceanía, algunos lugares de Asia (Singapur y Corea del Sur) e Israel. En América Latina deberíamos agregar el caso de Chile. Con ello habría zonas de riesgo, mientras los países más avanzados tendrían la posibilidad de recuperar el comercio, el turismo y los viajes entre los distintos territorios.

Finalmente, hay un aspecto crucial en la superación de la pandemia del coronavirus, que muchas veces está fuera de la discusión: se trata de la importancia de la responsabilidad política y de la responsabilidad personal en la actual tarea. En el caso de los gobernantes, sus obligaciones radican principalmente en el trabajo efectivo –en disposiciones administrativas, en hospitales y en vacunas– pero también en las comunicaciones, en hablar con la verdad y en preparar a la población para cada situación relevante. Es necesario contar con las mejores personas, profesionales competentes y para conducir una lucha difícil e inédita. Sin embargo, es preciso comprender que no hay política pública exitosa posible sin responsabilidad personal de la ciudadanía y que la derrota del coronavirus se juega el resultado, al menos parcialmente, en el comportamiento de la población.

No se trata simplemente de poner más reglas y restricciones para tener éxito en el control de la propagación del virus. Es necesario que exista confianza en las autoridades y las instituciones, medidas coherentes y no contradictorias, una población dispuesta a asumir sacrificios en la adversidad, como otras generaciones lo hicieron en medio de la miseria y las guerras. Cuidar a los demás y cuidarse personalmente es difícil en las actuales circunstancias, pero es necesario y urgente, además de ser una de las mejores formas para detener los contagios, las hospitalizaciones y las muertes.

En unos meses más veremos que el coronavirus ha pasado y que es solo un mal recuerdo, doloroso y con lamentables consecuencias. Los resultados serán diferentes en los distintos países y muchos lamentarán que una conducción torpe o inadecuada por parte de sus gobiernos, con resultados efectivos de más contagios y muertes, en tanto las vacunas llegaron en menores cantidades y con retraso. Pero también será ocasión para confirmar aquello que los clásicos comprendían con tanta claridad: el éxito de la sociedad política radica en sus instituciones, pero también en las virtudes de quienes se dedican a gobernar y de los gobernados.

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